Madre de cinco y 117.000 seguidores: «Si mi hijo me dice: 'Quiero ser influencer' sólo le haría esta pregunta»
Paloma Fernández de Mesa, madre de familia numerosa y creadora de contenido con miles de seguidores en Instagram, habla de «la trampa del altavoz sin mensaje» y explica qué decirle a un hijo cuando quiere dedicarse a las redes sociales
Una adolescente graba contenido para redes sociales
«Mamá, quiero ser influencer». Es una frase que escucho mucho más de lo que imaginaba hace unos años. Me la cuentan amigas cuando hablan de sus hijos. La oigo entre adolescentes. Me la dicen personas que me preguntan cómo empecé en redes y quieren abrirse una cuenta. Y siempre me pregunto lo mismo: ¿Qué quieren decir realmente cuando dicen que quieren ser influencers?
Porque, si lo pensamos bien, esa frase es tan imprecisa como decir «quiero ser famoso». Nadie responde «quiero ser médico» porque le guste llevar bata, ni «quiero ser abogado» porque le atraiga un despacho bonito. Detrás de esas profesiones hay una vocación, un servicio, una utilidad. Sin embargo, cuando alguien dice «quiero ser influencer», pocas veces explica qué quiere aportar. La respuesta suele quedarse ahí, suspendida en el aire, como si el objetivo fuera la influencia en sí misma.
Mi generación creció viendo en las revistas a actores, modelos, deportistas... Eran vidas lejanas, casi inalcanzables. Hoy ese escenario se ha democratizado. Las redes sociales nos muestran a personas corrientes –un estudiante, una madre de familia, alguien que graba desde su habitación– viajando, vistiendo ropa bonita, asistiendo a eventos o colaborando con marcas. Y eso hace que muchos piensen que esa vida está a su alcance.
Y, en cierto modo, es verdad. Es muy fácil abrir una cuenta y empezar a comunicar. Abrir un perfil lleva cinco minutos. Lo difícil no es empezar; lo difícil es saber para qué.
La trampa del altavoz sin mensaje
Cada vez que alguien me pregunta cómo crecí en redes, rara vez me habla de lo que quiere compartir. Me preguntan por el algoritmo, por las colaboraciones, por los seguidores, por las marcas o por cuánto se puede ganar. Muy pocas veces alguien empieza diciendo: «Tengo algo importante que contar».
Hemos llegado a creer que lo importante es tener un altavoz, cuando en realidad lo verdaderamente crucial siempre ha sido tener algo que decir.
Admiro profundamente una idea que defiende María de León cuando habla de aspirar a ser una referencia más que una simple influencer. Me gusta esa distinción.
Una referencia no necesita gustar a todo el mundo; necesita ser coherente. La verdadera influencia no consiste en acumular métricas ni en conseguir que mucha gente te mire. Consiste en que, después de mirarte, alguien salga siendo un poco mejor.
Una referencia no necesita gustar a todo el mundo; necesita ser coherente. La verdadera influencia no consiste en acumular métricas ni en conseguir que mucha gente te mire. Consiste en que, después de mirarte, alguien salga siendo un poco mejor.
Las redes sociales son una herramienta extraordinaria. Gracias a ellas he conocido personas maravillosas, he apoyado causas solidarias, he trabajado con marcas que admiro y he construido una comunidad que jamás habría imaginado. Creo sinceramente que tienen una capacidad inmensa para hacer el bien. Pero precisamente por eso pienso que una cuenta necesita algo más que una buena estética o una estrategia de crecimiento. Necesita un propósito.
Una cuenta puede hablar de moda, de deporte, de cocina o de belleza y tener un propósito enorme. Del mismo modo, un perfil que aborda la política o la actualidad puede estar completamente vacío. El problema nunca es el tema. El problema es el propósito.
¿Qué quieres aportar? ¿Qué conversación quieres abrir? ¿Qué valores quieres defender? ¿Qué te gustaría que cambiara en la vida de alguien después de leerte? Esas son las preguntas que deberían hacerse antes de publicar la primera fotografía.
