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Las «pijamadas» están de moda, pero muchas, como la de Ana de 12 años, acaban en mi juzgado

La magistrada Miriam García alerta sobre cómo las fiestas de pijamas dan lugar a denuncias –tanto ciertas como falsas– que arruinan la inocencia de las adolescentes, y pone en el centro la responsabilidad de las familias

Las «pijamadas» entre adolescentes a veces tienen un final dramático, alerta Miriam GarcíaGetty Images / iStock

Al parecer, de un tiempo a esta parte se ha instalado entre las adolescentes y preadolescentes el hábito de hacer con cierta periodicidad las conocidas como «fiestas del pijama» o «pijamadas». La película de Grease, de los años 70, ya reflejaba esta escena. Un grupo de amigas se reunían en casa de una de ellas para hablar de chicos, beber, fumar y hacer «cosas de chicas». Las películas son películas, pero tienen la capacidad de normalizar situaciones y de insuflar en el telespectador las ganas de llevar a a la realidad aquello que ven. Por eso, quizás las madres de la generación actual ven con buenos ojos que sus hijas participen de fiestas de pijamas desde edades tan tempranas como los 12 años.

Supongo que todos sabemos qué es una fiesta de pijama: una familia pone su casa a disposición de su hija y de sus amigas. El plan parece sencillo e inofensivo: comer pizzas, ver una película y después ir a la cama mientras hablan de algún tema. Hasta ahí todo bien.

Sin embargo, desde hace un tiempo las fiestas del pijama han entrado en los juzgados –ahora llamados tribunales de instancia–.

Tras una de estas fiestas, Débora decidió contar a su tutora que el novio de su madre le había tocado mientras dormía. Débora tiene 14 años, como sus amigas. Iniciado el procedimiento contra Dylan –novio de Gema, la madre de Débora–, las amigas de Débora pasan por el juzgado como testigos. Al ser menores lo hacen en presencia del Ministerio Fiscal. Las cuatro amigas coinciden:

– Nos lo contó en la fiesta del pijama que hicimos en su casa. Nos contó que su padrastro la tocaba mientras dormía y que cuando se duchaba entraba con ella al baño.

Sara es una niña de 16 años que decide ir a dormir a casa de su amiga Ana. A la fiesta del pijama son invitadas otras dos amigas más. Al día siguiente, la madre de Sara denuncia al padre de Ana porque, al parecer, se había metido en su cama, le había tocado sus partes más íntimas y se había masturbado en su propia cama. Todo ello habría sucedido mientras sus amigas dormían al lado de ella.

Gabriela tiene 12 años. Ha invitado a cuatro de sus amigas a casa a quedarse a dormir. Tras la fiesta del pijama, Claudia, una amiga de Gabriela, le cuenta a su madre que el padre de Gabriela le miraba mucho el culo y el pecho cuando se puso el pijama y que se había sentido incómoda.

Hay ciertos problemas que un padre se encuentra de frente y sin capacidad de reacción. Otros nos los buscamos solos. Tendemos a justificar situaciones o planes en las que no había necesidad de participar. ¿Por qué una niña de 12 años debe dormir en casa de una familia de la que sólo sabemos que los hijos comparten colegio con los nuestros? ¿Por qué debemos dejar que nuestras hijas duerman en casas cuyos padres son magníficos de puertas hacia fuera, pero de los que no sabemos NADA de puertas hacia dentro?

¿Por qué debemos dejar que nuestras hijas duerman en casas cuyos padres son magníficos de puertas hacia fuera, pero de los que no sabemos NADA de puertas hacia dentro?

Cada uno como padre asume los riesgos que quiere, los valora y, en base a ellos, da o no da su permiso para que sus hijos hagan o no algo. Podemos pensar que están mejor en una casa que en la calle, donde hay más peligros. Es posible. Sin embargo, entrar en una casa ajena y dejar a nuestros hijos dormir allí no es algo tan inofensivo como puede parecer. Pero ¿por qué lo hacemos?

Decimos que los adolescentes tienen miedo de quedarse atrás, decimos que tienen miedo a ser diferentes a sus amigos y que por eso como padres debemos permitir que hagan cosas con las que no estamos muy de acuerdo, pero... ¡qué le vamos a hacer!

Un claro ejemplo de ello han sido los móviles. Por miedo a que nuestros hijos sean raros les hemos entregado el móvil, aun a sabiendas de las graves consecuencias que ello tendrá. No queremos pasarlo mal y saber que el único que no hace no sé qué es nuestro hijo. La justificación que ponemos como padres para permitir que hagan algo que no aprobamos es procurar el bienestar de nuestros hijos.

Debemos reflexionar y pensar si son nuestros hijos quienes tienen miedo de quedarse atrás o somos nosotros los que tenemos miedo de que ellos se queden atrás. Situados en esta segunda opción, habremos condenado a nuestros hijos: si nosotros mismos no estamos seguros de nuestros criterios difícilmente podrán estarlo ellos.

Debemos reflexionar y pensar si son nuestros hijos quienes tienen miedo de quedarse atrás o somos nosotros los que tenemos miedo de que ellos se queden atrás.

Recibo a padres en mi despacho. Antes los citaba juntos, pero me di cuenta de que al hacerlo así siempre había uno cuyas palabras quedaban silenciadas por aquél que más hablaba. Al recibirlos por separado, observo dónde fallamos los padres. Papá se opone a que su niña vaya a una casa ajena a dormir, pero mamá piensa que no es para tanto, que debe ir y que no pasará nada. La niña termina por ir y cuando la fiesta del pijama asalta el juzgado, son todo reproches entre ellos.

