La identidad de nuestros hijos y su libertad en el juego
Lo verdaderamente llamativo es que, en cuestiones cruciales como la identidad sexual –mucho más profundas que una camiseta o un postre–, algunos quieran eliminar todo marco y entregar al niño a una autonomía para la que aún no está preparado. La masculinidad y la feminidad no se improvisan
En los últimos años, la conversación sobre la infancia se está orientando hacia un mensaje aparentemente irrefutable: los niños deben jugar con plena libertad, sin etiquetas y sin condicionamientos que les impidan explorar. Esta reivindicación —que busca eliminar estereotipos y ampliar el horizonte de lo posible— contiene, sin duda, una parte profundamente positiva. Permitir que un niño coja una muñeca sin vergüenza, o que una niña juegue al fútbol sin prejuicios, habla de una sociedad que desea ser más amable, menos rígida y más atenta a la sensibilidad de los pequeños. Vale. «Lo compro», como se suele decir.
Sin embargo, en medio de esta ola de entusiasmo por la «libertad absoluta» en el juego, hay una dimensión de la que apenas se habla y que resulta esencial para comprender el desarrollo armónico de los niños: la libertad no basta sin un acompañamiento que fortalezca la identidad. Porque si la libertad es el espacio donde los hijos exploran, la identidad es el suelo firme sobre el que crecen.
La libertad florece cuando está enraizada en la verdad de la naturaleza humana. Ser niño o ser niña no es un rol asignado culturalmente que pueda o deba diluirse, sino una realidad que atraviesa el cuerpo, la psicología y la forma de relacionarse con el mundo.
Por eso, cuando un niño pequeño observa a su madre maquillarse y quiere imitarla, lo habitual no es un cuestionamiento profundo de su identidad, sino simple curiosidad: y es que a esa edad imitan todo cuanto les llama la atención. Pero, igual que la curiosidad puntual no puede confundirse con una vocación identitaria, tampoco con una invitación a reforzar comportamientos que corresponden al mundo adulto del sexo contrario.
Y ojo porque acompañar no es prohibir, ¡en absoluto!, pero tampoco es abdicar. Es más bien intentar decir algo cómo: «Puedes probarlo porque estás jugando… pero recuerda que eso forma parte del mundo de mamá, y tú eres un niño». Una orientación discreta, cariñosa, que ofrece libertad sin renunciar a la verdad.
Esta lógica educativa es, en el fondo, la misma que aplicamos en ámbitos menos polémicos. Cuando un niño no quiere comer, no lo forzamos; pero tampoco lo dejamos pasearse libremente por el supermercado eligiendo lo que más le apetezca sin criterio. Respetamos sus ritmos, pero ofrecemos un marco, seleccionamos los alimentos adecuados y guiamos hacia lo que nutre.
Y con la ropa sucede lo mismo: no dejamos que un niño de tres años decida vestirse en pleno diciembre con un bañador «porque le apetece», aunque tampoco lo obligamos a llevar algo que le resulte incómodo sin motivo.
¿Libertad? sí, pero dentro de una estructura que cuida, orienta y protege.
Lo verdaderamente llamativo es que, en cuestiones cruciales como la identidad sexual —mucho más profundas que una camiseta o un postre—, algunos quieran eliminar todo marco y entregar al niño a una autonomía para la que aún no está preparado. La masculinidad y la feminidad no se improvisan.
La identidad sexual no se construye únicamente a través de lo que se juega, pero sí se ve acompañada —o debilitada, claro— por el contexto emocional y simbólico en el que el niño crece.
Un niño desarrolla una masculinidad sana cuando encuentra en su padre un modelo de fortaleza, ternura y responsabilidad; cuando descubre que es capaz de proteger, decidir, arriesgar y reparar. Son experiencias que marcan más que cualquier juguete y que lo ayudan a integrar una identidad masculina fuerte, que no rígida.
Sin este acompañamiento profundo, la libertad en el juego puede derivar en una especie de intemperie emocional-afectiva: los niños experimentan, sí, pero sin saber muy bien quiénes son, sin una referencia que les indique hacia dónde ir. Y la ausencia de referente no libera; desorienta.
Por otra parte, existe además un aspecto que las teorías contemporáneas sobre el juego infantil suelen ignorar: la socialización entre los iguales tiene reglas, ritmos y códigos propios. Es así. En la etapa escolar, por ejemplo, los grupos masculinos suelen articularse alrededor del movimiento, la competencia y el deporte. Esto no significa que todos deban jugar al fútbol ni que sea el único camino hacia una masculinidad madura, pero sí implica que un niño que permanece al margen sin ninguna alternativa puede quedar emocional y socialmente desplazado.
Acompañar su identidad implica también ayudarle a encontrar un lugar entre los de su sexo: no forzarle a ser como los demás, pero tampoco dejarle solo en una esquina. Orientarle hacia actividades que conecten con su sensibilidad, pero que a la vez le permitan participar del mundo de los chicos, es una forma concreta de proteger su desarrollo afectivo y social.
Libertad y verdad no son enemigas: son complementarias. El debate público tiende a plantear esta cuestión en términos dicotómicos: libertad absoluta o estereotipo opresivo. Pero la experiencia humana es mucho más fina y compleja que cualquier eslogan ideológico. Acompañar a un niño desde la verdad de quién es —niño o niña— no significa coartar su imaginación ni imponerle un catálogo estrecho de conductas. Se trata más bien de caminar a su lado para que explore sin miedo, pero también sin perderse; para que encuentre su camino, pero sin arrancar las raíces que lo sostienen. Y es que la libertad es necesaria, estamos de acuerdo, pero no puede erigirse sobre un vacío. Y la identidad sexual, lejos de ser un límite, es el marco estable que permite a los niños desplegar toda su personalidad sin caer en la confusión. Curiosos y seguros, abiertos al mundo y orgullosos de quienes son, fieles a sí mismos.
- Marichu Suárez es directora de estrategia en FASE Fundación y divulgadora en Instagram (@marichusuarez_)