Las redes sociales no son buenas ni malas: son un amplificador. Amplifican lo que ya eres. Si detrás de la pantalla hay alguien con criterio, con generosidad y con deseo de servir, amplificarán eso. Si detrás solo hay necesidad de reconocimiento, también acabarán amplificando ese vacío.
Las redes sociales no son buenas ni malas: son un amplificador. Amplifican lo que ya eres.
El verdadero precio de gustar a todos
Influir tiene un precio. Y esa es la parte de la que casi nadie habla.
Las publicaciones que más críticas me han generado durante estos años nunca han sido las de moda, ni las de belleza, ni las de viajes. Han sido aquellas en las que he hablado de mi fe, he defendido el derecho a la vida o he compartido mi manera de entender la educación.
Confieso que yo también me he preguntado muchas veces si merece la pena exponerse cuando sabes que determinadas opiniones traerán tormenta. A nadie le gusta sentirse juzgado, malinterpretado o insultado. A mí tampoco. El hate duele. Duele que tergiversen tus palabras y que personas que no te conocen se permitan juzgarte.
Es ahí cuando descubres que la mayor tentación en redes no es la vanidad: es el deseo de gustar a todo el mundo.
Cuando vives pendiente de la aprobación constante empiezas, casi sin darte cuenta, a limar aquello que te hace diferente. Dejas de hablar de ciertos temas, evitas expresar determinadas convicciones y publicas solo aquello que sabes que funcionará. Poco a poco la cuenta crece mientras la persona que hay detrás empieza a desaparecer.
La trampa no es cambiar de opinión –todos podemos hacerlo cuando aprendemos algo nuevo– la verdadera tentación es dejar de expresar aquello en lo que creemos simplemente porque ha dejado de ser popular.
Ese es el verdadero precio de una influencia sin propósito. No es el tiempo que exige, ni la exposición pública, ni las críticas. El verdadero precio es perder la propia esencia por miedo a dejar de gustar.
Antes de buscar seguidores, descubre quién eres
Por eso estoy convencida de que hace falta mucha más madurez de la que parece para dedicarse a esto.
Antes de aprender a editar vídeos hay que aprender a sostener una opinión. Antes de construir una comunidad hay que construir un criterio. Y antes de buscar seguidores hay que saber quién eres. Porque cuando no sabes quién eres, acabas dejando que lo decidan los demás.
Solo quien tiene claros sus valores puede defenderlos cuando dejan de ser populares. Y solo quien está dispuesto a perder seguidores por mantenerse fiel a sí mismo puede decir que las redes no le han cambiado.
No me preocupa que un joven quiera crear contenido. Me parece una oportunidad maravillosa para divulgar, enseñar o acompañar a otros. Lo que me preocupa es que quiera ser conocido antes de descubrir qué tiene para dar.
Porque, en realidad, esta no es solo una reflexión para quienes viven del entorno digital. Todos influimos en alguien. Un padre, una madre, un profesor, un amigo o un compañero de trabajo dejan huella cada día. Las redes sociales solo multiplican esa escala.
Si algún día uno de mis hijos me dijera: «Mamá, quiero ser influencer» solo le haría una pregunta: ¿Para qué?
Si algún día uno de mis hijos me dijera: «Mamá, quiero ser influencer» solo le haría una pregunta: ¿Para qué?
La influencia nunca debería ser la meta. Como la fama, si llega, debería ser una consecuencia.
La respuesta a esa pregunta no solo decidirá el tipo de creador de contenido que llegue a ser. Decidirá, sobre todo, el tipo de persona que quiere llegar a ser.
Al final, no importa que la gente te mire. Importa que, cuando termine de leerte, de escucharte o de seguirte, se lleve consigo algo más que una imagen bonita: una idea, una pregunta, un consuelo, una conversación o, simplemente, el deseo de ser un poco mejor.