Imagen antaño clásica en nuestras carreteras

Crónicas castizas

Toros, peñascos y periodistas

Mi siguiente encuentro con el mundo de los toros llegó en unos Sanfermines que empezaron en la Plaza del Castillo y terminaron en La Habana. Pero esa es otra historia y, además, ya la conté en estas crónicas.

Mi relación con el mundo de los toros no nació en una plaza ni al son de un pasodoble. Comenzó de la manera más impropia imaginable: gracias a una pandilla de exploradores que hoy llamarían menores no acompañados, aunque entonces nos considerábamos sencillamente chavales. Nos dirigían unos adultos a los que ahora llaman monitores. Quizá ya lo fueran entonces, pero ellos preferían el mucho más marcial tratamiento de jefes.

Durante una de aquellas escapadas nos encontramos, ya entrada la noche, montando una tienda canadiense en un prado perdido. Como suele ocurrir cuando uno es joven, sobrado de entusiasmo y escaso de experiencia, decidimos prescindir del doble techo. Además, situamos el campamento junto a una enorme peña negra que parecía ofrecernos refugio contra el viento.

Todo estaba dispuesto. La tienda levantada. Los macutos en orden. La noche cerrándose sobre nosotros.

Y entonces ocurrió.

La peña se incorporó lentamente y se fue caminando.

El estupor nos dejó clavados durante unos segundos. Después comprendimos que aquella roca negra no era un accidente geológico, sino un toro que había decidido levantarse de donde estaba descansando. Sólo entonces caímos en la cuenta de que nos encontrábamos acampados en una dehesa.

No tardamos mucho en desmontar el campamento. Lo hicimos con una celeridad admirable y sin la más mínima algarabía. Saltamos de regreso la cerca que habíamos superado a la entrada y cuyo sentido comprendimos entonces de manera cristalina.

La segunda aparición taurina en mi vida tuvo lugar en un pueblo de Jaén. Mi memoria vacila entre Úbeda y Baeza, dos ciudades hermanas que comparten piedra dorada, historia abundante y una notable capacidad para confundir los recuerdos de quienes las visitan décadas después.

Mientras mi hermano se empeñaba, sin éxito, en reconquistar a pisotones el carrito que se obcecaba en empujar mi hija y donde viajaba su primogénito, mi sobrino, aún bebé, decidimos visitar una casona de aspecto contundente. Tras insistentes timbrazos nos abrió un hombre en pijama, con todas las señales de haber sido arrancado de una siesta que califico de histórica. Aun así, cumplió con resignación su deber.

Nos condujo por la vivienda a toda velocidad, proporcionando explicaciones apresuradas que imaginamos destinadas a terminar cuanto antes la visita para regresar a sus asuntos. Fue entonces cuando descubrí en la biblioteca una colección del legendario Cossío, la enciclopedia taurina por excelencia. Pregunté por ella.

Nuestro anfitrión nos explicó que el autor era antepasado suyo y que aquella había sido la casa familiar.

En ese momento entendimos muchas cosas. También que el hombre soportaba estoicamente la llegada ocasional de visitantes como nosotros porque las ayudas públicas necesarias para mantener semejante casoplón exigían abrir las puertas al turismo cultural. La historia tiene estas pequeñas servidumbres.

Mi siguiente encuentro con la tauromaquia llegó en unos Sanfermines que empezaron en la Plaza del Castillo y terminaron en La Habana. Pero esa es otra historia y, además, ya la conté.

Como periodista recibí regularmente y a veces bien, durante años invitaciones para asistir a la tradicional Corrida de la Prensa en Las Ventas. Acudí en algunas ocasiones y pude contemplar uno de los fenómenos sociológicos más notables del coso madrileño: el poder del tendido 5.

Aquellos aficionados ejercían una crítica tan severa que uno llegaba a pensar que sólo consideraban valiente a un torero dispuesto a arrodillarse con los brazos en cruz, la cara pegada a la arena ante un morlaco de quinientos kilos resoplando a pocos metros. Las exigencias eran de tal calibre que cualquier signo de prudencia merecía inmediatamente el calificativo de cobardía.

Sin embargo, quien realmente disfrutaba aquellas entradas era mi amigo Rufino Antonio Gómez, aunque casi nadie le llamaba Rufino . Para todos era Antonio.

Destructor contumaz de vehículos Mercedes, mañoso reconocido, gruñón pertinaz, aficionado al buen comer, al mejor beber y al tabaco perseverante, poseía además una garganta prodigiosa que resistió durante años los abusos a los que la sometía. Por desgracia para cuantos tuvimos la fortuna de conocerle, esa resistencia no fue eterna.

Rufino hablaba un castellano salpicado constantemente de expresiones taurinas. Si algo resultaba evidente afirmaba que «eso lo sabe hasta la madre de Domingo Ortega». Y cuando alguien se empeñaba en una tarea para la que no parecía especialmente dotado le largaba sin contemplaciones:

«Manolete, si no sabes torear, ¿pa qué te metes?».

Con el tiempo aquellas frases pasaron a formar parte de mi propio vocabulario. Yo adopté las suyas y él algunas de las mías, en ese intercambio verbal que sólo se produce entre amigos de larga duración. Después me llevé muchas de esas expresiones a las redacciones donde trabajé.

Y ahora, al recordarlas, me pregunto si dentro de unos años los periodistas alevines de sexta generación entenderán todavía aquellas referencias. Si sabrán quién fue Domingo Ortega. Si reconocerán a Manolete. O si las escucharán como quien oye una lengua antigua, que es casi así.

Porque quizá los toros no hayan sido nunca una de mis grandes aficiones. Pero forman parte de ese equipaje sentimental que uno va acumulando sin darse cuenta: un peñasco que se levanta en mitad de la noche, una biblioteca familiar en un pueblo de Jaén, el griterío del tendido 5 o la voz cascada de un amigo que ya no está.

Y esas cosas, aunque pase el tiempo, siguen embistiendo en la memoria.