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Merece la penaPaloma Fernández de Mesa

«Con eso no basta»: una madre de familia numerosa alerta del error de los padres con las lecturas de sus hijos

La creadora de contenido Paloma Fernández de Mesa, madre de cinco hijos, explica por qué «no basta con enseñar a leer a nuestros hijos» sino que es imprescindible «enseñarles a escoger».

La autora, con uno de sus hijos, en una librería

La autora, con uno de sus hijos, en una librería

Siempre me ha gustado leer. Durante muchos años pensé que leer mucho era suficiente. Hoy ya no lo creo.

Si repaso mi vida a través de los libros, puedo hacerlo casi por etapas. De pequeña llegaron las aventuras de Los Cinco. Después fueron mis padres y mi abuela quienes parecían saber siempre qué libro ponerme entre las manos. Más adelante descubrí la novela histórica y me fascinó su capacidad para llevarme a otras épocas mientras aprendía casi sin darme cuenta.

Nunca sentí la lectura como una obligación: fue uno de los mayores placeres de mi infancia. Leía muchísimo y creía que eso me convertía en una buena lectora.

Con la comida entendemos que no todo vale simplemente porque alimenta. Con los libros, en cambio, repetimos una frase que yo misma he dicho muchas veces: «Lo importante es que lea». Ahora ya no lo veo así. No todos los libros hacen lo mismo. Hay libros que entretienen una tarde y otros que nos acompañan durante años. Algunos nos ayudan a comprender mejor a los demás; otros afinan nuestra forma de pensar; y unos pocos cambian la manera en que volvemos a mirar la realidad.

Hace unos años conocí a Isabel. Siempre he pensado que tiene un don para recomendar libros. Empezó a pasarme autores que yo probablemente nunca habría escogido por mi cuenta. Algunos me costaron: me obligaban a leer más despacio de lo que estaba acostumbrada y, más de una vez, cerré un libro con la sensación de que se me escapaban cosas. Pero eran precisamente esos los que seguían conmigo semanas después.

Un tiempo después montamos un club de lectura entre amigas. No hay nada que disfrute más que hablar de un libro que todas hemos leído y descubrir que, en realidad, cada una ha leído un libro distinto. La frase que para mí había pasado desapercibida resulta ser la favorita de otra. Un personaje que yo comprendía despierta rechazo en otra. Una escena cambia por completo cuando alguien la mira desde su propia experiencia. Desde entonces no he vuelto a leer igual.

Un libro no termina cuando cerramos la última página. Empieza cuando alguien dice: «Yo no lo había visto así».

Hay una idea del filósofo Higinio Marín que explica muy bien esta experiencia. Dice que nos acostumbramos tan deprisa a las cosas que dejamos de verlas de verdad, igual que dejamos de oír el mar después de un rato en la orilla.

Los buenos libros hacen justo lo contrario: nos obligan a detenernos, a mirar otra vez. Sucede igual delante de un cuadro. Todos podemos pasar por delante de él sin verlo, pero basta con que alguien nos señale un gesto, una luz o un detalle para que esa obra cambie por completo. El cuadro sigue siendo el mismo. Los que hemos cambiado somos nosotros. Con los libros ocurre exactamente lo mismo.

Por eso, cada vez me convence menos esa idea de que lo importante es simplemente que un niño lea. Claro que es importante, pero no basta. Hace falta enseñarle a escoger. A distinguir un libro que solo entretiene de otro que le obliga a hacerse preguntas. A leer despacio. A volver atrás. A discutir una idea. A descubrir autores que ensanchan el mundo. Porque a mí nadie me enseñó a querer los libros obligándome a leer; me enseñaron poniéndome buenos libros delante y enseñándome a mirar lo que había dentro.

Recuerdo con enorme cariño a mi profesor de Lengua, don Juan. Llegaba cada mañana al colegio en bicicleta, con la pinza sujetándole el bajo del pantalón. Era exigente, mucho, y precisamente por eso marcó a toda una generación. Recuerdo especialmente su pasión por Miguel Delibes. Nunca intentó convencernos de que Delibes era un gran escritor; simplemente nos enseñó a leerlo. Con el tiempo entendí por qué le fascinaba tanto: Delibes sabía encontrar la grandeza en una familia, en un pueblo, en una conversación cualquiera. Don Juan no solo nos enseñó literatura. Nos enseñó a mirar.

Y mirar de verdad significa también aceptar los libros tal como son, con sus luces y sus sombras, sin retocarlos para que encajen mejor en nuestra época. Por eso me preocupa tanto una tendencia que gana terreno: revisar libros del pasado para adaptarlos a la sensibilidad del presente. Pienso en mis propios libros de Los Cinco, en aquellos «emparedados» y aquella cerveza de jengibre que nunca habíamos probado y que nos sonaba a algo lejano y apetecible, de otra cultura. Si alguien los hubiera cambiado por «bocadillos» y un batido cualquiera para que sonaran más cercanos, seguirían entreteniéndonos igual, pero nos habrían robado esa sensación de estar asomándonos a otro tiempo y a otro sitio.

Un libro escrito en otro tiempo no debería hablar como si lo hubieran escrito ayer. Esa distancia que se quiere borrar era, precisamente, una ventana: una manera de asomarnos a cómo se miraba el mundo entonces

Entiendo la intención de quienes hoy revisan esos libros. Pero un libro escrito en otro tiempo no debería hablar como si lo hubieran escrito ayer. Esa distancia que se quiere borrar era, precisamente, una ventana: una manera de asomarnos a cómo se miraba el mundo entonces, y de medir, por contraste, cuánto ha cambiado nuestra mirada desde entonces. Si limamos todo lo que hoy nos incomoda o nos suena raro, no protegemos al lector: le negamos la oportunidad de ejercitar precisamente lo que la lectura debería darle, que es criterio propio. Los libros deberían quedarse como los escribió su autor.

Ojalá las aulas se parecieran un poco más a un buen club de lectura. Un lugar donde un libro no sirviera solo para hacer un examen, sino para conversar, para discrepar, para escuchar y para volver a leer. Porque cuando un libro se comparte deja de ser una tarea: empieza a formar parte de nosotros.

La lectura es hoy más necesaria que nunca. No porque nos dé más información, sino porque nos obliga a detenernos cuando todo invita a pasar deprisa. Sigo disfrutando de la lectura con el mismo entusiasmo con el que la disfrutaba de niña. La diferencia es que ahora ya no busco leer más: busco leer mejor.

Y eso empieza mucho antes de abrir un libro. Empieza cuando alguien pone el libro adecuado entre nuestras manos. Porque no basta con enseñar a leer. También hay que enseñar a mirar.

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