Una mujer con un carrito de bebé, en Madrid
Desde 1991, España se ha quedado sin hijos: los hogares unipersonales crecen un 80 % y los de 5 se desploman
En los últimos 30 años, las personas que viven solas han pasado de ser el modelo de hogar menos común, al segundo más habitual, mientras las familias con 3 hijos caen un 73 %, según un estudio de La Caixa
España vive sola: los hogares unipersonales ya son la segunda forma de convivencia, mientras que las familias compuestas por padre, madre y tres hijos están en peligro de extinción.
Nuestro país ha pasado, en apenas tres décadas, de un modelo de convivencia sostenido en la familia y más amplio, a un mapa doméstico donde lo normal es vivir con una sola persona… o con ninguna.
Es una de las principales conclusiones del informe Hogares en transformación en España y Portugal, del Observatorio Social de la Fundación La Caixa y el Centro de Estudios Demográficos, que muestra cómo los hogares unipersonales han aumentado un 81 %, mientras que aquellos compuestos por cinco o más personas han caído un 73 %.
Más hogares, pero no más población
Entre 1991 y 2022, la población total en España creció un 21,9%, pero el número de hogares se disparó un 67,7 % hasta alcanzar los 19,75 millones. El informe subraya que no es una consecuencia directa del crecimiento demográfico, sino de la reducción del tamaño medio del hogar: hemos pasado de 3,3 a 2,4 personas por vivienda.
¿Quién llena ese hueco? Principalmente dos estructuras. Por un lado, los hogares unipersonales, que han crecido en más del 80 % y han dejado de ser «la estructura menos habitual» en 1991 para convertirse en 2022 en «la segunda más común».
Por otro lado, los hogares de dos personas, que aumentan un 37,8% y se convierten en «los más comunes en España».
Caen los hogares de 4, se hunden los de 5
Si hay un símbolo del cambio demográfico es este: los hogares de cuatro personas encadenan una caída del 23 % entre 1991 y 2022. Y más aún: los de cinco o más (o sea, las familias con tres hijos, o más) se desploman un 73 % hasta representar solo el 5,3 % del total.
En medio de ese derrumbe, hay una rareza estadística: los hogares de tres personas se mantienen «en valores estables» a lo largo de las tres décadas. Es decir, la casa española se polariza: o se vive solo, o en pareja (sin hijos, o sólo con uno), y la familia extensa pierde terreno.
Envejecimiento, divorcio y nacimientos
El director del Centro de Estudios Demográficos, Albert Esteve, atribuye el auge de los hogares unipersonales principalmente al envejecimiento de la población, que aumenta el número de personas que viven solas, «sobre todo mujeres que viven más años que sus maridos».
El estudio identifica, además, otras tendencias que reducen el tamaño del hogar (y, por tanto, la red social que supone la familia): la caída de la fecundidad y la «disolución de uniones» por separación o divorcio, así como el declive de las familias extensas.
Dicho de otro modo: la cultura divorcista está tan instalada en la sociedad que en 30 años ha cambiado el panorama social, abocando a la soledad a 8 de cada 10 nuevos hogares.
Más años en solitario
El informe mide también los años «vividos» en cada tipo de convivencia. Y el salto más llamativo es el de la vida en solitario. En España, las mujeres pasan de vivir solas una media de 4,9 años en 1991, a 7,5 años en 2022. En los hombres, la subida es aún más brusca: de 2,6 a 7,5 años.
A la vez, se detecta retraso en la emancipación juvenil –más permanencia en el hogar parental– y una caída clara del tiempo compartido con pareja e hijos: la convivencia con pareja e hijos disminuye casi un 30 % entre los hombres y un 22,5 % entre las mujeres.
Y eso que el estudio sólo abarca hasta 2022, sin los últimos 4 años de dificultades para la emancipación de los jóvenes.
Natalidad: el dinero no sostiene
El documento, además, conecta estos cambios con la natalidad y cita dos investigaciones impulsadas también por el Observatorio Social. Y la conclusión es tan clara como acorde a las reivindicaciones más persistentes de las asociaciones familiares de España: los actuales incentivos económicos por nacimiento elevan la natalidad a corto plazo, pero la estabilidad laboral y la conciliación son «decisivas» para sostenerla en el tiempo.
Dicho de otro modo: las subvenciones pueden suponer un alivio, pero sólo una cultura de política familiar transversal, con respaldo social, es capaz de corregir el modelo.
De hecho, esta merma no se debe sólo al deseo de los individuos, sino que más bien los españoles se han resignado a dejar de engendrar y de vivir en familia.
En concreto, las mujeres, tal y como recoge el informe, declaran querer tener más hijos de los que finalmente tienen, pero los costes laborales asociados a la maternidad y las dificultades de conciliación condicionan esa diferencia.
Así, diez años después del primer hijo, las mujeres tienen un 37,5 % más de probabilidades de trabajar a tiempo parcial y unos ingresos «un 33,4 % inferiores de media».