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Veranos en FamiliaPaloma Fernández de Mesa

Este verano con mis cinco hijos he entendido a mi madre cuando me decía «esto no es un hotel»

Paloma Fernández de Mesa reflexiona sobre las tensiones que suelen darse en verano en una casa con hijos adolescentes, y por qué mantener ciertas normas es tan importante como ir dándoles libertad y seleccionando las batallas que se libran.

La autora, con sus hijos y su marido

La autora, con sus hijos y su marido

Hay frases de nuestros padres que juramos no repetir nunca… hasta que un día nos salen solas. En mi caso, la ganadora de este verano es: «Esto no es un hotel».

Mis padres la decían sin parar. Yo ponía la misma cara que ahora ponen mis hijos cuando me oyen a mí. «Como me ves te verás», solía decirme mi madre. Y tenía razón.

En verano basta con mirar alrededor. Hay toallas mojadas sobre las camas, bolsas de playa que nadie termina de guardar y ropa de la noche anterior mezclada con todo lo que se han probado antes de salir. Los vasos se multiplican en el fregadero como si fuéramos treinta, esperando que alguien los meta en el lavavajillas, mientras la ropa planchada puede pasar días esperando a que su dueño decida guardarla.

—Mamá, no hay nada.

La frase suele pronunciarse plantados delante de una nevera llena y con la puerta abierta, como si quedarse mirándola un poco más fuera a hacer aparecer algo nuevo. En esta casa nunca hay nada… salvo botellas vacías de agua. Esas sí abundan.

También pueden dormir doce horas y levantarse cansados. A esa edad, por lo visto, descansar también agota.

Mientras tanto, las lavadoras no paran. Pongo una, tiendo otra y, cuando creo haber llegado al fondo del cesto, vuelve a estar lleno. Mis hijos están de vacaciones; la lavadora y yo, no.

También pueden dormir doce horas y levantarse cansados. A esa edad, por lo visto, descansar también agota. Mientras tanto, las lavadoras no paran.

Y, sin embargo, no me molesta que duerman hasta tarde. Tampoco que lleguen tarde. Han salido, son jóvenes y es lo que toca. A mí me encanta verles disfrutar y que vivan esos veranos que yo también tuve.

Nuestras vacaciones han cambiado. Cuando eran pequeños era relativamente fácil hacer planes juntos. Ahora los amigos ocupan gran parte de su tiempo y hay días en los que, aunque estemos todos de vacaciones en la misma casa, apenas coincidimos.

Me parece normal. Quieren libertad y me gusta que la tengan, pero esa libertad no puede significar que toda la casa se adapte a los horarios de cada uno ni que se convierta en un servicio abierto las veinticuatro horas, con alguien siempre detrás recogiendo lo que los demás dejan. Tampoco necesito una casa perfectamente ordenada –yo también quiero relajarme y sentir que estoy de vacaciones–, pero sí un mínimo de convivencia.

El desayuno, por ejemplo, tiene un límite. Puedes llegar tarde y dormir hasta tarde, pero si te levantas cuando los demás estamos pensando ya en la comida, tendrás que adaptarte tú. Y hay algunas cosas que les pedimos: tiende esta lavadora, pon la mesa, recoge tu habitación, mete los vasos en el lavavajillas. Nada especialmente heroico.

La respuesta suele ser «sí, mamá, ya voy». Diez minutos después todo sigue exactamente en el mismo sitio. Media hora después, también. He aprendido que el «ya voy» adolescente no es una medida de tiempo, sino una declaración de buenas intenciones.

A la tercera vez que lo pides ya no conservas el mismo tono. Alguna vez, cansada de esperar, terminas haciéndolo tú. Y entonces aparece inevitablemente:

–Esto no es un hotel.

Con los hijos mayores aparece además otro problema que antes no existía: averiguar cuántos somos para comer. Preguntar si comen o cenan rara vez conduce a una respuesta definitiva. «Creo que sí», «depende» o «ni idea» son perfectamente válidas. Cocinar se ha convertido en una mezcla de intuición y fe.

Y mientras intentas calcular para cuántos pones la mesa, llegan las demás peticiones: si se puede quedar Pepita a dormir, si pueden poner casa o si puedes llevar a alguien a Sanlúcar porque sus amigas han quedado allí.

Sus vacaciones tienen bastante de improvisación. Las mías, a veces, de logística.

Con horarios tan distintos, hay días en los que apenas coincidimos. Curiosamente, uno de esos momentos es a la vuelta de la playa, cuando todos queremos ducharnos a la vez porque todos tenemos algún plan después.

–Yo primero.

–No, me lo pedí antes.

–Pues después voy yo.

–¡Mamáaaa! Paloma se ha colado y me tocaba a mí.

Somos siete y conseguir una ducha acaba necesitando casi un sistema de turnos.

Tiene gracia: para el poco tiempo que conseguimos coincidir, muchas veces lo hacemos discutiendo. Por la ducha, por una toalla mojada, por quién pone la mesa o porque alguien no ha avisado de que al final no venía a comer.

Mis hijos empiezan a irse, aunque todavía duerman en su cuarto.

La universidad va llegando y buena parte de sus vidas sucede ya fuera de casa. Es normal. Los hemos educado para eso.

Lo extraño es descubrir que una casa puede seguir llena de hijos y empezar, al mismo tiempo, a quedarse un poco vacía.

Lo extraño es descubrir que una casa puede seguir llena de hijos y empezar, al mismo tiempo, a quedarse un poco vacía.

Por eso cada vez elijo más las batallas. Una habitación desordenada ya no me quita el sueño y tampoco pretendo que todos nuestros planes familiares les parezcan maravillosos. Pero sí quiero que colaboren, que avisen si no vienen a comer y que recojan lo que utilizan. Tener libertad tampoco significa que otro tenga que ir siempre detrás.

Y entre tanta entrada y salida quiero que sigamos encontrando algún momento para nosotros: una comida, una sobremesa, un día de playa.

Ahora entiendo mejor a mis padres cuando decían «esto no es un hotel». Yo creía que hablaban de hacer la cama. En realidad, nos estaban enseñando lo que significa formar parte de una familia.

Un día habrá menos toallas mojadas, menos vasos en el fregadero y menos zapatos por medio. Probablemente sabré exactamente cuántos somos para comer y entonces echaré de menos parte de este caos.

Hasta que llegue ese día, esto no es un hotel.

Y el desayuno tiene una hora.

* Paloma Fernández de Mesa es madre de familia numerosa y creadora de contenido en Instagram.

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