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Nacho Tornel en una entrevista para la Fundación CEU

Nacho Tornel, mediador familiar: «He visto recuperarse a matrimonios que parecían por completo desahuciados»

Tras veinte años acompañando matrimonios en crisis, Nacho Tornel defiende la Mediación Familiar Restauradora, que no se limite a «pactar soluciones», sino que busca recuperar la escucha, el respeto e incluso, cuando aún es posible, la unión.

Nacho Tornel lleva cerca de dos décadas sentado frente a matrimonios que llegan a su despacho después de haberlo intentado casi todo. Parejas desgastadas, personas que ya no consiguen hablar sin enfrentarse y cónyuges que, en ocasiones, han perdido incluso la esperanza de que su relación pueda reconstruirse le han abierto el corazón en busca de soluciones. Y de esa experiencia nace su propuesta de Mediación Familiar Restauradora, que desarrolla ahora también en un libro.

La diferencia con la mediación familiar tradicional, explica, está en no conformarse con alcanzar acuerdos sobre los problemas concretos, ni buscar «separarse de buen rollo».

Porque aunque una mediación puede llegar a solucionar una disputa económica, o establecer ciertas normas de convivencia cuando llega una separación, Tornel sostiene que, cuando existe un vínculo familiar, la verdadera realidad que exige ser atendida es la de dos personas heridas, que tendrán que seguir relacionándose y que necesitan volver a escucharse, comprenderse y respetarse.

En el matrimonio, además, la mediación restaurativa puede convertirse, según su experiencia, en una oportunidad de reencuentro. Y aunque Tornel –que es también profesor en la Universidad San Pablo-CEU y doctor en Mediación Familiar– evita las recetas universales y reconoce que ningún profesional puede asegurar que una pareja vaya a salvarse, después de haber contemplado situaciones que parecían «humanamente desahuciables», insiste en que la voluntad de ambos puede abrir caminos incluso cuando apenas queda esperanza.

–En el libro sostiene que la mediación familiar no debería limitarse a resolver un desacuerdo, sino tratar de restaurar el vínculo. ¿Qué significa ese enfoque restaurador y qué cambia frente a una mediación convencional?

– La mediación familiar, desde el punto de vista estrictamente técnico e incluso jurídico, busca que, ante una situación de conflicto en la que hay dos partes enfrentadas, se encuentren por la vía del consenso fórmulas que, de común acuerdo, les permitan superar o dirimir ese conflicto.

La mediación familiar restauradora tiene en cuenta todo eso, pero va más allá, porque trata de preservar las relaciones que existen debajo de ese conflicto. Es decir, busca que esas dos personas que hasta ese momento se enfrentaban por unos asuntos concretos, y que además tienen un vínculo familiar, no sólo dejen de discutir por ese tema, sino que, en el proceso de resolverlo, aprendan también a redescubrirse, a valorarse, a respetarse, a tratarse bien, a mirarse a la cara, a escucharse y a comprenderse.

Al final de un buen proceso de mediación familiar restauradora, las personas que hasta hacía poco estaban enfrentadas no sólo han dejado de estarlo, sino que pueden aprender a mirarse con mejores ojos. Y, en el ámbito de la conflictividad conyugal, eso puede convertirse perfectamente en una oportunidad de recuperación y de reencuentro.

–¿En qué momento una pareja debe acudir a mediación? ¿Cuáles son las señales que indican que el conflicto todavía puede repararse?

– Una pareja debería acudir a mediación cuando los medios ordinarios ya no funcionan. Todas las parejas tienen problemas, discuten, tienen disparidad de opiniones y confrontan en determinados aspectos. Eso es normal, es natural y forma parte de la naturaleza humana. Hombres y mujeres tenemos sensibilidades distintas y percepciones diferentes.

Es un mito creer que todos los problemas y todos los conflictos de pareja tienen que acabar necesariamente en un punto medio.

Normalmente, esas discusiones se resolverán hablando, dando un paseo, tratando de buscar un punto en común o, sencillamente, acordando que estamos en desacuerdo. Es un mito creer que todos los problemas y todos los conflictos de pareja tienen que acabar necesariamente en un punto medio.

–¿Ah sí?

–Sí, Hay asuntos en los que sí se consigue llegar a un punto concreto de equilibrio entre los dos, pero hay muchos otros en los que simplemente hay que asumir que el otro lo ve de una manera distinta. Unas veces cederá uno, otras veces cederá el otro y, en ocasiones, habrá que aprender a convivir con la diferencia.

El problema llega cuando esos conflictos generan una confrontación y una incomodidad permanentes, cuando las personas protagonistas ven que les resulta difícil vivir con ello y que no son todo lo felices que querrían ser en su relación familiar o matrimonial. En ese momento es muy recomendable acudir a mediación, porque van a contar con alguien de fuera que, de manera objetiva, neutral e imparcial, puede arrojar algo de luz sobre la situación, ayudarles a desapasionar el conflicto, a escucharse más y mejor y a ponerse también en los zapatos del otro.

