La disciplina positiva señala que un «lo siento» es como «una moneda sin valor: suena bien, pero no cambia nada»
«Pedir perdón está bien, pero hay que asumir responsabilidades»: la clave de la disciplina positiva para niños
La llamada «educación respetuosa» gana seguidores en España. Y una de sus claves es enseñar a los niños a asumir las consecuencias de sus actos, tras asumir sus responsabilidades, para transformar el error en un aprendizaje que les beneficie a ellos y a su entorno
Cualquier persona, niño o adulto, puede equivocarse en su día a día. Y nadie, absolutamente nadie, está libre no sólo del error, sino también de la incompetencia o de la maldad de una acción específica. Ya dice la cita evangélica aquel famoso «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». La diferencia está en qué ocurre cuando un niño mete la pata y comete un error o una mala acción, cuyas consecuencias impactan negativamente no sólo en sí mismo, sino también en su entorno: sus hermanos, su familia, sus amigos, sus compañeros de clase, vecinos o personas desconocidas. Y ahí la disciplina positiva, un estilo de educación basado en la neurociencia y que gana cada vez más seguidores en España y en todo el mundo, tiene mucho que decir.
Porque como explican algunos de los máximos exponentes de esta teoría educativa –como María Montessori o Daniel Siegel–, cuando un niño dice «lo siento» sin entender ni enmendar realmente su error, no sólo queda vacío, sino que puede minar su crecimiento. Por el contrario, el enfoque de disciplina positiva aporta una distinción fundamental: pedir perdón y asumir una responsabilidad proporcional.
Es lo que Jane Nelson, creadora de Positive Discipline, llama «las tres R de la Recuperación»: reconocer el fallo, reconciliarse a través de disculpas, y resolver cómo enmendarlo asumiendo responsabilidades.
1. Reconocer el error: el primer paso
Pedir perdón es imprescindible para empezar a reparar el daño causado. Y ahí, el adulto puede enseñar desde el ejemplo. Tras un mal comportamiento, es clave que reconozca ante el niño: «Te agarré demasiado fuerte», «Te he hablado mal», siempre antes y después de un «perdón» o un «lo siento». Este acto enseña al niño a ver sus actos como algo que se puede reparar, en lugar de ocultar la culpa.
2. Disculparse: no una fórmula vacía
Una investigación publicada en Journal of Experimental Child Psychology demuestra que cuando el niño ve que una disculpa incluye reconocimiento del daño, confianza y perdón real, aumenta la reparación emocional y su vínculo con el adulto. Algo que, después, él mismo aplicará en sus propios fallos. La mentira de un «lo siento» repetido sin propósito sólo crea resentimiento, no entendimiento.
3. Resolver: convertir el error en un bien
Tras disculparse, actuar en consecuencia proporcional es la comprobación real de la responsabilidad. En Positive Discipline, Jane Nelson se anima a preguntar: «¿Qué harás para arreglarlo?». Si rompió algo, lo repara o ayuda a limpiar; si habló mal, busca cómo compensar; si se llevó algo que no es suyo, tiene que devolverlo...
Diferenciar «perdón» y responsabilidad
La disciplina positiva señala que un simple «lo siento» es como una moneda sin valor: suena bien, pero no cambia nada. La responsabilidad implica reacción activa: reconstruir la confianza, reparar el daño, ofrecer con garantías una promesa sincera de mejorar.
Además, es esencial asumir las consecuencias previas que se hubieran previsto para una mala acción. Si un niño hace algo que dijo que no haría (o viceversa) y para los que de forma previa, él o su familia habían establecido una serie de consecuencias lógicas («si rompes los juguetes de otros niños en el parque, tendremos que irnos a casa»), es esencial hacerle cumplir esas consecuencias.
Impunidad ante una mala acción
Como señala Meagan Ledendecker, educadora especialista en método Montessori, los niños aprenden mejor cuando los errores se convierten en oportunidades de reparación para sí mismos y para los demás.
Este estilo educativo no busca obediencia acrítica, ni establecer castigos aleatorios, ni impunidad en el mal obrar, sino niños capaces de reconocer errores, sentir empatía, conocer y respetar las normas, actuar con responsabilidad y aprender de sus equivocaciones. Al guiarles así, damos el regalo más grande: enseñarles que cada fallo puede transformarse en un camino de crecimiento y bienestar, para sí mismo y para los demás.