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La psicoterapeuta Clara de Cendra

La psicoterapeuta Clara de CendraUFV

Clara de Cendra, psicóloga: «Si digo que mi familia es lo primero, pero vivo para el trabajo, ¿qué mensaje les mando?»

Crear un buen ambiente en casa es fundamental para la salud física y emocional tanto de los niños como de los adultos y es responsabilidad de los padres, como explica la psicoterapeuta Clara de Cendra.

La segunda quincena de septiembre es un momento especialmente complicado para las familias. Y no sólo porque los gastos de la vuelta al cole empiecen a apretar el bolsillo, sino porque la conciliación se vuelve especialmente complicada.

La mezcla es explosiva: el trabajo ya está a pleno rendimiento, aún quedan rescoldos del «síndrome postvacacional», y aunque el curso escolar va cogiendo velocidad de crucero, muchos centros no incorporan las clases por la tarde y las actividades extraescolares hasta el mes de octubre.

Y todos esos factores redundan en una sobrecarga tanto para los padres como para los hijos, como explica la psicóloga y psicoterapeuta familiar Clara de Cendra Núñez-Iglesias, perito del Tribunal de la Rota y directora técnica de la Consulta de Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria, de Madrid.

–¿Afecta a los hijos el estrés, o la sobrecarga, que sienten los padres durante «la vuelta al colegio»?

–Uno de los conceptos que se manejan en la psicología sistémica, que es el enfoque que analiza las relaciones familiares, es el conocido «ambiente familiar». Es un pilar esencial de equilibrio para los menores, pero también para los adultos, y a menudo pasa desapercibido.

Las personas somos seres vulnerables, en el sentido que Santo Tomás de Aquino daba al término: somos seres abiertos al exterior. Nos afecta lo que acontece a nuestro alrededor, es decir, nos vemos afectados emocionalmente por ello a través de los sentidos del cuerpo. Por lo tanto, el clima emocional de la familia es el contexto que mayor impacto tiene sobre nosotros. Y este contexto está en manos de los padres. Es responsabilidad de los padres preguntarse: ¿Qué ambiente creo en casa? ¿Paz? ¿Tensión? ¿Angustia? ¿Exigencia? ¿Seguridad?

El estrés en sí mismo puede darse en esa vuelta al colegio y al trabajo. Que pueda aparecer ante circunstancias específicas que nos exigen activar los recursos y responder a ellos, sería muy adaptativo (lo anómalo sería que no apareciese). La clave está en el manejo que los adultos hacen de ese estrés. Padecer una emoción, en sí mismo, no es ni bueno, ni malo. No saber manejarla (ir contra ella, pretender hacerla desaparecer una vez esté activada, evitarla a toda costa…) es lo que provoca una desestabilización del ambiente familiar.

–Y si se maneja bien, ¿también es algo que los hijos perciben, aunque sea de forma inconsciente?

–Ir enseñando a los hijos cómo manejar las situaciones de estrés (o cómo disculparse cuando uno no lo ha logrado, o cómo escuchar y reconocer un dolor que uno ha podido provocar), y hablar con ellos de la existencia de ese estrés, les ayuda a entender lo que pasa. Ayudar a los hijos a nombrar las emociones y a ir aprendiendo a regularlas es el eje sobre el que podemos enriquecer las habilidades de los hijos y prepararlos para vivir en el mundo.

Lo que pasa es que a menudo, los padres buscamos evitar radicalmente el sufrimiento de los hijos. Es normal. Sin embargo, cuando éste acontece, acompañar, enseñar y sostener el sufrimiento que padecen, ayuda a los hijos a no tener miedo de sí mismos y de lo que sienten, sino a saber qué les pasa y qué pueden hacer cuando padecen eso.

Cuidar el ambiente familiar, aprendiendo a regularse, primero los padres para después enseñar a los hijos, es la clave para estabilizar el sistema familiar.

Cuidar el ambiente familiar, aprendiendo a regularse, primero los padres para después enseñar a los hijos, es la clave para estabilizar el sistema familiar ante los cambios de dinámicas que afronta la familia.

– ¿Qué hábitos o pautas familiares recomendaría para afrontar este momento de septiembre de una forma más serena y ordenada?

