La artista Rosalía a su llegada a Callao en una aparición sorpresa para presentar su cuarto álbum, en Madrid
La abuela de Rosalía: la musa en la que se inspira y quien le enseñó que «Dios es lo primero»
Con el lanzamiento de LUX, Rosalía ha vuelto al candelero mediático para hablar de sus raíces y de su intenso mundo interior. Pero en la sombra de ese mapa íntimo late una voz: la de su abuela materna, con quien comparte nombre.
Rosalía vuelve a estar de moda. La cantante que ha marcado un hito generacional en la música española, y que ya se ha consolidado como una de las artistas internacionales de mayor proyección e influencia en otros cantantes de todo el mundo, lo ha vuelto a hacer. El lanzamiento de su último disco, LUX, con una medida parafernalia efectista en su estreno en Madrid y toda la fuerza simbólica que caracteriza su estilo, ha vuelto a poner todas las miradas sobre la intérprete de 33 años.
Medios generalistas, audiovisuales y escritos, canales temáticos (incluso ajenos a la música) y hasta publicaciones religiosas editadas por la Iglesia en diferentes países hablan estos días de los pormenores de su último trabajo, de la interpretación tecno-operística en alemán del single de lanzamiento –Berghain– y del audaz simbolismo cristiano de sus composiciones.
Y no es para menos. Lo poco que se conoce del álbum revela a las claras la personalidad brillante y singularísima de esta cantante, que es por completo diferente al mainstream musical y, a su vez, perfectamente compatible con los gustos y estilos más consumidos en el mundo.
Un profundo mundo interior
¿Cuál es, entonces, su secreto? Tal vez su modo de desarrollar aquello que está más allá de lo musical: Desde su primer disco en 2017, Rosalía ha logrado sintetizar, con enorme plasticidad y una excéntrica naturalidad, los anhelos, contradicciones, gritos, lamentos, reivindicaciones, aspiraciones, rutinas, alegrías e inquietudes de la sociedad contemporánea, no sólo de los jóvenes.
Es ahí donde entra con más valor su indisimulada búsqueda de Dios, su sed de interioridad cada vez más evidente, y un orgullo por sus raíces a las que, ora de forma explícita, ora entre metáforas visuales, alude como el refugio para su alma.
Y en ese sancta sanctorum de su expuesta intimidad, una figura emerge entre las sombras como faro para la artista: su abuela materna, también llamada Rosalía, de quien ha dicho que es «mi inspiración» y que ha llegado a intervenir en alguna de sus canciones.
La voz de un «vacío»
Cuando hace sólo unas semanas Rosalía anunció LUX y desveló en una entrevista que siente desde hace años «un vacío interior», apostilló a renglón seguido que «igual Dios es el único que puede llenar ese vacío». Algo que a muchos hizo recordar aquella nota de voz que cierra la canción G3 N15, de su anterior disco, Motomami.
No era una producción más: era la voz real de su abuela materna, con quien comparte nombre, poniendo orden en mitad del ruido. De hecho, la propia artista ha subrayado en diferentes ocasiones que las mujeres de su familia –su madre, su hermana y, sobre todo, su abuela Rosalía– son su «principal inspiración» creativa... y vital.
Una abuela creyente en un disco pop
Aquella voz de «la yaya Rosalía» en G3 N15 trasladaba un mensaje en catalán, que medios de todo el mundo tradujeron en aquel momento para descifrar, como si de una piedra roseta «rosalinística» se tratase, las claves de la producción musical de la artista.
«En momentos difíciles siempre ayuda muchísimo tener una referencia a Dios. Siempre es la familia en primer lugar, y no, en primer lugar, diría que siempre está Dios. Y luego, la familia. La familia es tan importante, cariño... La familia siempre es importante», decía, alzándose sobre sintetizadores y música experimental.
Había historia personal en esa nota de voz. Porque la misma abuela, a quien la niña Rosalía «veía cantar mientras hacía la colada» y de quien aprendió las primeras coplas y tonadillas flamencas, es la misma a quien, ya en la cima del éxito, definía como «mi ídolo» y a la que incluía en un disco de pop superventas mundial.
Pero también había algo generacional en la «yaya Rosalía». Algo compartido por millones de jóvenes y no tan jóvenes.
Ese contraste de la voz de una abuela entre los sonidos eclécticos del disco subrayaba un mensaje, como un eco de esperanza cifrado desde la pátina de la nostalgia: cuando el mundo parece adentrarse sin freno en una espiral de innovación radical, son la tradición, la fe y la familia las anclas de identidad cada vez más necesarias, que tienen en los abuelos a su máximo exponente.
El faro de los abuelos
Las primeras iconografías de LUX parecen caminar en la misma dirección: cuadros con estampas del Sagrado Corazón, relicarios, tablas de la plancha, limpiezas rodilla en tierra, paños de macramé, y hasta una orquesta sinfónica para interpretar música clásica, con iconografías del Disney tradicional envueltas en ritmos tecno, estética de la Generación Z, y expresiones sensuales –o abiertamente sexuales–. También rema en la misma dirección la evidente emoción con que se la vio escuchar el tradicional canto mariano del Virolai en la abadía de Montserrat.
Si en Motomami Rosalía bordó el mapa de una metamorfosis, LUX promete iluminar su costado contemplativo: pop de estadio que no renuncia a preguntar(se) por el sentido de la vida, con el secreto deseo de encontrar la verdad en el ejemplo de vida de los abuelos.
Un recordatorio, por cierto, para las generaciones mayores: los valores, la fe y la tradición es mejor no descafeinarlos, ni renunciar a ellos, como intento de hacerlos más amables o digeribles a los jóvenes. Porque es justamente esa transmisión intergeneracional la única garantía de que los jóvenes, a quienes tanto quieren, tendrán un faro para no perderse en la tormenta de la historia.