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Bertín Osborne declara sobre su paternidad

Bertín Osborne y los padres ausentes: ¿es peor ser huérfano, no conocer a tu padre, o que no se ocupe de ti?

La figura paterna influye de forma determinante en el desarrollo de cualquier niño, y su ausencia puede dejar heridas profundas incluso en la vida adulta

«Yo no tengo vocación de padre a estas alturas, y además, me parece una putada para un niño que pierda a un padre cuando no haya hecho ni la mili. Y yo no me voy a poner ahora a cambiar pañales, no es mi momento, eso ya pasó». Bertín Osborne (70 años) reaparecía hace unas semanas, asaltado por la prensa del corazón, para explicar de este modo su intención de desentenderse de la crianza de su último hijo, fruto de una fugaz relación con la modelo y empresaria Gabriela Guillén.

El cantante, 37 años mayor que la madre de su séptimo hijo, aseguraba que aunque ayudará «a que vaya a colegios buenos y todo eso», había decidido «no ser padre, no ejercer como padre». Y matizaba que consideraba mejor ese escenario para su hijo que el de dejarlo huérfano, dada su edad, dentro de diez o quince años.

El argumento del presentador no es baladí. Numerosos estudios destacan la importancia del padre en la construcción de una personalidad sana. Y, al tiempo, su ausencia se relaciona con carencias de dispar intensidad.

¿Son iguales todos los padres ausentes?

Porque, en rigor, la ausencia paterna puede adoptar diferentes formas: pérdida por fallecimiento prematuro, desconocimiento completo de la identidad del progenitor o abandono emocional. Y aunque todos los escenarios impactan, lo hacen de maneras distintas.

Así, el planteamiento de Bertín Osborne pone sobre la mesa una pregunta: ¿Qué situación es más dolorosa para un niño: perder pronto a un padre, no llegar a conocerlo o tener uno vivo pero que no ejerce la paternidad? Diferentes estudios dibujan la respuesta.

1. Padre mayor con riesgo de fallecer

Tener un padre mayor puede generar una temprana preocupación por su salud, pero su implicación suele ser activa mientras está presente. Un estudio realizado en el Reino Unido encontró que los niños con padres mayores (de más de 45 años) mostraban la misma estabilidad emocional que sus iguales, siempre que existiera vínculo afectivo, seguridad económica y estructuras familiares sólidas.

2. Padre fallecido a temprana edad

Según los expertos, perder a un progenitor en la infancia genera un dolor profundo y duradero. Un estudio publicado por JAMA Psychiatry en 2021 encontró que los niños que pierden a un padre a temprana edad tienden a sufrir, con los años, un mayor riesgo de trastornos como la ansiedad y la depresión. Sin embargo, ese riesgo se amortigua de un modo muy significativo cuando existe una red de apoyo emocional, cuando la figura paterna sigue presente en la familia a través de un recuerdo entrañable y positivo, y con un acompañamiento familiar adecuado.

3. Padre desconocido biológicamente

No conocer al padre reduce la seguridad emocional y puede generar una crisis de identidad al desconocer el origen biológico, pero no siempre es destructivo. Según un informe de la Universidad de Siegen, Alemania, el bienestar infantil depende más bien de la calidad del entorno en que se cría el menor, y por ello es más importante la figura paterna de referencia, que el vínculo biológico. Así, niños criados por madres solteras o por figuras paternas no biológicas pero bien vinculadas, como tíos o padrastros, mostraron resultados similares, en cuanto a salud mental y comportamiento integrado en la sociedad, que aquellos con padres biológicos presentes.

4. Padre vivo que renuncia al cuidado

El abandono emocional es, probablemente, el escenario más perjudicial para un niño. Un estudio de la Universidad de California publicado en la revista científica Social Development halló que la falta de implicación paterna en la crianza –incluso aunque el padre esté presente en el hogar, pero desentendido afectivamente de los hijos– se asocia a una mayor incidencia en conductas antisociales, consumo de sustancias, embarazos adolescentes, riesgo de depresión, bajo rendimiento académico, relaciones sentimentales tóxicas, y desestructuración familiar en la vida adulta. La psicóloga Mary Ainsworth, histórica investigadora del apego, subrayaba ya en 1978 que «un cuidador poco disponible se asocia a inseguridad emocional y pérdida de confianza, en la niñez y en la vida adulta».

El peso de la ausencia

El célebre neuropediatra estadounidense Daniel Hughes, especializado en trauma familiar complejo, afirmaba en un reciente artículo en The Atlantic que «la ausencia emocional duele más que la muerte física, porque la repetición de promesas incumplidas o la sensación de abandono va minando la confianza del niño».

Así, según ha probado la ciencia, todas las ausencias paternas duelen, pero no todas duelen igual. Y más allá de los argumentos interesados que puedan aparecer, con mayor o menor frivolidad, en la prensa rosa, el abandono emocional, aquel en el que el padre está físicamente vivo pero ausente en el cuidado y la afectividad, deja cicatrices más profundas y duraderas que la falta de vínculo biológico o, incluso, la pérdida que causa la muerte.

Lo esencial para un niño, por tanto, no es tanto la biología ni la longevidad, sino la presencia real, el cuidado constante y el amor paterno que le haga sentirse protegido, amado, acompañado y digno de confianza, de forma incondicional.