«Caperucita roja y el lobo», de Eugen Johann Georg Klimsch (1896)
Entrevistas con mucho cuento
Entrevista al Lobo de Caperucita: «Los malos intentamos que los niños desconfíen de sus papás»
Los datos del informe PISA revelan una enorme falta de comprensión lectora por parte de los niños. Desde El Debate queremos animar la lectura infantil, sobre todo en familia, con una serie de entrevistas a personajes de cuentos clásicos.
Los datos del reciente informe PISA revelan que los niños y adolescentes españoles tienen enormes problemas para comprender lo que leen. Y uno de los motivos es –para sorpresa de nadie– que... leen poco.
Entre las lecturas que más han caído en los últimos años están los cuentos clásicos, tachados por algunos como «políticamente incorrectos». Por eso, desde El Debate queremos animar a que las familias recuperen juntos el gusto por este tipo de relatos, proponiendo una serie de entrevistas a personajes literarios que deberían ser por todos conocidos. Con un objetivo: que cada una de estas entrevistas pueda servir, para los más pequeños, como una introducción a los relatos de toda la vida, y, sobre todo, para que padres e hijos, y abuelos y nietos, recuperen la preciosa costumbre de leer juntos, en familia.
Hoy estrenamos esta serie de Entrevistas con mucho cuento junto a uno de los personajes más reconocibles de todos los relatos clásicos: el lobo de Caperucita Roja. Un relato inmortal cuyos orígenes se remontan a la tradición oral europea de la Edad Media, y que dieron forma tanto los hermanos Grimm como el francés Perrault.
–Buenas tardes, señor Lobo.
–Buenas tardes, amiguito. ¿Dónde vas tú tan bonito? ¿No irás a casa de tu abuelita?
–No, no. Venía a entrevistarle a usted, porque siempre he tenido varias dudas al conocer su presencia en el cuento de Caperucita Roja. Y la primera es: ¿Qué hace un lobo cerca de la casa de una niña, y por qué sabe dónde vive su abuelita?
–Es una buena pregunta. Verás, amiguito, los niños y los abuelos tienen muchas cosas en común, aunque les separen muchos años de diferencia. Los dos suelen fiarse fácilmente de todo el mundo; los dos tienen un corazón que les anima a pensar bien de los demás (incluso de quien tiene malas intenciones); y los dos se despistan, sin querer, con cosas importantes para su seguridad, como dejarse la puerta de casa abierta, o salirse del camino que les indican sus papás. Y aunque alrededor de los niños y de los ancianos siempre hay gente buena (como la mamá de Caperucita o el leñador), también hay lobos con malas intenciones, escondidos.
–¿Escondidos detrás de un árbol?
–A veces hay lobos en los parques, sí. Pero también hay cada vez más lobos que se esconden detrás de una pantalla, en las redes sociales o en los chats de los videojuegos, por ejemplo.
A veces hay lobos en los parques, sí. Pero también hay cada vez más lobos que se esconden detrás de una pantalla.
–Así que por eso le dijo a Caperucita que usted era aun lobo bueno, ¿verdad? Pero a mí no me engaña, yo sé que usted es el lobo feroz...
– Claro, claro. Algunas versiones del cuento incluso dicen que yo me presenté como un perro grande. Si te soy sincero, lo hice para engañarla. Por cierto, amiguito, qué bonita es esa caperuza roja que llevas tú también...
–Gracias, pero no es una caperuza roja: es que soy calvo y, como hace sol, me he quemado un poco la cabeza. Pero dígame, ¿por qué, si usted es malo, dice cosas tan amables?
–Para que los niños se olviden de que soy un desconocido. Ya sabes que no hay que fiarse de un desconocido, ni hablar con ellos, sobre todo si los papás no están delante. Por suerte para mí, hoy hay muchos papás no le han leído nunca el cuento de Caperucita a sus hijas. ¡O que les han dicho que el lobo es bueno! Gracias a eso, muchos adolescentes (sobre todo, chicas) hablan con gente que no conocen de nada a través del móvil. Y así, basta con que les digamos cosas amables al principio, para que se fíen de nosotros, aunque seamos lobos...
