Una familia haciendo la mudanza
Nómadas del hogar: familias en constante mudanza que han hecho del mundo su casa
La globalización ha hecho crear un nuevo tipo social, extendido en todos los continentes que es el de las familias en «tránsito» y los «transmigrantes», aquellos que salen de su país sin un pasaje de vuelta, o que cambian continuamente de país de residencia
Una mudanza cualquiera, aunque sea un cambio de portal, es siempre una locura. Implica gastos, desorganización, estrés... Pero si además el cambio implica a toda la familia, y supone un traslado de ciudad, o país los desafíos se multiplican. La globalización ha hecho crear un nuevo tipo social, extendido en todos los continentes que es el de las familias en «tránsito» y los «transmigrantes», aquellos que salen de su país sin un pasaje de vuelta, o que cambian continuamente de país de residencia. «La característica del migrante transitorio es que nunca echa raíces», dice Silvia Koremblum, psicóloga argentina, especializada en los trastornos del desarraigo que resume en su libro Traslados (Ediciones Aspsen).
Aunque no hay registro por familia, lo que sí se sabe es que cada año, aproximadamente, unos 150.000 españoles salen de nuestro país, según el INE (Instituto Nacional de Estadística) por diversas razones, entre ellas el desempleo o el desarrollo profesional. La mayoría de ellos elige países de la Unión Europea o del resto de Europa. La causa principal suele ser el trabajo de uno de ellos, casi siempre el del hombre, porque según Koremblum «al hombre le cuesta mucho más seguir a la mujer por trabajo que al revés».
Impacto en la familia
También hay por supuesto familias monoparentales que se trasladan por otros motivos. Según diversos estudios, es muy probable que la cifra sea del doble, ya que muchos españoles no se registran en el consulado español cuando llegan al nuevo país de residencia, por lo que no están contabilizados. Junio y diciembre suelen ser los meses en los que se produce el cambio, porque coincide con los periodos de vacaciones escolares lo que resulta más fácil para las familias con hijos. Pero ¿qué impacto tiene en una familia el cambio de país?, SI en algo coinciden todas las familias preguntadas es en algo. Es todo un reto que hace resurgir lo mejor y pero de cada unidad familiar.
Mónica C.L. lleva a cuestas más de seis traslados. México, Bélgica y Estados Unidos… Ella y sus hijos se trasladaron por las oportunidades laborales de su marido y siempre vieron los cambios como una oportunidad de crecimiento familiar. En el primer traslado tenían 3 niños de menos de tres años, dos mellizos, pero no lo dudaron: «Es una aventura familiar increíble, si están los dos de acuerdo. Refuerza mucho la relación pareja y entre los hermanos, porque extrañan lo que hay fuera y se sienten su familia como un refugio». Sin embargo, los inconvenientes también son muchos. «El impacto emocional de los niños, prosigue, el estar lejos de las familias y no poder seguir su día a día, el desarraigo».
Además, cuenta Mónica, el que cambia de trabajo está absorto en su nueva vida laboral pero el que se ocupa de los niños tiene que gestionar todas esas emociones. Silvia Koremblum habla de «situaciones desestructurantes». Lo que antes era normal, ya no lo es y la familia necesita el sentimiento de «somos nosotros», aunque fuera de nuestro ambiente normal. La aceptación de las pérdidas, la elaboración de los duelos, permitirá una mayor integración en la nueva cultura, aunque siempre hay que pasar por un tiempo de desasosiego, de intranquilidad y malestar, especialmente los niños que son los que más sienten los cambios.
La familia de los 12 traslados
Depende del niño, dice, pero está claro que el cambiar de colegio, de cultura, dejar atraes los amigos de siempre, adaptarse a un idioma totalmente desconocido en muchas ocasiones es un reto a veces muy difícil de gestionar para la pareja, dice Lourdes S.G., con 12 traslados a cuestas, 4 de ellos internacionales, (Bélgica, Italia, Milán y Estados Unidos). Su familia se mudaba por el trabajo de su marido, militar de profesión, y siempre considerando que ese cambio suponía una mejora para su carrera.
Un traslado, dice, «es un empezar de cero», como familia. En muchos sitios «te ven como un bicho raro, porque saben que no te vas a quedar, y no hacen muchas veces el esfuerzo de acogerte». Lourdes cuenta que lo peor era adaptarse con sus 8 hijos a nuevos ambientes. Escuchar sus quejas:«¿qué hacemos aquí? ¿Por qué nos habéis sacado de nuestro país?, no entiendo nada, no tengo amigos en el colegio», y un largo etcétera.
Cuenta que uno de los países que más les impactó fue Estados Unidos, siempre lo habían visto en películas, pero el llegar allí y «ver esas casas, las barbacoas, el himno nacional en el colegio, todo gigante y a lo grande», fue toda una experiencia, relata. Para ella, como madre, supuso una responsabilidad tremenda: «Es una presión constante, el saber que todo recae sobre ti y que sus angustias, sus lloros, sus agobios cada vez que cambiamos de casa lo vive sobre todo la madre, porque el padre debe asumir su nuevo reto profesional, con otro tipo de carga».
Colegios en inglés para facilitar la integración
Natalia M. y su marido Manuel, ambos colombianos y sus 4 hijas han pasado por países tan dispares como Suecia, Japón, Estados unidos, Bélgica y Rusia. En este último país les pilló la invasión a Ucrania y la empresa de su marido decidió evacuarles. Sus tres primeras hijas han nacido cada una en una capital del mundo distinta. Lo mejor es que la empresa de su marido, una multinacional extranjera, les organizaba la mudanza, y eso, para ella es un alivio.
Natalia cuenta que sus hijas se han integrado siempre bien, sobre todo porque elegían el inglés para los colegios y eso ya era una gran ayuda, el no tener que empezar de cero en los estudios. Natalia relata que siempre encontraban ayuda alrededor. Una vecina, una familia que les ayudaba, en la escuela, en la parroquia. La aventura que peor recuerda es la de dar ar a luz en Japón: «No te ponen anestesia porque las japonesas deben mostrar que son muy fuertes y ni se les ocurre pedir la epidural, algo que se da por sentado en un hospital europeo».
«En Japón es otra historia, es una cultura tan diferente. A mis hijas les hacían fotos constantemente porque nunca habían visto ojos grandes, muchos japoneses que no habían salido de su país se pensaban que todo el mundo tiene los ojos rasgados». También les impresionó cuando su marido y ella se dieron un beso en un parque y todo el mundo les rodeaba para mirarles «Es una sociedad que jamás se toca o expresa afección en público» dice riéndose. Natalia y Manuel solo le ven aspectos positivos a las continuas mudanzas aunque reconocen también «las pérdidas», el no tener a la familia cerca. «Mi madre, mi abuela, mis tíos», dice. «Creo que por eso decidimos tener una familia grande –ya van por cinco hijos– porque al menos nos sentiríamos acompañados en los momentos importantes», reconoce. Admite además que en Colombia y sin los continuos cambios hubiera sido imposible financieramente tener una familia numerosa. Aún así, dice por último, «nos vamos quedando sin fuerzas para movernos de nuevo». Los estudios marcarán el futuro de sus hijas mayores y eso supondría tener que separase. Ya sólo me movería, reconoce, Natalia «para echar raíces».