–O sea, que la señal fundamental es el sufrimiento.

–Nadie acude a mediación porque está feliz y encantado con su relación. Uno llega diciendo: «Lo estoy pasando mal, no soy feliz, no encuentro en mi relación lo que estoy buscando». Y, además, los medios ordinarios han fallado: hemos intentado hablarlo, hemos tratado de abordarlo, nos hemos escapado una tarde o un fin de semana para ver si aquello se superaba o se diluía… Cuando todo eso no funciona, es bueno buscar ayuda externa.

–Después de dos décadas ayudando a matrimonios, ¿Hay parejas tan dañadas que sean irrecuperables? ¿O quienes estén atravesando ahora una crisis, por dura que sea, pueden contemplar la posibilidad de salvar su matrimonio?

– Es imposible responder a esa pregunta de una manera absolutamente certera. No lo sé, no lo sabemos. De hecho, saber si una pareja es irrecuperable solamente pueden terminar sabiéndolo ellos dos. El componente fundamental en la intervención de mediación familiar es la voluntad de las personas que forman esa relación. Si los dos quieren poner todo de su parte, trabajar, esforzarse, cambiar, marcar límites, establecer puntos de encuentro, dedicarse tiempo, priorizarse y colocar verdaderamente esa relación en la cúspide de su vida, entonces posiblemente será recuperable.

En veinte años he visto desde mi despacho muchas situaciones que, humanamente hablando, parecían completamente desahuciadas. Sin embargo, cuando los dos se han puesto de verdad a remar, han sido capaces de luchar juntos.

En estos casi veinte años he visto desde mi despacho muchas situaciones que, humanamente hablando, parecían completamente desahuciadas. Sin embargo, cuando los dos se han puesto de verdad a remar, cuando los dos han decidido que aquello valía la pena, incluso después de haber visto las llamas muy altas y haberse dado cuenta de que tenían que protegerse de ese incendio, han sido capaces de arremangarse y luchar juntos.

–¿Son recuperables absolutamente todas las situaciones?

–No me atrevería a decirlo. Pero sí puedo decir que muchas situaciones que parecían imposibles han podido recuperarse cuando los dos han querido.

Por eso creo que una función importante del mediador familiar es aportar esperanza. Lo habitual es que una pareja que está muy mal haya perdido precisamente eso. Considera que todo es imposible, que la relación es irrecuperable, que llevan años tropezando con la misma piedra, que han hecho muchísimos intentos por salir del pozo y no lo han conseguido. Esa pérdida de esperanza es una de las primeras cosas que hay que tener en cuenta cuando una pareja acude a mediación. Hay que trasladarles ese mensaje: «Si os ponéis a ello, quizá sois mucho más capaces de lo que ahora pensáis».

– ¿Y cuáles son los problemas que más se repiten detrás de una crisis: la falta de comunicación, el desgaste afectivo, la infidelidad, el dinero, la dificultad para perdonar…?

– Todo eso y mucho más. Pero, como línea de fondo, hay un problema muy potente que me encuentro hoy en muchas parejas: han dejado de priorizarse. Han dejado de considerar al otro como lo más importante de su vida.

Puede parecer una afirmación radical y quizá alguien que la lea piense: «Yo no considero a mi pareja lo más importante de mi vida». Pero, desde mi práctica profesional y también desde mi convicción personal, creo que dos personas que se han entregado para siempre, en un vínculo permanente, deberían ponerse el uno al otro en el número uno de su lista de prioridades. Y eso significa incluso por delante de los hijos. Una pareja ya es pareja sin hijos. Después pueden llegar los hijos y ser una enorme fuente de felicidad, pero esos hijos algún día se marcharán y volveremos a estar él y yo, ella y yo, solos. Por tanto, lo primero tiene que ser verdaderamente tu pareja.

–En una reciente entrevista con El Debate, Clara de Cendra nos contaba también cuánta gente antepone hoy el trabajo a la familia, aunque en teoría diga lo contrario...

–Es que también hay que poner a tu pareja por delante del trabajo. Cuántas veces los compromisos laborales y una altísima dedicación profesional terminan poniéndose en medio de la relación y hacen que no nos cuidemos como deberíamos. Y no sólo eso: también por delante de la familia de origen, que es otro foco frecuente de discusiones. Cuando él y ella crean su hogar, forman ya un nuevo núcleo. Son lo prioritario el uno para el otro y deben estar por delante del resto de su familia de sangre.

Lo mismo ocurre con las aficiones, los amigos y tantas otras cosas. Si de verdad colocamos a nuestra pareja en el número uno, tenemos una base muy importante para que la relación funcione. Cuando deja de ocupar ese lugar, empiezan a colarse todos los elementos que mencionábamos: la pérdida del afecto, la falta de tiempo y de dedicación, la ausencia de comunicación, empezar a mirar a otras personas, priorizar el nivel económico o el perfil profesional porque me aporta un determinado reconocimiento… Todo eso puede ir entrando porque he perdido de vista cuál era mi prioridad.

