¿Qué aprenden nuestros hijos cuando sus ídolos deportivos celebran entre alcohol y canciones sexualizadas?
La doctora en Psicología Marta Oporto-Alonso reflexiona sobre qué aprenden los niños al ver a sus ídolos celebrar entre alcohol, canciones sexualizadas y gestos que impactan especialmente en los menores y en las familias.
Ana Mena y Lola Índigo, en la celebración del Mundial, con varios jugadores, como Yeremi Pino, bebiendo alcohol
Todavía resuenan en nuestros oídos los goles, los cánticos y la euforia colectiva tras la victoria de España frente a Croacia. Una alegría comprensible. Estamos hablando de una generación de futbolistas extraordinarios que se ha convertido en referente para millones de niños y jóvenes.
Precisamente esa victoria me hizo volver a una pregunta que me acompaña desde el pasado mes de julio. Entonces asistí junto a mi familia al desfile de celebración de la Selección. No escribo estas líneas para juzgar a los jugadores ni para cuestionar una alegría legítima y merecida. Las escribo como psicóloga y madre de varios hijos que, como tantos otros niños, contemplan a estos deportistas con auténtica admiración.
Recuerdo especialmente la emoción en los ojos de mis hijos mientras esperábamos el paso del autobús. Para ellos no eran simplemente futbolistas. Eran héroes. Y fue precisamente al contemplar esa admiración cuando surgió una pregunta que aún hoy sigue interpelándome: ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos sobre la manera de celebrar los logros alcanzados?
Puede parecer una cuestión menor, pero no lo es. Si existe algo que configura una cultura es la forma en que celebra. Las familias lo sabemos bien. Celebramos cumpleaños, nacimientos, aniversarios, reencuentros y logros personales. Las celebraciones reflejan aquello que consideramos importante.
Por eso me llamó la atención que buena parte de aquella celebración pública estuviera articulada alrededor de dos elementos muy visibles: la música y el alcohol.
Comienzo por la música. No pretendo decir qué debe escuchar cada persona. Sin embargo, muchas de las canciones que sonaron durante la celebración contenían mensajes explícitamente sexualizados, acompañados de bailes y gestos que reforzaban ese contenido.
La cuestión no es si esos mensajes tienen cabida en determinados contextos entre adultos (bien podría ser el tema de otra reflexión). La cuestión es que aquella celebración se desarrollaba ante miles de menores. Familias enteras acudieron a compartir un acontecimiento que sentían como propio. Y quizá merezca la pena preguntarnos si aquello que se exhibe en un acto público de estas características es también lo que queremos presentar como referente a las nuevas generaciones.
La paradoja es evidente. Mientras dedicamos importantes esfuerzos educativos a promover el respeto, la igualdad y relaciones libres de cosificación, normalizamos en espacios de enorme impacto mediático mensajes que a menudo transmiten justamente lo contrario. Se trata de preguntarnos si los mensajes que acompañan nuestras celebraciones son coherentes con los valores que queremos transmitir. Porque la educación no ocurre solo en las aulas; también sucede allí donde nuestros hijos observan a quienes admiran.
Mientras dedicamos esfuerzos a promover el respeto, la igualdad y relaciones libres de cosificación, normalizamos en espacios de enorme impacto mensajes que transmiten lo contrario.
Algo parecido podría decirse del alcohol. Durante horas fueron frecuentes las imágenes de jugadores y personal técnico brindando o consumiendo bebidas alcohólicas.
No cuestiono su libertad para celebrar como consideren oportuno. Mi pregunta es otra: ¿era necesario convertir el alcohol en uno de los símbolos más visibles de una celebración nacional?
Resulta llamativo que dediquemos tantos esfuerzos a prevenir las adicciones entre adolescentes y jóvenes y que, al mismo tiempo, una de las imágenes más repetidas de una fiesta colectiva sea la de los ídolos deportivos brindando ante millones de espectadores.
Los niños aprenden observando. No es una intuición de padres preocupados, sino una de las conclusiones más sólidas de la psicología. Albert Bandura demostró que gran parte del aprendizaje humano se produce mediante la observación de modelos significativos. Cuando admiramos a alguien, sus conductas adquieren un enorme poder educativo.
Los niños aprenden observando. No es una intuición de padres preocupados, sino una de las conclusiones más sólidas de la psicología
Por eso los héroes importan. No solo inspiran por sus éxitos, sino también por sus comportamientos cotidianos. Cuando miles de niños contemplan a sus ídolos celebrar, están aprendiendo algo más que fútbol. Están aprendiendo qué merece la pena festejar y cómo hacerlo.
Quizá el problema de fondo sea que hemos empobrecido el significado de la celebración. A menudo parece que celebrar consiste en consumir, hacer ruido o dejarse llevar por la espontaneidad. Sin embargo, las mejores celebraciones familiares nos recuerdan que existe algo más profundo: la gratitud, el reconocimiento mutuo, la alegría compartida y la capacidad de poner palabras a aquello que merece ser celebrado.
Porque el valor de un éxito no se mide solamente por el esfuerzo necesario para alcanzarlo. También se mide por la forma en que lo compartimos con los demás. Por eso me sorprendí pensando en algo aparentemente sencillo. Si una selección nacional representa a todo un país, ¿no merece la pena reflexionar un poco más sobre cómo queremos celebrar sus victorias?
Imagino una celebración en la que haya más espacio para agradecer a las familias, reconocer el trabajo de entrenadores y educadores y transmitir mensajes de esfuerzo, perseverancia y compañerismo. Una celebración igualmente alegre y emocionante, pero también más inspiradora.
Nuestros deportistas son mucho más que excelentes jugadores. Quieran o no, también son modelos para quienes les observan. Quizá la verdadera grandeza del deporte no se manifieste únicamente en la victoria, sino también en la manera de celebrarla. Porque nuestros hijos no solo observan cómo se gana. También aprenden cómo se celebra. Y ambas cosas importan.
*Marta Oporto-Alonso es doctora en Psicología, profesora adjunta en la Universidad San Pablo CEU y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.