–¿Y por qué no se comió a Caperucita en cuanto la vio?
–¿Por qué va a ser?
–¿Porque entonces el cuento se acaba demasiado pronto?
–¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso eres, amiguito! No, no. Era porque estaba cerca de su mamá. Los lobos malos no queremos que los papás y las mamás se enteren de las cosas que hacemos, porque ellos siempre defienden a sus hijos. Por eso, lo primero que hacemos es animar a los niños a separarse de sus papás, o de sus abuelos. Les decimos que se vengan con nosotros para enseñarles algo bonito cuando están en la calle, o que nos manden cosas por internet como si fuera un secreto. Por eso, ningún niño debería irse jamás con nadie (aunque no parezca malo), si no están su papá y su mamá delante. Eso es lo que yo intenté hacer con Caperucita.
–Efectivamente, es usted muy malo. Tengo otra duda: ¿Por qué le dijo que se fuese por otro camino para llegar a casa de su abuelita?
–Por dos motivos. El primero, porque ese camino era más largo y yo podría llegar antes que ella a casa de la abuelita. Los malos siempre somos un poco perezosos y no queremos esforzarnos demasiado; preferimos que el trabajo duro lo hagan los demás.
–¿Y el segundo motivo?
–Es el más importante. Yo le dije que se fuera por otro sendero, ¡porque era un camino diferente del que le había enseñado su mamá! Verás, voy a contarte un secreto: los malos siempre intentamos que los niños no hagan caso a sus papás y a sus mamás.
–¿A qué se refiere?
–Los padres son los que más quieren a los hijos (y después de los padres, los abuelos). Por eso, los que queremos hacerles daño o salirnos con la nuestra, les decimos que no tienen que hacer caso a las cosas que les han enseñado sus familias. Que es mejor que nos escuchen a nosotros, porque sus papás y mamás son anticuados, de otra época. Una forma de reconocer a un lobo, incluso aunque parezca una persona normal, es porque les decimos que no hagan caso a sus papás, que desconfíen de ellos, o que no les cuenten ciertas cosas a sus familias.
Yo conozco a algunos lobos que se han disfrazado de profesores, y enseñan a los niños, en los colegios e institutos, cosas contrarias a lo que les enseñan sus familias.
–Oiga, que manos tan grandes tiene...
–Son para manipularte mejor... Eso es lo que hacemos los malos: manipular y engañar a la gente, sobre todo a los niños. Y lo que más nos gusta es hacerlo como te decía antes: separándolos de sus familias. Incluso conozco a algunos lobos que se han disfrazado de profesores, y enseñan a los niños, en los colegios e institutos, cosas contrarias a lo que les enseñan sus familias. Y para engañarles del todo, les dicen que sus papás y mamás son cosas malas, con palabras raras que terminan en «ista» y en «fobo».
–Caramba. Una última pregunta: ¿Qué piensa usted del leñador que rescató a Caperucita y a su abuelita?
–Me cae muy mal. En algunas versiones antiguas, el cuento terminaba cuando yo me comía a Caperucita y a su abuelita. Así los niños y los abuelos aprendían la lección de que no hay que hablar con desconocidos, de que por el mundo hay gente que quiere hacerles daño, y de que el mejor modo de protegerse es hacer siempre caso a las enseñanzas de los papás. Pero luego, los hermanos Grimm escribieron que un cazador o un leñador terminaba por rescatarlas. ¿Y sabe por qué? Porque en realidad, el mal no suele tener la última palabra, y siempre hay motivos para la esperanza, amiguito.
–Gracias por la entrevista. Y le diré algo: a pesar de que me llama «amiguito», yo no soy su amigo. Los amigos de verdad quieren cosas buenas para nosotros, no son los que nos hacen sufrir o buscan nuestro mal. Eso es algo que todos los niños saben, malvado lobo. Y por cierto: ahí viene el leñador a por usted...