–Es esencial entender que la rutina no puede vivirse desde una imposición o unas normas que tengo que cumplir porque «si no lo hago estoy fallando». La rutina ha de encerrar siempre la búsqueda de un bien. La existencia de organización, de límites, de orden y de una forma de estar con los demás (la educación) permite que la libertad, la espontaneidad, el encuentro con el otro puedan darse en el día a día, sin depender del agotamiento emocional.

Es esencial colocarse ante la familia como lo que verdaderamente está llamada a ser: un lugar de encuentro real entre personas. Cuando este encuentro acontece, lo hace para ayudar a cada miembro de la familia en aspectos que quedan en lo profundo de su ser y que responden a sus anhelos más hondos: pertenencia a una comunidad siendo yo mismo, ser mirado por lo que soy y no por lo que hago, relaciones afectivas que transmiten amor y serenidad, poder darse al otro además de recibir al otro, y hacerlo de manera desinteresada. Por lo tanto, lo primero es buscar el momento en que esto ha de suceder entre nosotros. Un momento central en el podamos generar una verdadera comunión de personas, compartiendo lo que vamos viviendo en nuestro día a día.

Las relaciones se construyen a través de las decisiones y acciones que llevamos a cabo. Por eso, uno de los aspectos más nucleares a la hora de volver a la rutina es colocar en el horario en qué momento vamos a seguir nutriendo los anhelos más profundos del ser humano. Es cerrar este momento de encuentro familiar como algo sagrado: puede ser el momento de la cena, la sobremesa, un tiempo antes de dormir… Un momento que sepamos está en el día a día siempre. Y lo vamos a convertir en el eje que no une, que nos hace encontrarnos, en el que podemos acompañarnos y darnos al otro.

–Pero el día a día tiene muchos más momentos (baños, cenas, compra, deberes, etc.), que pueden generar agobio...

–Organizar un horario, una rutina «global» (primero meriendas, después deberes, luego jugar y baños, para finalmente alcanzar la cena) siempre ayuda, sin sobrecargarse. Un día a día en el que todos los miembros de la familia sepan, más o menos, qué va a pasar después de cada actividad favorece que la familia descanse emocionalmente. Vivir improvisando y sin organización previa genera inseguridad y amenaza, provocando poco a poco estados de ansiedad en la familia que no se sabe muy bien de dónde vienen. Saber qué viene después da seguridad a la persona.

Un día a día en el que todos los miembros de la familia sepan, más o menos, qué va a pasar después de cada actividad favorece que la familia descanse emocionalmente.

Al mismo tiempo, el lugar en el que vivimos genera también impactos afectivos en la persona. Somos seres abiertos al exterior y, por eso, lo que tenemos cerca nos afecta.

–¿A qué se refiere?

–Tener lugares ordenados en la casa, saber dónde están las cosas, que haya espacios físicos que supongan descanso dentro de la casa (puedo estar tranquilamente jugando o leyendo disfrutando de este momento, y no va a haber permanentes interrupciones, permanentes peticiones, gritos o tensiones externas), lleva a que nos guste estar en nuestra casa, que ésta se convierta en un verdadero lugar de descanso…

Y que todos podamos ir colaborando en algo de la casa va generando también una unión por la donación que implica. Si alguien me exige, me está diciendo que está convencido de que puedo hacerlo. Quizá cuesta como hijo llevar a cabo la acción pedida, así que algo que ayuda es que alguien le revele el bien que puede encerrar recoger la mesa, barrer la cocina, hacer la cama o pasar el polvo. Le transmite al hijo que también está llamado a darse al prójimo. Porque, aunque superficialmente le cueste, profundamente le construye.

¿Y cómo hacer esto a la vuelta del verano? Poco a poco. Día a día. De tal manera que las cosas vayan armándose a lo largo del curso. La familia la construimos poco a poco entre todos, y cada año es un año de crecimiento, de mejora, de seguir avanzando hacia aquello que estamos llamados a ser. Sin prisa, pero sin pausa.

–Si miramos con más detalle al matrimonio, ¿qué recomienda para prevenir conflictos por el reparto de tareas, horarios, niños, conciliación...?