– Cuando una pareja tiene hijos, una ruptura no afecta únicamente a dos personas. ¿Cómo puede la mediación restauradora proteger a los menores y evitar que sean utilizados como instrumentos en la batalla de sus padres?

–Este es un asunto muy importante. Quienes tenemos hijos sabemos, al menos a priori, que son absolutamente sagrados. La protección del interés del menor está incluso claramente establecida desde el punto de vista jurídico. Si preguntas a cualquier padre: «¿Quieres proteger a tus hijos?», evidentemente te responderá que sí, y también querrá hacerlo en una situación de crisis. Pero ¿qué ocurre? Que una pareja en crisis es una pareja que sufre. Y cuando tú estás sufriendo muchísimo, te resulta más difícil pensar en los demás. Basta con pensar en cualquier situación de dolor físico intenso: si tengo un dolor de estómago que me dobla, me va a resultar mucho más difícil empatizar con tu dolor o estar pendiente de tu problema. Algo parecido puede ocurrir emocionalmente.

En esa situación de sufrimiento, una pareja puede llegar a perder de vista incluso el altísimo interés de sus hijos. Por eso al mediador le corresponde poner a los hijos por delante y recordárselos a los padres. No porque sean malos padres, sino precisamente porque, aun siendo muy buenos padres, su propio sufrimiento puede hacer que pierdan de vista la felicidad y el bienestar de sus hijos. Incluso sin querer pueden llegar a priorizar su propio bienestar. Esto se ve a veces en determinados acuerdos de separación o divorcio que resultan más satisfactorios o más cómodos para los adultos, pero bastante incómodos para los hijos. Hay que tener muchísimo cuidado con eso. Los hijos deben estar muy protegidos en la toma de decisiones.

No hay ningún problema en discrepar. Lo importante es que esas discrepancias se gestionen en privado. Nunca debemos utilizar a los hijos o lanzarles mensajes negativos sobre su padre o su madre.

–También afirma que esta situación va más allá de las ocasiones de ruptura...

–Es que esto no afecta solamente a situaciones de divorcio. También ocurre cuando existen diferencias de criterio en la educación, por ejemplo. Es muy habitual que padre y madre estén en desacuerdo en determinados aspectos de la parentalidad, y eso en sí mismo no tiene por qué ser un problema, porque refleja sensibilidades distintas y puede convertirse incluso en una oportunidad. Me gusta utilizar la imagen de dos materiales preciosos, como el oro y el platino. Cada uno aporta algo distinto y la fusión de ambos puede producir una aleación también preciosa, que es lo que finalmente ofrecemos al hijo. No hay ningún problema en discrepar. Lo importante es que esas discrepancias se gestionen en privado. Nunca debemos utilizar a los hijos, convertirlos en intermediarios o lanzarles mensajes negativos sobre su padre o su madre.

–Ya ha dicho que la mediación restauradora puede salvar matrimonios que llegan convencidos de que ya no hay solución? Pero, ¿qué condiciones deben darse para reconstruir la confianza?

–La mediación familiar restauradora puede atender una situación muy crítica de un matrimonio y ofrecer una salida, siempre y cuando ellos quieran. Si están absolutamente convencidos de que no existe solución y han decidido que no hay nada que hacer, probablemente no habrá mucho margen, porque son ellos quienes han tomado esa decisión.

A veces, sin embargo, lo primero que hay que hacer es escuchar esa frustración y ese sufrimiento. Hay que poner la oreja, darles ese espacio de descanso y desahogo, y puede ocurrir que, dentro de ese contexto, empiecen a pensar que quizá la situación no es tan imposible como creían.

Pero el mediador no está ahí para convencerles de que tienen que salvar su matrimonio. No es ésa su función. Son ellos quienes tienen que descubrir si quieren hacerlo.

Una vez que aparece esa voluntad, aunque sea débil, entonces sí se puede empezar a remar juntos y a poner cada uno de su parte. Yo veo muchas parejas que llegan con muy pocas ganas, completamente desfondadas, sin energía y con poquísima esperanza. Todo eso hay que acogerlo.

La falta de confianza en ellos mismos como personas, como cónyuges y en su propio matrimonio puede ser enorme, y ahí la palabra inspiradora y alentadora del mediador también tiene su papel. Puede ayudarles a salir un poco de esa negatividad, pero insisto: tienen que ser ellos quienes tomen la batuta y digan: «De acuerdo, me arremango y quiero ponerme manos a la obra».

Yo suelo explicarlo con una imagen muy sencilla.

–¿Cuál?

– Imaginemos que la batería del móvil está al 12%. Pues bien, pon ese 12%. No hace falta que estés al 100%. Ya sé que no lo estás. Pero ese 12% que tienes, ponlo. No puedes dejar de aportarlo. Y con ese 12% se puede empezar a trabajar. Hace falta voluntad, aunque sea una voluntad muy debilitada.