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Frescos de la vida cotidiana de las familias de Roma en la Villa de los Misterios de PompeyaGetty Images / iStock

La Familia en una Frase

Musonio Rufo, filósofo estoico: «A nuestros hijos, más que dinero, debemos intentar dejarles hermanos»

Mucho menos conocido que otros filósofos de su época, el romano Musonio Rufo es uno de los sabios de la antigüedad que escribió de forma más explícita sobre el matrimonio y la vida familiar.

Por no tener, no tenemos ni un busto, ni un retrato suyo que haya perdurado en el tiempo, e internet está poblada de fotos de estatuas anónimas, y sobre todo, de Poseidón, que ilustran (erróneamente) su figura.

Sin embargo, la filosofía del estoico Cayo Musonio Rufo fue una de las más inflyentes de su época, especialmente en lo tocante a la familia y al matrimonio.

De hecho, algunas de sus ideas resultan hoy, no sólo actuales, sino incluso provocadoras y políticamente incorrectas. Por ejemplo, la que sostiene que «debemos intentar dejar hermanos, más que dinero, a nuestros hijos».

Un maestro de maestros

Pero, ¿quién fue Musonio Rufo? Natural de Volsinii, en Etruria (muy cerca de la actual Orvieto, en el norte de Italia), hacia los años 20 o 30 después de Cristo, nació en una familia vinculada a la cría de caballos. Era, por tanto, un romano de buena posición, aunque pasó buena parte de su vida defendiendo una existencia austera, sobria y resistente frente al lujo.

Pronto destacó por su claridad y vehemencia, y enseñó filosofía estoica en la gran urbe de Roma, ganándose fama pública por una rectitud moral que habría de costarle cara.

Bajo el imperio despótico e impúdico de Nerón, Musonio acompañó al exilio al senador Rubelio Plauto, y después sufrió él mismo destierros por razones políticas.

Cuando Nerón se suicidó, Roma inició una época tan convulsa que pudo regresar, aunque volvió a ser expulsado ya en tiempos de Vespasiano (el emperador que mandó construir el Coliseo y que, antes de ser coronado, empezó el sitio de Jerusalén que llevaría a la destrucción de su Templo en el año 70) .

Sin embargo, ninguna de estas sanciones le arredraron y tanto su vida como su pensamiento quedarían marcados por una convicción: la filosofía y la búsqueda de la verdad no sirve para adornar con máximas célebres los discursos ni para adular a los poderosos, sino para aprender a vivir bien incluso cuando la fortuna se vuelve adversa o los adversarios dominan el espacio público.

Además, como ocurre con otras figuras de la antigüedad, no conservamos las obras escritas por él, sino lecciones y fragmentos transmitidos por sus discípulos. Y entre ellos, algunos tan relevantes como Epicteto, que después sería uno de los grandes nombres del estoicismo. Algo que convierte a Musonio en maestro de un maestro.

En la casa de un estoico

A diferencia de otros filósofos, Musonio se detuvo mucho en las cuestiones domésticas. Habló del matrimonio, de la educación de hombres y mujeres, de la sobriedad, de la obediencia a los padres, del trato a los hijos... Porque para él, la vida virtuosa no se probaba tanto en el foro público, cuanto, y sobre todo, en la intimidad del hogar.

Y no parece que hablase «de oídas». Las fuentes antiguas no ofrecen muchos datos sobre su vida, pero sabemos que estuvo casado y que tuvo hijos.

Su esposa, de nombre Artemisia, debió también de estar de algún modo vinculada a la enseñanza filosófica. Y aunque no conocemos cuántos hijos tuvo, su interés por la vida familiar permite entender que estos asuntos no eran para él cuestiones secundarias.

La mejor herencia son los hermanos

Mención especial merece la Disertatio XV, dedicada a si debe criarse a todo hijo que nace (cuestión discutida en la época), y en el que plantea una idea que hoy suena provocadora.

Porque Musonio Rufo critica a quienes, viviendo ya más o menos acomodados en una Roma cuajada de oportunidades para el goce los placeres, no quieren tener o criar más hijos para que los ya nacidos hereden más patrimonio.

Y responde que ese cálculo confunde el auténtico bien de los hijos: «Debemos intentar dejar hermanos, más que dinero, a nuestros hijos». ¿Por qué? Porque «no se puede comparar un buen amigo con un hermano, ni la ayuda que dan otros, amigos e iguales, con la que da un hermano». Así que dejarles hermanos a la muerte de los padres es dejarles en herencia «mayores garantías de bendiciones».

Los niños serán adultos

En la misma disertación, el maestro estoico abunda en la idea a través de otra imagen evocadora, que leída en pleno siglo XXI parece recoger el anhelo de buena parte de las nuevas generaciones: no hay «procesión ni danza coral» tan bella como ver a una «multitud de hijos» acompañando a su padre o a su madre, llevándolos de la mano y cuidándolos de algún otro modo en la ciudad donde nacieron.

Una descripción no tanto de un paseo infantil como de una ancianidad acompañada, que sabe proyectar en los hijos pequeños, los adultos que llegarán a ser.

Estoicismo para el invierno demográfico

Musonio Rufo sabía, no sólo por observación o puro sentido común, sino por su propia experiencia como padre, que los hijos requieren de alimento, tiempo, esfuerzo y recursos.

Y, aún así, sostiene que un hermano es el mejor de los regalos para los niños, porque no sólo ofrece las raíces que dotan a la persona de identidad. También garantiza la protección, defensa, compañía y consuelo de los años venideros.

Pensamiento incómodo, profundamente incómodo, para una época marcada por el invierno demográfico, y en la que muchas familias viven atrapadas entre dificultades económicas, viviendas pequeñas y de precios imposibles, pero también para una cultura que presenta a los hijos como una pérdida de libertad o un mero proyecto de realización personal, y que cifra en el nivel de vida no sólo la felicidad, sino algo así como una suerte de nueva bendición.

Se trata, como recuerda Musonio Rufo, de una disyuntiva que no es nueva, porque está asentada en la herida de la naturaleza humana. Y así surge una duda lógica y razonable: si el debate es tan certero hoy como hace dos mil años, la propuesta con la que el filósofo estoico la responde... ¿por qué no había de serlo también?