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Paloma Fernández de Mesa

La duda de una madre de familia: ¿Cómo oriento a un hijo si nadie sabe qué profesiones existirán en diez años?

Paloma Fernández de Mesa, madre de familia numerosa, creadora de contenido para redes sociales y experta en comunicación digital, pone sobre la mesa la pregunta que más se hacen hoy los padres ante el futuro profesional de sus hijos

Prueba de la PAU en la Universidad de La Laguna

Prueba de la PAU en la Universidad de La LagunaEuropa Press

Hay pocas decisiones que generen tanta incertidumbre en una familia como la de elegir qué estudiar. Miles de padres intentamos estos días orientar a nuestros hijos de diecisiete o dieciocho años hacia un futuro que nadie es capaz de describir. Los profesores aconsejan. Los orientadores hacen pruebas. Todos queremos ayudar. Pero ¿cómo orientar a un hijo hacia un futuro que nadie sabe cómo será?

Les pedimos que tomen una de las decisiones más importantes de su vida cuando apenas tienen dieciséis años y deben elegir una modalidad de Bachillerato que ya empieza a abrir unas puertas y cerrar otras. Y muchas veces no lo hacen porque hayan descubierto una vocación clara, sino por algo mucho más simple: quieren dejar atrás las asignaturas que se les dan mal o que no les gustan.

Poco después llega otra decisión todavía mayor: elegir una carrera universitaria. Y ahí empieza de verdad la presión. Las notas de corte han convertido el acceso a determinadas carreras en una auténtica carrera de obstáculos. Cada año vemos a jóvenes excelentes quedarse fuera de lo que soñaban estudiar por unas décimas. Otros ni siquiera lo intentan porque creen que no llegarán.

En casa ya hemos pasado por este proceso dos veces. Y he comprobado lo mismo que tantos padres: queremos ayudar, pero muchas veces no sabemos qué decir. Entre otras cosas, porque el mundo para el que nosotros elegimos nuestra profesión ya no existe.

Las profesiones cambian a gran velocidad. Algunas desaparecerán. Otras se transformarán por completo. Y muchas de las que ejercerán nuestros hijos todavía ni siquiera existen. La inteligencia artificial ya está cambiando sectores enteros y nadie puede afirmar con honestidad qué trabajos tendrán más futuro dentro de veinte años. Y, sin embargo, seguimos orientando a nuestros hijos como si ese futuro pudiera predecirse.

Entonces aparecen las preguntas de siempre: ¿Debe elegir lo que le apasiona?, ¿lo que tiene más salidas?, ¿lo que ofrece un mejor sueldo?, ¿lo que parece más útil?

Uno de mis hijos está pensando en estudiar Historia. Le apasiona leer, comprender el pasado, conectar acontecimientos e interpretar cómo las ideas han ido moldeando el mundo en que vivimos.

La gran mayoría de las reacciones son: «¿Y eso para qué sirve?», «Esa carrera no tiene salidas», «Solo podrás ser profesor», «Con eso no vas a ganar dinero». Como si el valor de una carrera pudiera medirse únicamente por la rentabilidad económica que promete. Y eso dice bastante de cómo estamos hablando hoy de la universidad.

Hemos terminado mirándola casi exclusivamente como una fábrica de empleabilidad, como si estudiar consistiera solo en asegurar un sueldo dentro de diez años. No estoy diciendo que el dinero no importe: claro que importa.

Tampoco digo que las oportunidades laborales no cuenten: sería absurdo afirmarlo. Lo que digo es otra cosa: hemos empobrecido mucho la conversación.

Porque una carrera no solo prepara para un empleo; también moldea la manera en que una persona mira el mundo, piensa, escribe, argumenta, comprende la realidad y se relaciona con los demás. No solo debe preparar para ganarse la vida, sino también ayudar a decidir cómo merece la pena vivirla.

Una carrera no solo debe preparar para ganarse la vida, sino también ayudar a decidir cómo merece la pena vivirla.

Durante décadas hemos intentado adaptar a los jóvenes a las necesidades del mercado laboral. Era una lógica comprensible cuando el mercado cambiaba despacio y las profesiones permanecían casi intactas durante generaciones. Pero ese mundo ya no existe. Probablemente nuestros hijos cambiarán varias veces de trabajo, utilizarán herramientas que todavía no existen y tendrán que volver a empezar más de una vez. La mejor preparación ya no es una profesión concreta, sino una mente capaz de seguir creciendo.

Porque quien sabe pensar, aprender, comunicar, trabajar con otros y seguir creciendo nunca queda del todo obsoleto. En cambio, quien solo aprendió una técnica concreta corre el riesgo de quedarse sin suelo cuando esa técnica deje de ser necesaria.

Ahora tenemos muchísima información para elegir una carrera y, sin embargo, nunca habíamos sentido tanta incertidumbre. Consultamos rankings, notas de corte, tasas de empleabilidad, salarios e informes de todo tipo.

Por eso creo que la pregunta no es solo qué carrera tiene más salidas. La pregunta de fondo es otra: ¿qué haces especialmente bien?, ¿qué problemas disfrutas resolviendo?, ¿qué temas despiertan de verdad tu curiosidad?, ¿qué talento merece ser cultivado?, ¿de qué quieres vivir?, ¿y qué clase de vida quieres construir?

La vocación por sí sola no basta. El mercado, por sí solo, tampoco. El dinero resuelve muchas cosas, pero no lo resuelve todo. Elegir una carrera pensando únicamente en el prestigio o en la rentabilidad puede ofrecer una tranquilidad inmediata y, sin embargo, convertirse con el tiempo en una frustración profunda. Basta mirar alrededor. ¿Cuántos adultos eligieron una carrera «con futuro» y años después viven desmotivados, agotados o sencillamente vacíos? ¿Cuántos terminaron estudiando otra cosa? ¿Cuántos cambiaron completamente de profesión? ¿Cuántos han tenido que empezar de nuevo para acercarse, por fin, a aquello que realmente les apasionaba?

Aunque los tiempos cambien, seguirá haciendo falta algo profundamente humano: el juicio, la sensibilidad, la imaginación, la creatividad, la capacidad de comprender a otra persona, de escribir con claridad, de formular buenas preguntas y de encontrar sentido en lo que uno hace. Por eso me temo que seguimos aconsejando a muchos jóvenes con un mapa viejo para un mundo nuevo.

Hoy muchos padres seguimos preguntando: «¿Qué profesión tendrá trabajo dentro de veinte años?». Pero esa ya no es la pregunta correcta. La pregunta de fondo es otra: ¿qué tipo de persona será capaz de seguir aprendiendo cuando todo cambie? Porque esa persona podrá reinventarse, volver a empezar y encontrar su lugar incluso en un mundo que todavía no existe.

El mayor error es creer que nuestros hijos están eligiendo una profesión para toda la vida. Probablemente no sea así. Lo que están eligiendo es quién quieren empezar a ser.

Las profesiones cambian. El mundo cambia. Pero quien aprende a pensar, a hacerse buenas preguntas y a empezar de nuevo rara vez se queda sin sitio.

Paloma Fernández de Mesa de Elizalde es madre de familia numerosa, influencer con más de 116.000 seguidores en Instagram, experta en comunicación y posicionamiento digital, y maestra de formación.

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