Perdonen mi insistencia, pero ¿por qué debemos los padres hacer lo que nuestros hijos quieren y no lo que nosotros como padres creemos que es mejor? Créanme que los padres que unidos toman decisiones, aun cuando son desacertadas, permanecen unidos para después afrontar el problema. Sin embargo, aquellos padres que discrepan constantemente en asuntos importantes o intranscendentes que afectan a la vida de sus hijos, saldrán mal parados si vienen mal dadas.

– Señoría, le juro que yo no miré a ningún lado del cuerpo de la amiga de mi hija. Yo simplemente estaba en mi casa. No quería que vinieran. Me levanté del sofá para dejarles a ellas ver una película y ya nunca más tuve contacto con ellas. Por la mañana me fui temprano.

– Me miraba de manera sensual –me dice Gabriela, con doce años.

– ¿Sabes qué es una mirada sensual? –le pregunto yo.

– Sí.

– ¿Podrías poner un ejemplo?

– Ocurre cuando un chico quiere que le hagas una mamada, o quiere acostarse contigo.

Recordemos que Gabriela tiene 12 años. Con este nivel de vocabulario sexual es difícil para cualquier profesional de la justicia saber si Gabriela tiene mucha imaginación o ha sucedido lo que cuenta.

Tampoco sé si lo que sucedió en casa de Débora fue o no un juego de amigas, ni si el padre de Ana hizo a Sara lo que ella cuenta. Todo ello se esclarecerá a través de declaraciones testificales, informes de credibilidad e informes psicológicos. En unos casos, por desgracia, las acusaciones son reales; en otros, también por desgracia, son fruto de la imaginación, plan o juego de unas niñas que, en mi opinión, aún deberían estar jugando a las muñecas.

En unos casos, por desgracia, las acusaciones son reales; en otros, también por desgracia, son fruto de la imaginación, plan o juego de unas niñas que aún deberían estar jugando a las muñecas

En cualquier caso, sea verdad o mentira, hay algo que es común en los tres casos: esta experiencia judicial y humana por la que pasará la menor y toda su familia, sus amigas y las familias, van a cambiar la vida tanto de las niñas como de sus padres. Nadie que pasa por un juzgado por una historia así queda indiferente.

Si las niñas mantenían su inocencia, la pierden de golpe y ya nada ni nadie la podrá reestablecer. Se acabó: han crecido de golpe. Y quizás nuestra hija simplemente asistía a la fiesta del pijama como una niña ingenua de 12 años. Sin embargo, ha salido con unos cuantos años más. Y si ya a los 12 años habían perdido su inocencia… En este caso ya no sé qué decir, la verdad.

Con todo lo aquí expuesto, creo que tener criterio nunca está de más. Y, desde luego, cuando de la educación de nuestros hijos se trata, es una obligación. Probablemente nuestros hijos se marchen de casa antes de lo que desearíamos: algunos, a la universidad; otros, a trabajar, otros, para formar una familia, etc. Ahí ya no vendrán a casa a dormir.

Sin embargo, mientras permanezcan bajo nuestro techo, pongamos límites, fijemos criterios y no actuemos como un rebaño llevado al matadero. A cuántas familias se llevó y se sigue llevando por delante el móvil. Volvamos a la cultura del No.

«No vas a ir a la fiesta del pijama porque sabemos que no es bueno para ti; no vas a tener móvil porque no es bueno para ti; no vas a volver a las cuatro de la mañana porque no es bueno para ti».

Vivimos en una era en la que lo que más cuenta son las emociones de nuestros hijos. Si mi hija llora por no ir a una fiesta del pijama, me ablando y termino diciendo que sí. Quizás debamos reflexionar sobre el mundo emocional en el que hemos basado la educación de nuestros hijos.

Esta es mi pobre opinión, basada en el conocimiento que me da mi profesión. Con todo lo que veo pienso que no tenemos ninguna necesidad de dejar que nuestras hijas con 12 años duerman en casas ajenas por bonitas que nos parezcan. Quizá pueda parecer alarmista pero, en cuanto a educación se refiere, mi profesión me ha dado una lección: los padres no podemos bajar la guardia nunca en las circunstancias que rodean a nuestros hijos.

Negando que nuestras hijas con solo 12 años duerman en casas ajenas estaremos protegiendo y no sobreprotegiendo. La sociedad que nos rodea no tiene nada que ver con el mundo en que vivieron nuestros padres. Niñas y niños de 12 años manejan un lenguaje sexual que a mí me sobrepasa, creen entender de relaciones sexuales y sueñan con ser como esos chicos y chicas de las series que campan a sus anchas en prime time en la televisión o en no sé qué plataforma.

Podemos desanimarnos e incluso auto convencernos de que todo está perdido porque la corriente nos arrastrará. Creo que merece la pena nadar contracorriente y cuanto antes lo hagamos, mucho mejor. Negar a tu hija de 12 años ir a dormir a casa de una amiga no le creará ningún trauma, créanme. Que vaya y pueda vivir situaciones como las descritas, sí lo hará. Recuperemos la autoridad perdida como padres.

Solo así podremos liderar una auténtica revolución cultural, donde se produzca un cambio real que permita a nuestros hijos e hijas ser niños inocentes hasta que toque no serlo.

Pero, sobre todo, no seamos los padres quienes allanemos a nuestros hijos el camino a esa pérdida de inocencia. No podemos desfallecer en nuestra tarea como padres. Fuimos llamados a esta tarea para hacerlo, como dicen nuestros hijos, 24-7.

* Miriam García es magistrada, madre de tres hijos y máster en orientación familiar.