–El otro día, estaba justamente hablando con Enrique Carreño, experto en liderazgo, sobre estos temas. Reflexionaba acerca de lo que estaba pasando en las familias, en lo profundo de las familias, comentando la dinámica que se está estableciendo en este reparto de tareas. Y con pena observaba que «había bajado un escalón» la categoría para tomar decisiones. Ahora tenía que ver con la justicia: «Si yo hago esto, a ti te toca esto otro», «Si yo he bañado a un niño, tú bañas al otro», «Si he preparado la cena, tú la recoges», «Si pongo esta parte de mi sueldo, pones tú la misma proporción del tuyo». Y él no cuestionaba la necesidad de organización, o límites. Pero me decía: «A mi me enseñaron que las decisiones en la familia tenían que ver con la caridad». Si hay una organización general, la caridad pasa por encima de ella para ayudar al prójimo, para vivir donándose al otro.

Quizá lo primero que hemos de preguntarnos es en base a qué queremos hacer este reparto de tareas. La justicia es buena por sí misma, pero nunca alejada de la caridad, porque coloca a las personas como instrumentos para lograr algo. Usarlas para que la casa funcione. Cuando la persona es un fin en sí misma, las cosas están enfocadas para hacerle un bien. Se pueden colocar las tareas de la casa como expresión de la entrega mutua. Meter el sentido a la acción es lo que nos configura como personas y hace que el día a día podamos sentirlo como pleno, como verdaderamente feliz. La acción ha de conllevar una pregunta moral, también la del reparto de tareas.

–O sea, que conviene examinar desde dónde pedimos eso del famoso 50-50 que se lleva ahora tanto en las parejas, ¿no?

–Tenemos que saber que cuando una persona toma una decisión, lo más obvio es ver la consecuencia externa. Lo menos evidente es observar la consecuencia interna. ¿En quién me estoy convirtiendo al tomar esta decisión? La persona se construye en la acción, pero no solamente por la acción en sí misma, sino por la motivación que esconde.

Cada decisión me encamina personalmente hacia algo, voy co-construyéndome a mí mismo: cada día soy más generoso o más egoísta; cada día soy más caritativo o más justiciero; cada día soy más amable o más crítico... No hay posibilidad de escaparse de ahí. Que no me dé cuenta no implica que no esté sucediendo. Tiene que ver con cómo estamos hechas las personas. Por eso, para que la organización no se aleje de la persona, la primera pregunta que hemos de hacernos sería ¿en quién me quiero convertir? Sin dejar fuera la variable moral de nuestro día a día.

Y esto nos lleva a otra pregunta esencial: ¿quiénes queremos ser como pareja? Porque también estamos en nuestras propias manos.

–Me temo que no hay muchos matrimonios que se planteen esa pregunta.

–Como dice la psicología sistémica, somos nosotros quienes decidimos en qué tipo de matrimonio nos estamos convirtiendo. Podemos fijarnos y dirigirnos hacia algún lugar proyectado intencionalmente –autodominio y autodeterminación– o podemos dejarnos llevar hacia «lo que vaya saliendo porque somos así»... para después encontrarnos, seguro, con algo entre nosotros –la propia relación– que nos hiere o aleja profundamente del otro. Las relaciones no salen solas. ¿Qué valores quiero que organicen nuestra relación? ¿La ternura, el cuidado del otro, la apertura a escucharle, la totalidad de la entrega, la verdad como la base de la confianza, la paciencia…? ¿Qué relación de pareja me gustaría disfrutar dentro de 5 años?

Cuando esa acción moral está centrada, el reparto de tareas se convierte en algo que, juntos, hacemos por los demás en la casa. Porque queremos la felicidad de quienes nos rodean, porque juntos vemos el bien de unir el hombro para que el otro cuando lo necesite descanse. Porque cotidianamente nos miramos y nos vemos, y estamos dispuestos a ser el apoyo que el otro necesita en cada momento. Dos personas que miran hacia la misma dirección: organizar juntos y acompañándonos construir una vida que nos encante.

–Muchas familias sufren un desbordamiento de la carga laboral que invade su vida familiar. Y, a veces, muchos cónyuges se encierran en que «tienen mucho trabajo» cuando lo que realmente quieren es «huir» de su casa, de bañar niños, de hacer cenas... ¿Qué límites pueden ponerse para evitar que el trabajo invada la vida familiar?

