Fundado en 1910

Aziliz Le Corre-Durget, autora de «El niño, futuro de la humanidad» (Rialp)

Entrevista con la autora de El niño, futuro de la humanidad

Aziliz Le Corre: «Sin hijos que cuiden la tierra después de nosotros, ninguna ecología tiene sentido»

«Las nuevas generaciones han crecido en una sociedad marcada por crisis climáticas, económicas, sanitarias y geopolíticas», señala la periodista francesa Aziliz Le Corre-Durget, autora de El niño, futuro de la humanidad (Rialp), en el que disecciona los motivos ideológicos que llevan a Occidente a tener cada vez menos hijos.

Como muchas francesas, tiene una sonrisa traslúcida y cálida, una voz delicada y unos modales contenidos.

De origen bretón y madre de tres hijos, Aziliz Le Corre-Durget ha dedicado bastante tiempo a investigar por qué los europeos cada vez tenemos menos hijos, y, aparte de diferentes explicaciones, ha encontrado vectores de una cultura posmoderna que no quiere tener hijos, que no deja de ver problemas en la misma idea de concebir un bebé, traerlo a este mundo, criarlo.

Un mundo que se siente amenazado, que ha perdido la alegría matutina y que desconoce en qué consiste un hogar.

–Comienza su libro hablando de las personas que han decidido no tener hijos. ¿Cuáles son los motivos que aducen?

–He identificado tres grandes familias dentro del movimiento antinatalista, bien distintas, aunque a veces se superponen. La primera proviene de la etiqueta GINK, que significa Green Inclination No Kids, más comúnmente llamada «No Kids», que aboga por la restricción voluntaria de los nacimientos en nombre de la lucha contra el cambio climático.

La segunda, el movimiento Childfree, es de inspiración feminista: plantea la emancipación de la mujer como desapego respecto de la maternidad. La idea implícita es que, al convertirse en madres, las mujeres quedan obligadas a renunciar a su carrera. De hecho, entre las mujeres que he conocido, he notado que este discurso tiene una audiencia mucho mayor que la tesis ecológica.

El tercer movimiento, que está ganando cada vez más notoriedad al otro lado del Atlántico, es el DINK, que significa Double Income, No Kids: dos salarios, sin hijos. Se trata de parejas que reivindican abiertamente una existencia de consumidores. Quieren viajar, poder consumir, sin tener que preocuparse de un niño que exigiría ocuparse de otro más que de uno mismo. Aunque nadie en Europa lo reclama de forma tan cruda, no obstante, esta mentalidad es la más ampliamente compartida entre los jóvenes en edad de procrear: un temor difuso a ver su comodidad y libertad comprometidas debido a la llegada de un niño.

–No tener hijos por el planeta, ¿es una excusa, hay algo de verdad, hay personas que se lo toman tan en serio...?

–El movimiento «No Kids» lo funda en 2010 Lisa Hymas, bajo el nombre de GINK, que significa, literalmente, «inclinación verde, sin hijos». Su lema es: «Si amas a los niños, no los traigas al mundo, es un vertedero». Entrevisté por videoconferencia a su fundadora, que vive en Seattle. Me confesó sin tapujos que se había aprovechado de la cuestión ecológica para avanzar en las reivindicaciones childfree («sin hijos por elección») en el debate público estadounidense.

Según un estudio, el 24 % de los franceses afirman estar influenciados por el cambio climático en su decisión de tener hijos (entre los que respondieron positivamente a la encuesta, el 38 % tienen entre 18 y 25 años). Y el 42 % de las mujeres menores de 35 años declaran que la crisis climática pesa sobre su deseo de tener hijos. No obstante, los comportamientos de esta franja de edad no son más ecológicos que los de sus mayores. Son menos los que separan sus residuos, compran verduras locales y de temporada o reducen su consumo de electricidad; les resulta más concebible no tener hijos que dejar de volar o cambiar sus hábitos alimenticios.

–No tener hijos para que no sufran. ¿Generación de cristal?

– Ya no creemos en mañanas que cantan. Las nuevas generaciones han crecido en una sociedad marcada por crisis climáticas, económicas, sanitarias y geopolíticas. No conocieron el pleno empleo de los años 50, 60, 70, y no tuvieron tiempo de creer en el «fin de la historia» que profetizaba Fukuyama. Agotadas por un presente angustiante, ya no se atreven a tomar impulso para lanzarse al agua. Es lo que se llama en psicología el síndrome de indefensión aprendida: como todo parece catastrófico, mejor ocupar el menor espacio posible.

–¿En qué medida hemos adoptado la mentalidad no natalista en Europa?

–La crisis de natalidad que estamos atravesando es, ante todo, una crisis de sentido y de transmisión. El filósofo Marcel Gauchet habla de un «patrimonio confiscado» para las generaciones nacidas después de mayo del 68. Esta ruptura está en el corazón del problema: la generación del 68 quiso hacer tabla rasa del pasado, deconstruir las instituciones, la familia, la religión, las tradiciones, en nombre de la libertad individual. Al hacerlo, privó a sus hijos y nietos de una base común, de un relato compartido sobre lo que somos. Hoy en día, tenemos dificultades para responder colectivamente a la pregunta: ¿Quiénes somos y hacia dónde vamos?

