Anestesia sexual de una noche de verano
Estar soltero en verano parece que significa necesariamente convertirse en una especie de turista sexual de temporada.
Hay una especie de mandato no escrito que aparece cada verano y nos sacude a jóvenes con buen corazón y buena intención. Ese mandato socialmente aceptado es que en verano, si estamos solteros, toca aprovechar.
Aprovechar el moreno, las noches largas, los festivales, los modelitos, las fiestas, los chiringuitos y, por supuesto, a todos los hombres o mujeres que se pongan a tiro.
Estar soltero en verano parece que significa necesariamente convertirse en una especie de turista sexual de temporada. Como si de Mamma Mia se tratase, hay que volver a septiembre con varias historias que contar para poder afirmar que has «disfrutado».
Y no.
No quiero decir que haya que encerrarse en casa leyendo a Dostoyevski o estar en la playa leyendo lo último de Acantilado mientras el resto del mundo se va de fiesta. Podemos salir y hay que salir. Podemos bailar. Podemos conocer gente. Podemos ponernos guapos porque nos da la gana. Podemos tener una conversación que se alargue hasta las cinco de la mañana. Podemos sentir mariposas. Incluso podemos enamorarnos.
La cuestión es otra: que nuestro verano se convierta en una audición permanente para encontrar a alguien que nos elija es una gran tentación.
Aunque el mundo no sea claro en esto, todos acabamos intuyendo que hay una diferencia enorme entre disfrutar de nuestra libertad y utilizarla para anestesiar nuestra soledad.
La soltería puede y está llamada a ser una época maravillosa, pero tiene una trampa: cuando sabemos que queremos compartir nuestra vida con alguien, es fácil empezar a vivir cada encuentro como una posible oportunidad. Ese chico de pelo en pecho con la cruz de plata resaltando en su moreno que nos ha sonreído en el chiringuito. El amigo de la amiga. El que conocimos en una boda. El hermano de la amiga. El que nos escribe a las dos de la mañana. Y de repente ya no estamos disfrutando de la noche. Estamos haciendo un casting. ¿Le gustaré? ¿Me escribirá mañana? ¿Por qué me ha mirado así? ¿Por qué ha dejado de contestar? ¿Será que no soy suficientemente guapa? ¿Debería haberle dado un beso? ¿Habrá visto el tipazo que tengo?
Qué agotamiento.
Quizá este verano podemos probar algo distinto: dejar de medir nuestro verano por la cantidad de hombres y mujeres que conseguimos atraer y empezar a medirlo por la cantidad de vida que hemos vivido y ofrecido.
Hay que desterrar la idea de que nos volvemos más valiosos porque alguien nos desee. Por mucho que el deseo de ser elegidos y deseados esté inscrito en nuestro corazón y se manifieste en gran medida en cómo nos relacionamos y también en cómo nos vestimos.
Del mismo modo que tampoco perdemos valor porque nadie nos haya elegido todavía.
Hay algo profundamente liberador en salir de casa sin preguntarnos quién nos estará mirando y a quien vamos a gustar. En ponernos ese vestido o esa camisa de lino de Canallita porque nos encanta cómo nos queda, no porque esperamos que alguien nos diga que estamos cañón con palabras más acaramelada. En bailar porque estás feliz, y disfrutar de celebrar con los tuyos, no porque quieres llamar la atención de alguien. En tener una conversación con un alguien sin decidir en los primeros diez minutos si podría ser «el padre de tus hijos» o si esta noche voy «a pillar».
Podemos desear profundamente el amor y, al mismo tiempo, no vivir desesperados por encontrarlo mendigándolo o conformándonos con migajas
Quizá tenemos que ejercitar ese estar tan presente en nuestra propia vida que no necesitemos inventar otra para sentir que la que vivimos merece la pena. Y esto no significa resignarse a estar «solo». Al contrario.
Podemos desear profundamente el amor y, al mismo tiempo, no vivir desesperados por encontrarlo mendigándolo o conformándonos con migajas.
Podemos querer casarnos y disfrutar de estar solteros, de nuestra realidad y nuestro presente, sabiendo hacia dónde queremos caminar.
Podemos echar de menos tener a alguien con quien compartirte y aun así agradecer poder compartirnos y ser fecundos de otro modo con las personas se nos confían hoy.
Podemoa querer que alguien nos elija sin convertirnos en alguien que hace cualquier cosa para conseguir un sucedaneo de esa elección.
Hay una forma muy triste de vivir la soltería y es la que aflora en esta época del año: intentar gustarle a casi cualquiera –que tenga unos mínimos– para no enfrentarnos a la pregunta de si nosotros sabemos quiénes somos cuando nadie nos está mirando… o cuando llega septiembre.
Por eso, este verano, quizá estaría bien recuperar algo que parece bastante revolucionario: el pudor de no tener que enseñarlo todo y la libertad de no tener que demostrar nada.
No porque el cuerpo, ligar o divertirse sea malo. Al contrario: porque nuestro cuerpo, nuestra intimidad, nuestra afectividad y nuestro corazón valen demasiado como para entregarlos al primero que nos haga sentir deseada durante una noche de verano.
No porque el cuerpo, ligar o divertirse sea malo. Al contrario: porque nuestro cuerpo, nuestra intimidad, nuestra afectividad y nuestro corazón valen demasiado
Que nadie nos venda que para disfrutar hay que consumir personas o dejar que nos consuman. Podemos vivir una noche espectacular sin acabar compartiendo fluidos con nadie. Podemos hablar y coquetear con alguien sin perder la libertad de la que el alcohol nos priva. Podemos y debemos elegir en nuestra libertad que nuestro corazón no se conforme con migajas ni miradas que no están a la altura de quien eres. Revisemos con sinceridad, en este caso hablo como mujer y a nosotras, que busca nuestro corazón en ese escote o en esa minifalda. ¿De verdad nos vale ese mínimo afecto o en esa mirada de supuesta aprobación?
No esperemos pasivamente a que alguien llegue a «salvarnos de la soltería», aprender a vivir desde la libertad de quienes se saben amados y dignos por quienes son, esa que después podremos compartir con alguien.
Así que este verano, disfrutemos. Bailemos. Sirvamos y entreguémonos con alegría. Conozcamos gente. Riámonos hasta que nos duela la barriga. Pongámonos guapos. Bañémonos en el mar de noche. Enamorémonos, si ocurre. Desenamorémonos, si toca.
Pero no confundamos ser libres con estar disponibles para cualquiera. Y, por favor, no volvamos en septiembre pensando que hemos desperdiciado el verano porque ningún veraneante nos ha elegido. Mamma mia es una gran trampa edulcorada de Mediterráneo. Nuestro corazón está muy bien hecho y a medio plazo aceptar migajas sale muy caro.
Y, sobre todo: que no se nos haya «elegido» hasta ahora no significa que no seamos «elegibles» aún.
A veces, simplemente, la vida no consiste en conseguir que alguien nos elija cuanto antes. Consiste en aprender a elegirnos a nosotros desde la libertad siempre y en el kairós –el tiempo presente y perfecto– que habitamos y que nos habita.
* Carla Restoy es creadora de contenido para redes sociales y fundadora de Caliu Collection.