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El psiquiatra Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido

El psiquiatra Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentidopsicologiaymente.com

La Familia en una Frase

Viktor Frankl, psiquiatra superviviente de Auschwitz: «El amor es la meta más alta a la que podemos aspirar»

El autor del best-seller El hombre en busca de sentido descubrió en un campo de concentración cómo, incluso en situaciones extremas, el amor puede sostener al ser humano cuando todo lo demás falla.

El psiquiatra Viktor Frankl llegó a una de sus conclusiones más luminosas en uno de los lugares más oscuros y desesperanzadores que han visto los últimos siglos.

Prisionero en hasta cuatro campos de concentración nazis, incluido el terrible Auschwitz, privado de libertad, despojado de sus bienes y sin noticias de su familia, Frankl recordó a su esposa Tilly mientras marchaba junto a otros presos en una mañana helada.

Fue entonces, según relata en su obra inmortal El hombre en busca de sentido, cuando comprendió «la verdad proclamada por tantos poetas»: «El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre».

La frase aparece en la primera parte del libro, en la que Frankl narra su experiencia en los campos de concentración y cómo observó que algunos presos lograban conservar un reducto de libertad interior incluso cuando prácticamente todo lo exterior les había sido arrebatado.

En aquel momento de extrema dureza, mientras contemplaba mentalmente el rostro de su esposa cuyo destino desconocía, añadió otra de las claves de la obra: «La salvación del hombre está en el amor y a través del amor».

Una vida marcada por la guerra

Frankl había nacido en Viena en 1905, dentro de una familia judía. En diciembre de 1941 se casó con Tilly Grosser, enfermera, en uno de los últimos enlaces que se permitió a parejas judías tras el ascenso del partido nazi al poder. Sólo unos meses después, en septiembre de 1942, ambos fueron deportados a campos de concentración.

Durante su cautiverio, Frankl ignoraba si su mujer seguía viva. De hecho, Tilly fue obligada a abortar al hijo que esperaban, y en 1944 moriría en el campo de concentración de Bergen-Belsen. También sus padres y uno de sus hermanos fueron asesinados por los nazis.

Por eso, Frankl escribe que si bien no sabía si su mujer estaba o no con vida, pudo comprender que el amor iba «mucho más allá de la presencia física del ser amado» y encontraba su sentido más profundo en «su ser espiritual, su yo íntimo».

La muerte que alumbró la logoterapia

Así, incluso sin poder verla, escucharla, oler su perfume y abrazarla, sin saber siquiera si ambos sobrevivirían, la relación interior con su esposa conservaba toda la potencia de su unión conyugal.

Tras la guerra, Frankl seguiría denunciando la irracionalidad y violencia de las ideologías totalitarias, como el comunismo. Y también reharía su vida.

En 1947 se casó con Eleonore Schwindt y tuvieron una hija, Gabriele. Pero aquella experiencia marcada por Tilly quedaría para siempre incorporada no sólo a su biografía, sino a la teoría psicológica que desarrollaría años después: la logoterapia, centrada en la necesidad humana de encontrar un sentido por el que vivir.

Ver en el otro más de lo que ya es

Lejos de quedarse en un mero ejercicio de romanticismo platónico, en la segunda parte de El hombre en busca de sentido –dedicada precisamente a explicar la logoterapia–, Frankl vuelve a reflexionar sobre el amor de una manera más sistemática.

En sus páginas describe cómo podemos encontrar sentido a la vida de tres formas: mediante una obra o acción, mediante la experiencia de algo o de alguien, y mediante la actitud ante un sufrimiento inevitable. El amor pertenece a la segunda vía: experimentar a otra persona «en su singularidad».

Es entonces cuando formula una de sus definiciones más precisas: «El amor es la única manera de captar a otro ser humano en el núcleo más íntimo de su personalidad». Y continúa: «Nadie puede llegar a ser plenamente consciente de la esencia de otro ser humano a menos que lo ame».

Para Frankl, por tanto, amar no significa simplemente sentirse atraído, acompañado o satisfecho. El amor permite ver «los rasgos y características esenciales» de la persona amada y, aún más, «aquello que es potencial en ella, que todavía no se ha realizado pero debería realizarse».

Ser la ayuda adecuada para el cónyuge

El amante, por tanto, no sólo contempla lo que el otro ya es: puede ayudarle a descubrir «lo que puede ser y lo que debería llegar a ser».

Aplicada al matrimonio, esta intuición implica que el esposo o la esposa no son sólo quienes responden a nuestras necesidades presentes.

Amar es, más bien, convertirse para el otro en la ayuda adecuada para su pleno desarrollo. Mantener una mirada capaz de reconocer en el otro todos sus talentos, incluso aquellos que ha dejado de ver, y ayudarle a que afloren en su mejor versión. Y todo, desde la honestidad de la contemplación del amado: sin convertir el matrimonio, por tanto, en un constante proyecto de reforma del cónyuge.

Un amor tan fecundo, en su más amplio sentido, como para irradiar luz incluso en los lugares más oscuros que el ser humano ha sido capaz de pergeñar en la historia.

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