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María José Gómez y Verdú*

Bad Bunny en la Sagrada Familia: lo que enseñamos cuando un famoso se salta las normas y se le aplaude

La creadora de contenido María José Gómez y Verdú, experta en protocolo con más de 950.000 seguidores en Instagram, explica el mensaje que ha mostrado la visita del cantante puertorriqueño a la Sagrada Familia junto a Salvador Illa

Salvador Illa y Bad Bunny

La reciente polémica protagonizada por Bad Bunny en la Basílica de la Sagrada Familia ha vuelto a poner sobre la mesa un debate mucho más profundo que el simple comportamiento de una celebridad en un espacio turístico. La verdadera cuestión gira en torno a algo cada vez más evidente en nuestra sociedad: la desigual aplicación de las normas cuando intervienen la fama, la influencia y el impacto mediático.

En cualquier lugar con valor histórico, cultural o institucional existen códigos de comportamiento que no son casuales. No se trata únicamente de normas de seguridad o de organización; hablamos también de respeto, convivencia y educación. Espacios como la Sagrada Familia no son un decorado para alimentar redes sociales ni una extensión del escaparate personal de nadie. Son lugares que representan patrimonio, identidad cultural y, en cierto modo, solemnidad colectiva.

Por eso sorprende la facilidad con la que ciertos comportamientos pierden gravedad cuando quien los protagoniza es una figura mundialmente conocida.

Lo que en una persona anónima podría interpretarse como una falta de consideración, una conducta inapropiada o una ruptura de las normas básicas de etiqueta, se transforma automáticamente en contenido viral, anecdótico o incluso cool cuando detrás hay una celebridad.

Y ahí aparece una contradicción social preocupante.

Vivimos en una época donde constantemente se habla de respeto, empatía y civismo, pero al mismo tiempo se premia la transgresión cuando esta viene acompañada de millones de seguidores. Parece que algunas figuras públicas han adquirido una especie de inmunidad simbólica: cuanto más famosas son, más se relativizan sus excesos y menos se cuestionan comportamientos que en cualquier otro generarían rechazo inmediato.

Desde el punto de vista del protocolo y los buenos modales, el problema no es únicamente incumplir una norma concreta. La cuestión de fondo es el mensaje que se transmite. La educación social siempre ha estado ligada a la capacidad de entender el contexto y comportarse adecuadamente según el lugar y el momento. No se actúa igual en un concierto que en un monumento histórico, igual que no se actúa igual en una ceremonia institucional que en una fiesta privada.

La etiqueta, mal entendida muchas veces como algo superficial, en realidad tiene una función profundamente social: facilitar la convivencia desde el respeto mutuo. Saber estar no significa rigidez ni elitismo; significa comprender que hay espacios donde el protagonismo personal debe quedar en segundo plano frente al valor colectivo del entorno.

La cultura de la hiperexposición ha generado una peligrosa distorsión: convertir cualquier lugar en un escenario y cualquier norma en algo negociable si el impacto mediático compensa.

Sin embargo, la cultura de la hiperexposición ha generado una peligrosa distorsión: convertir cualquier lugar en un escenario y cualquier norma en algo negociable si el impacto mediático compensa. Y lo más preocupante es que no solo se tolera, sino que con frecuencia se aplaude.

Resulta difícil explicar a un ciudadano corriente que debe guardar determinadas formas, respetar recorridos, evitar ciertas conductas o mantener compostura en espacios patrimoniales, mientras observa que algunas celebridades parecen desenvolverse bajo un régimen distinto. Esa doble vara de medir erosiona el principio básico de convivencia: las normas deben ser iguales para todos.

Porque la verdadera elegancia no consiste en llamar la atención ni en actuar como si las reglas no existieran. La verdadera elegancia está precisamente en saber adaptarse al entorno, respetarlo y entender que la notoriedad nunca debería situar a nadie por encima de la educación.

Tal vez el problema de fondo no sea que algunas celebridades se salten las normas, sino que como sociedad hemos empezado a admirar precisamente eso: la capacidad de algunos para comportarse como si las reglas estuvieran hechas únicamente para los demás.

  • María José Gómez y Verdú es experta en protocolo y creadora de contenido en la cuenta @protocoloyetiqueta, con más de 950.000 seguidores en Instagram