Dietrich Bonhoeffer
La familia en una frase
Dietrich Bonhoeffer: «No es el amor lo que sostiene el matrimonio, es el matrimonio lo que sostiene el amor»
Encarcelado por enfrentarse al nazismo y conspirar contra Hitler, y separado de la mujer con la que soñaba casarse, Dietrich Bonhoeffer escribió desde su prisión una de las reflexiones más luminosas sobre la promesa matrimonial, con la que inauguramos la serie veraniega «La familia en una frase»
A pesar del adanismo del que solemos hacer gala, la nuestra no es la primera generación que se enfrenta al desgaste del amor en el matrimonio, a la dificultad para sostener la unión en armonía a lo largo de los años, a los escollos que surgen cuando llegan los hijos a poner patas arriba la paz del hogar, o a las complejas circunstancias de una sociedad demasiado convulsa y exigente.
Por ejemplo, hace poco más de 80 años y en un contexto histórico mucho más duro que el nuestro, el teólogo y escritor alemán Dietrich Bonhoeffer ya experimentó –y dejó escrito– que el amor podía ser puesto a prueba incluso antes de llegar al altar.
En mayo de 1943, Bonhoeffer se encontraba recluido en la prisión berlinesa de Tegel por su oposición al régimen nazi y sus planes por atentar contra Hitler.
Desde su celda, escribió un sermón para la boda de su amigo Eberhard Bethge y su sobrina Renate Schleicher. No pudo asistir a la ceremonia, pero les envió una advertencia que ha atravesado las décadas como un recordatorio para todos aquellos que quieren casarse, o que ya se han casado: «No es vuestro amor el que sostiene el matrimonio, sino que, desde ahora, es el matrimonio el que sostiene vuestro amor».
Una cita que, como él mismo aclaraba, lejos de rebajar el amor, lo protege de la ingenuidad que lo confunde con una emoción siempre intensa, o un simple sentimiento voluble. Para Bonhoeffer, los esposos aportan el afecto, pero el matrimonio les entrega algo mayor que ellos mismos: una promesa, un compromiso, capaz de permanecer cuando la sensibilidad se difumina o desaparece.
Un compromiso escrito desde la cárcel
Bonhoeffer había nacido en 1906 en Breslau, dentro de una familia acomodada, culta y numerosa. Fue el sexto de ocho hermanos. Su padre, Karl, era un prestigioso psiquiatra y neurólogo; su madre, Paula, maestra y descendiente de teólogos. Un hogar en el que se combinaban el afecto, la exigencia intelectual, la pasión por la música, la fe cristiana de cuño luterano, y sobre todo, una fuerte conciencia de responsabilidad social.
Dietrich no llegó a casarse. En enero de 1943 se comprometió con Maria von Wedemeyer, una joven de 19 años a la que conocía desde niña. Él tenía 36. Apenas pudieron disfrutar de su noviazgo: Bonhoeffer fue detenido en abril y la relación creció mediante cartas, visitas vigiladas y planes para una vida común que nunca llegaría.
Fue ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, pocas semanas antes del final de la guerra en Europa.
Una boda en medio del nazismo
El sermón fue incorporado después a Widerstand und Ergebung, publicado en español como Resistencia y sumisión o Cartas y papeles desde la prisión. La obra reúne cartas, notas y reflexiones escritas durante su cautiverio.
Y aunque no es un tratado sistemático sobre el matrimonio, precisamente por eso conserva una fuerza especial: fue escrito por un hombre que contemplaba desde una celda la boda de dos seres queridos mientras su propio futuro matrimonial se desvanecía.
Así, Bonhoeffer recuerda a los recién casados que el compromiso matrimonial, y aún la propia boda, no es una mera celebración de lo que sienten ese día. Es el cimiento humano y espiritual que ese amor tendrá que aprender a vivir, a conservar y a incrementar con el paso de los años y a pesar de las dificultades de la convivencia.
Cuando el sentimiento no basta
Cuando el incremento constante en el número de rupturas viene a demostrar que para nuestra generación, una relación merece vivirse mientras produzca bienestar y, cuando deja de hacerlo, ha perdido su razón de existir, Bonhoeffer invierte la lógica. El matrimonio no exige fingir emociones, pero sí recordar que el amor es, además de un sentimiento, un acto de la voluntad y una decisión sostenida por la palabra dada.
La moraleja no consiste en permanecer de cualquier manera ni negar los problemas o las crisis. Consiste en comprender que las dificultades ordinarias no demuestran que el amor haya muerto, sino que son la ocasión de comprobar cómo la promesa de cuidarnos comienza, de verdad, a sostenerlo.