–Es esencial entender que el límite no está directamente relacionado con el fin de la gestión del tiempo, sino con uno mucho mayor: ser lo que estoy llamado a ser. Es decir, los límites me ayudan a ser coherente conmigo mismo y con mi proyecto vital. La gestión del tiempo tiene que ver con la posibilidad de organizar la vida que me ayuda a ser persona, a ser aquello que estoy llamado a ser. Pongo límites para poder cumplir con el deber-ser de mi propia naturaleza.

–Creo que esto merece una explicación más profunda...

–La persona cuenta con dos niveles a la hora de expresarse. El plano verbal (lo que dice con palabras) y el plano no verbal (lo que dice con el cuerpo y con el comportamiento). Si digo una cosa y hago la contraria, estoy mandando un mensaje contradictorio. Con las consecuencias psicológicas negativas que eso implica después para el sano desarrollo de la persona y de esa relación.

Desde la teoría de la comunicación, hace ya muchos años quedó demostrado que el plano que cuenta con un mayor peso en la comunicación, más del 80%, es el mensaje no verbal. Si digo una cosa y hago otra, los demás siempre se van a quedar con aquello que he hecho, nunca con lo dicho. Si digo que mi familia es lo más importante y, cuando estoy con ellos, solo estoy respondiendo correos del trabajo, ¿qué mensaje real, aunque no lo haga intencionadamente, estoy mandando a mi familia? Si digo que quiero mucho a los míos, pero solamente soy amable con las personas del trabajo, ¿qué mensaje le va a llegar a mi familia a pesar de que yo no lo quiera vivir así?

Si digo que quiero mucho a los míos, pero solamente soy amable con las personas del trabajo, ¿qué mensaje le va a llegar a mi familia a pesar de que yo no lo quiera vivir así?

Supongamos que para alguien su familia es lo más importante que tiene, es donde quiere que «salgan bien las cosas», donde se juega su verdadera felicidad… Esta persona habrá de trabajar, durante toda su vida, la coherencia entre ambos mensajes. Porque las emociones son motores de acción. Y si se angustia con algo del trabajo, y lo responde en ese momento para así quitárselo de encima y poder centrarse en su familia, es perfectamente lógico y entendible... pero está mandando un mensaje opuesto a lo que realmente quiere transmitir y construir en su vida. Si esto se repite, cada vez tiene más fuerza la inversión de prioridades, aunque la persona, verbalmente, esté siempre defendiendo lo contrario: «Mi familia es lo más importante, pero a lo que dedico menos tiempo y esfuerzos…».

–O sea, que hay que demostrarle a la familia que es una prioridad, si es que de verdad lo es, ¿no?

–En psicología existe un concepto que se llama «el aquí y ahora». Estar con la atención plena puesta en el presente, haciendo lo que estamos verdaderamente haciendo en este momento, poniendo a toda nuestra persona al servicio del encuentro con el otro. Hacer de cada momento un encuentro sagrado entre personas, sin dejar que el trabajo irrumpa constantemente en la vida familiar o de pareja.

Eso ayuda al hombre a encontrarse consigo mismo y con su proyecto de vida. Pero no hay que confundir el hacer y los resultados, con el estar y el ser que se despliega en el encuentro verdadero entre personas. El mismo trabajo habría que aprender a vivirlo de otra forma, porque en la sociedad el trabajo está organizado en torno a resultados y no al crecimiento del hombre. Tenemos que salvaguardar el tesoro que es una familia, el encuentro entre personas que aprenden a amarse a lo largo del tiempo, a acompañarse mutuamente, a donarse en sus relaciones más cercanas y profundas. Es decir, a hacerse personas y potenciar aquello que estamos llamados a ser.

Hemos de colocarnos en la plena coherencia personal: provocar y forzar esos encuentros que ocurren en la familia. Y, para eso, despedirse del móvil, del ordenador y de las pantallas en esos momentos. Convertir en sagrados los momentos familiares, para recordar el sentido que nos mueve a proteger la intimidad familiar. Cada familia, con sus recursos propios, porque los tienen, ha de descubrir y poner en juego toda la riqueza y potencia que tiene la unión verdadera entre los suyos.

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