Ese es el meollo del narcisismo contemporáneo: el otro, ya sea el cónyuge o el hijo, es percibido como una amenaza para la propia burbuja.

La disminución de la natalidad funciona entonces como un círculo vicioso: al no saber quiénes somos, no nos hacemos a la idea de tener hijos, ni legarles un patrimonio que nosotros mismos no hemos recibido. Y si no tenemos más hijos, comprometemos todo destino común, toda continuidad de un pueblo, de una civilización.

–En el libro habla de Narciso como referencia de nuestra cultura posmoderna. ¿En qué se concreta?

–Narciso, en la mitología, es aquel que se enamora de su propio reflejo y se vuelve incapaz de ver al otro. Es una metáfora impactante de nuestra época. Durante mi investigación, los jóvenes en edad de procrear solían plantearse la misma pregunta: «¿Cómo podría ocuparme de otro si no sé ocuparme de mí mismo?». Ese es el meollo del narcisismo contemporáneo: el otro, ya sea el cónyuge o el hijo, es percibido como una amenaza para la propia burbuja. Esta crisis de la relación con el otro explica en parte la dificultad de nuestros contemporáneos para imaginarse como padres. Las parejas se forman y se rompen: uno de cada dos matrimonios termina en divorcio.

–Se refiere usted al «arrepentimiento materno», ¿puede explicarlo?

–La socióloga israelí Orna Donath teorizó, en 2017, el concepto de «arrepentimiento materno». Ella estima que muchas mujeres se convierten en madres reproduciendo un esquema social heredado, sin que sea de verdad un deseo profundo, lo que generaría una decepción duradera frente a su maternidad. Una ola de testimonios siguió a estos trabajos.

Todos revelan un sufrimiento real y una profunda incapacidad para estas mujeres de relacionarse con su hijo. Algo se ha roto en su propia historia, y no logran restablecer el vínculo de filiación. Esas penas merecen ser escuchadas y acompañadas. Pero lo que es inaceptable es que algunas militantes hayan decidido imponer una ideología sobre estos sufrimientos, afirmando que la sociedad patriarcal habría obligado a estas mujeres a ser madres contra su voluntad. Este discurso encierra a las mujeres en su angustia. Ninguna madre debería poder decirle a su hijo: «Me arrepiento de haberte traído al mundo».

–Otro fenómeno que analiza el libro es el de la «mamá perruna». ¿Estamos dejando de tener hijos para reemplazarlos por perros y gatos?

–Este fenómeno es particularmente visible en Barcelona, en Europa, y aún más en Corea del Sur, donde los cochecitos para animales se venden ahora mejor que los de niños. Según esta lógica antiespecista llevada al extremo, el animal ya no es simplemente un compañero, sino un sustituto afectivo del niño. Ofrece una relación de dependencia y amor sin el descentramiento radical que implica la parentalidad.

Este fenómeno nos dice, sin embargo, algo importante: la necesidad de vínculo y de cuidado está profundamente inscrita en nosotros, no desaparece. Pero el animal no te pide que te superes. Y es precisamente este superarse a uno mismo lo que nuestra época evita.

Muchas mujeres sueñan con un mundo donde elegir dedicarse a sus hijos no sea percibido como una regresión intelectual o social, sino como un camino plenamente legítimo y respetable.

–En el otro extremo aparece la «tradiwife». ¿Es algo real, una moda en YouTube o Instagram?, ¿hay algo que aprender o más bien algo que temer?

–Es un fenómeno considerablemente amplificado por las redes sociales. En parte, supone una reacción, a veces torpe y caricaturesca, al discurso dominante que ha presentado la maternidad y la vida en el hogar como espacios de servidumbre y alienación. Estas mujeres reivindican lo que nuestra época ha querido borrar: la dignidad del cuidado, del hogar, de la transmisión doméstica. Hay ahí una intuición correcta. Pero la forma que toma en las plataformas es a menudo una estetización, e incluso una mercantilización de la vida doméstica, lo cual constituye en sí mismo una contradicción. Lo que hay que retener sobre todo de este fenómeno es la aspiración que revela: muchas mujeres sueñan con un mundo donde elegir dedicarse a sus hijos no sea percibido como una regresión intelectual o social, sino como un camino plenamente legítimo y respetable. Es precisamente este alegato el que defiendo… lejos de los filtros de Instagram.

–En el libro, usted propone una alternativa: el amor y apego por el hogar, la oikofilia, como decía Roger Scruton. ¿En qué consiste?

–Mi libro comienza y termina con un elogio del hogar: la oikofilia, es decir, literalmente, «el amor por el hogar». Es el hilo conductor de mi discurso. Ahí se encuentra la auténtica ecología: no la que cuenta las toneladas de CO2, sino la que protege a la persona humana en sus vínculos más fundamentales, desde el hogar familiar hasta el hogar nacional. Roger Scruton había desarrollado este concepto para designar el apego afectivo a su lugar de origen, a su herencia, a todo lo que nos precede y nos supera. La oikofilia da la vuelta de manera luminosa al argumento No Kids: en lugar de ver en el niño un contaminador adicional, nos recuerda que la tierra es un hogar para habitar y transmitir, y que sin hijos que la cuiden después de nosotros, ninguna ecología tiene sentido.