Noelia no «ha muerto»: a Noelia la han matado
También ha matado a Noelia una sociedad que alienta las rupturas matrimoniales y que ahora hace como que no ve, ni oye, los efectos desestabilizadores que el divorcio y la desestructuración familiar genera en los hijos. Ni siquiera teniéndolos delante, en su testimonio desgarrador y en su mirada perdida
Cuando el caso de Noelia salió a la luz hace sólo unos días, el trágico desenlace final estaba a todas luces escrito o, al menos, previsto.
Cuando una joven con una depresión aguda decide quitarse la vida, lo intenta una primera vez, insiste en ello durante dos años y su entorno seguro (su madre) le anima a hacerlo, ¿quién iba a convencerle de lo contrario en un par de días? ¿Qué razón iba a poder torcer su voluntad, alterada por su dramática situación, con una semana de margen?
Así que la repercusión política y mediática de su caso (alentada por los desesperados llamamientos de quienes querían salvarle la vida) no ha sido casual. Ha sido una maniobra consciente e instrumentalizada por los promotores de la cultura de la muerte, que han hecho con Noelia lo que hicieron con Ramón Sampedro.
A saber, utilizar un caso extremo y altamente emotivo para maquillar de compasión el asesinato y, de paso, tratar de pintar como despiadados a quienes se oponen (nos oponemos) a que, para eliminar el sufrimiento, haya que eliminar la vida del que sufre.
La pérfida maniobra, la trampa tendida por las nuevas moiras –esas que en la mitología griega se arrogaban la potestad de cortar el hilo de la vida de los mortales– se ha tejido con numerosas mentiras.
La primera y más flagrante es que a Noelia se le haya aplicado la eutanasia. No es verdad: ella ha recibido el suicidio asistido. O sea, el homicidio por encargo. El asesinato con amparo legal.
La eutanasia, prevista por nuestra inicua ley desde 2021, se dispensa por petición a quienes padezcan un sufrimiento físico extremo e irreversible, sin posibilidad de solución y para acortar una vida pretendidamente insalvable. En palabras del BOE, a quienes sufren «un padecimiento grave, crónico e imposibilitante» o una «enfermedad grave e incurable causante de un sufrimiento físico o psíquico intolerable». Algo que no aplica a Noelia.
La segunda mentira es que el sufrimiento físico es lo que le llevó a pedir que la matasen. No es verdad. Prueba de ello es que a diario vemos a jóvenes tetrapléjicos como ella, que ganan medallas en unos Juegos Paralímpicos, que acuden a clase a la universidad, que aprenden a conducir coches adaptados, que realizan acrobacias imposibles en sillas especiales o que llevan una vida normal y corriente, casándose y teniendo hijos. Así que su dolor insalvable no era físico, sino psíquico. Y eso implica que el Estado ha tolerado que una persona que necesitaba tratamiento psicológico o psiquiátrico haya sido asesinada, en lugar de procurarle la salud.
La tercera mentira es que el insondable trauma de su violación múltiple justifica su muerte. Tampoco es verdad. Aunque esos malnacidos, esos bastardos malditos que abusaron de ella y a quienes deseo que se pudran entre rejas (y perdonen la franqueza si les aseguro que les deseo algo bastante peor que eso), esos seres infectos, digo, deban cargar de algún modo con la muerte de esta joven, el terrible trauma de su violación no justifica que la víctima de tan cruel aberración sea la que deba, además, acabar con su vida. Si así fuese, no habría mujeres que, con la ayuda necesaria, fuesen capaces de rehacer su vida tras ser violadas. Y las hay.
La última de las mentiras es que «Noelia ha muerto». Tampoco es verdad. Noelia no «ha muerto», como si hubiese tenido un accidente o le hubiese fallado el corazón. A Noelia la han matado.
La han matado los médicos que han participado en este suicidio asistido, con sus nombres y apellidos. Y que al hacerlo han traicionado su juramento hipocrático, procurándole una inyección letal a una joven que sufría, en lugar de darle los tratamientos que le restaurasen la salud (psicológica) para mejorar su vida.
La han matado los políticos, con sus nombres y apellidos, que redactaron y rubricaron la Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de la eutanasia. La que permite matar a quien se ve tan angustiado como para quitarse de en medio. La que consagra la muerte como derecho, en lugar del derecho a la vida.
Una ley para casos extremos, pero que ya se sabía que iba a generar una pendiente resbaladiza por la que acabarían cayendo personas inermes como Noelia. Una ley, en fin, que dibuja la tumba como un alivio, porque es más barata para las arcas públicas (las mismas que esos políticos saquean con prostitutas y mariscadas) que sufragar unos cuidados paliativos, una asistencia domiciliaria o una ayuda a familiares y cuidadores. Que muchos de quienes piden la eutanasia, no lo olvidemos, lo hacen para no suponerles «una carga» a quienes aman.
También, sí, ha matado a Noelia una sociedad que alienta las rupturas matrimoniales y que ahora hace como que no ve, ni oye, los efectos desestabilizadores que el divorcio y la desestructuración familiar genera en los hijos. Ni siquiera teniéndolos delante en el testimonio desgarrador, en el rostro inocente y en la mirada perdida de esta joven. Sus palabras sobre sus padres y la forma de actuar de estos merecen un artículo aparte. Y una oración, también.
La han matado, de algún modo, quienes la violaron. Y quienes la han alentado a matarse, y han jaleado su muerte, violentando de nuevo su inocencia.
Con todo, y como digo, Noelia no «ha muerto». Ni ha desaparecido. Eso, tampoco es verdad. Esta joven, ahora despojada de su cuerpo, vive ya eternamente. Su alma inmortal no desaparecerá jamás. Y sólo deseo, de corazón, que lo haga ante Dios, para que conozca el amor de un Padre que no falla. Y así, ahora, desde su regazo, tal vez pueda interceder por nosotros para evitar que su ejemplo genere lo que puede generar, y lo que de hecho quieren que genere quienes la han alentado: más Noelias desesperadas que pidan la muerte. Noelia, perdónanos. Y ruega por nosotros.