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Carmen Fernández de la Cigoña

En España la familia está en peligro de extinción

El matrimonio estable es sin duda el mejor lugar e institución para traer hijos al mundo. Tener un hijo da lugar a una entrega de la vida, que implica crianza, educación, dedicación de tiempo, etc. Lo más adecuado para quien nace y para ambos padres es que las tareas de crianza y educación sean compartidas.

La familia natural, tal y como se ha conocido durante siglos, y por tanto formada por padre y madre unidos de forma estable y con varios hijos biológicos, es ahora desgraciadamente en España una realidad menguante, y no es exagerado decir que en vías de convertirse en una realidad minoritaria.

Este diagnóstico tiene graves consecuencias para nuestra civilización. Cada día vamos tomando mayor conciencia de los efectos que provoca en niños, adolescentes y en personas de cualquier edad, el hecho de carecer de una familia perdurable y equilibrada ya sea porque nunca tuvo lugar tal familia –y por tanto nunca ha podido conocer y convivir con las dos figuras paterno-materna como referentes– ya sea por separación, ruptura o abandono de los padres.

Los datos ponen en evidencia que el concepto de «familia numerosa» desgraciadamente va a ser una experiencia vital que muy pocas personas van a poder vivir y disfrutar en las próximas décadas. Desde 1991, las familias de cinco o más miembros han descendido un 73%.

Una realidad tan deseable, educadora y buena para la persona como es la crianza y educación en una familia numerosa, se nos presenta hoy como una realidad minoritaria y exclusiva. Los efectos benéficos y educativos de compartir, celebrar en familia, ayudar en labores del hogar, cuidar a hermanos pequeños, etc., quedan para una ínfima parte de la población.

Una consecuencia derivada de la ausencia de familias numerosas es la proliferación de los hijos únicos. De unas décadas a esta parte han crecido mucho las familias con un solo hijo. Y si proliferan los hijos únicos en una propensión general a no tener hijos, paralelamente crecerá el número de sobrinos únicos y nietos únicos, que no van a tener experiencia de familia extensa con primos.

Estas primeras generaciones tendrán abuelos, algunos tíos y escasamente algún primo, y si la tendencia se confirma en el tiempo, los escasos niños que nazcan sólo tendrán adultos en su familia, carecerán de la experiencia de hermanos y de primos.

El cuidado de la institución familiar se presenta cada vez con mayor urgencia como un bien a proteger por y para toda la sociedad. La familia proporciona conexión y significado a la vida. En palabras de Marín Pedreño, «definir al hombre como animal familiar es definirlo por la clase de sociedad en la que comparece según su grado de individualidad. La familia es la clase de sociedad correlativa y proporcionada a la clase de individualidad que es cada ser humano. Allí donde no hay familias se debilita la apreciación de la inédita singularidad del hombre».

El ser humano no está hecho –ni quiere– vivir solo; sin embargo, y por la suma de distintas causas: abandono, desistimiento o cambios legislativos y culturales que vienen produciéndose en las últimas décadas, se pretende igualar lo que no es equiparable y dar carta de naturaleza a lo que es diferente. La sociedad, empujada por directrices políticas y por la nueva legislación, recorre un camino en el que la labor de desfiguración cultural y jurídica que se ha producido durante décadas afecta ya a las perspectivas de futuro de todo Occidente.

Por desgracia para nuestra sociedad y para nuestra civilización, tristemente venimos recorriendo una vía hacia la soledad, el individualismo y en definitiva hacia el dolor y la infelicidad, y esto a pesar de que la familia sigue siendo la institución más valorada en muchos países mediterráneos como el nuestro.

Urge poner en valor la familia, y proteger y educar a niños y adolescentes para que puedan formar también ellos una familia, puesto que es la institución más humana.

Un elemental sentido común nos lleva a concluir que es lógico que el grado de compromiso vital que dos personas tienen entre sí sea correlativo y proporcional al número de hijos y simplemente al mero hecho de tenerlos.

El matrimonio estable es sin duda el mejor lugar e institución para traer hijos al mundo. Tener un hijo da lugar a una entrega de la vida, que implica crianza, educación, dedicación de tiempo, etc. Lo más adecuado para quien nace y para ambos padres es que las tareas de crianza y educación sean compartidas.

Ya nos advirtió Chesterton de que «ese triángulo de verdades evidentes –de padre, madre y niño– no puede ser destruido; pero puede destruir a las civilizaciones que lo desprecian».

  • Carmen Fernández de la Cigoña y Carmen Sánchez Maíllo son directora y subdirectora respectivamente del Instituto CEU de Estudios de la Familia