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Un padre y una madre acompañando a sus hijos a hacer los deberes

Un padre y una madre acompañando a sus hijos a hacer los deberesGetty Images

Las claves para que las diferencias en el matrimonio no impidan educar bien a los hijos

Un experto en educación y filosofía da las claves para que las discrepancias entre marido y mujer no se conviertan en una guerra entre los dos educadores y sí en una riqueza para los niños

El doctor en Ciencias de la Educación y Filosofía Tomás Melendo ha compartido a través de su cuenta de Instagram hace unos días una de las claves más importantes para un matrimonio: cómo sacar provecho de las diferencias conyugales para que estas se conviertan en una riqueza para los hijos.

No resulta una sorpresa para nadie saber que, dentro de un matrimonio, existen diferencias entre el hombre y la mujer a la hora de mirar al hijo, de interpretar sus necesidades y de responder a ellas. Las desigualdades pueden ser muy diversas y de muchos colores: ella, con más paciencia; él, más exigente; ella cede con más facilidad; él, más protector y un largo etcétera que se acentúa cuando se acepta que cada matrimonio es un mundo inmenso. Melendo afirma que estas disparidades «no deberían convertirse en motivo de choque, sino en un recurso educativo de primer orden».

Como ha comentado el autor de más de 80 libros y un amplio centenar de artículos, «educar bien no es hacerlo igual que tu cónyuge; es aprender a integrar dos códigos distintos, pero llamados a complementarse».

Melendo explica las diferencias más comunes que se dan entre los esposos: uno acoge, protege, consuela y acompaña; y el otro se encarga de impulsar, exigir, separar, fortalecer y hacer crecer. Estos contrastes entre ambos «no son dos bandos opuestos, son dos maneras complementarias de amar que el hijo necesita», subrayaba el catedrático.

El profesor termina recordando que «la clave no consiste en eliminar las diferencias entre padre y madre, sino en poner, unas y otras, al servicio del hijo, de cada hijo». Esta mentalidad será fundamental para el retoño, ya que «no necesita dos educadores compitiendo entre sí, sino dos personas que se quieran, se escuchen y aprendan a educar juntas», afirma Melendo.

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