Miriam, con sus hijos Miri, Ramón y Lucía (aún en la tripa) hace pocas semanas
Miriam, casada con 24 años y madre de cuatro a los 28: «Poner el éxito profesional por encima de todo nos deja más solas y vacías»
Profesora, escritora y creadora de contenido, Miriam Barroso está a punto de ser madre por cuarta vez y dice que, aunque no encaja en el cliché peyorativo de las «tradi-wife», «la maternidad me tiene fascinada».
Si las cuentas que hemos hecho para publicar esta entrevista se descuadran sólo un par de días, tal vez Miriam Barroso y su marido Ramón Casals tengan que leerla desde el hospital, con su pequeña Lucía en brazos.
Será su cuarta hija, que nacerá justo después de que su madre haya cumplido los 29.
Sus hijos Ramón y Miri tienen tres y dos años; y su tercer hijo, que no llegó a nacer por un aborto espontáneo, «es el que nos cuida a todos desde el cielo», dice. Viven en Barcelona, él trabaja en el mundo editorial y ella es profesora de ESO y Bachillerato, además de escritora.
Y si poco frecuente es su familia numerosa, menos común es la edad a la que se casaron: ella con 24 años y él recién cumplidos los 28.
Cuatro años después, Barroso habla de maternidad, matrimonio y entrega desde una experiencia marcada también por el dolor de la pérdida de un hijo, que, asegura, les hizo valorar todavía más cada nueva vida.
Autora de Con toda el alma y Ellas son valientes, y creadora de la cuenta @conlaemede, reivindica una maternidad alejada del relato que la presenta como mero sacrificio. «La maternidad me tiene fascinada», afirma.
–Te casaste con 24 años. Para muchos eso suena a suicidio. ¿Qué hace a una chica decidirse por el matrimonio en lugar de irse a vivir juntos o postergar la boda varios años?
– Hoy se nos vende la idea de que lo más sensato y razonable para una pareja joven es irse a vivir juntos («probar al otro») antes de dar el paso de casarse. Y, si durante ese tiempo no te gusta, cambias de pareja y a otra cosa mariposa. Esa idea siempre me ha dado tristeza.
– ¿Por qué?
–Porque, ¿Qué significa casarse sino entregarse por completo y para siempre, trabajando para que funcione? ¿Qué significa comprometerse a amar en el matrimonio sino querer querer al otro como es y como será, sin condiciones y sin pruebas, en la salud y en la enfermedad? Nuestro caso puede parecer una locura hoy, aunque creo que tiene mucho que ver con la edad, la madurez y una gran comunicación en la pareja. Pero aproximadamente a los seis meses de empezar a salir ya teníamos muy claro que queríamos pasar el resto de nuestra vida juntos y construir nuestra familia.
Miriam y Ramón, junto a sus hijos Miri y Ramón, en su último cumpleaños
Ese deseo era mucho más fuerte que cualquier miedo que pudiéramos tener. El amor, la confianza, la amistad y el vínculo sólido que estábamos construyendo pesaban mucho más. Nos llenaba de una emoción y de una alegría que nunca habíamos imaginado. Fue sentirnos hogar el uno para el otro. Por eso hay una cosa que recomiendo a las parejas.
–¿El qué?
–No quemar etapas. Disfrutar juntos de las primeras veces, de viajar juntos por primera vez, de organizar una casa, incluso de poner lavadoras… Todo se convierte en una aventura durante esos primeros meses de casados. Son una verdadera pasada.
Recomiendo a todas las parejas no quemar etapas. Todo se convierte en una aventura durante esos primeros meses de casados. Incluso poner lavadoras.
– ¿Qué es lo que más cambia con la llegada de los niños a un matrimonio joven?
– Antes de casarnos ya nos advirtieron de que cada nueva etapa puede suponer una «crisis». Lo digo entre comillas, porque cada cambio en la vida exige una adaptación, una pequeña crisis, y eso no tiene por qué tener una connotación negativa. Un cambio importante en tu carrera profesional, por ejemplo, puede provocar algo parecido.
Y de los cambios y adversidades, si uno los afronta bien, con más comunicación, pidiendo ayuda y formándose, se aprende y se puede salir fortalecido. La llegada de los hijos a un matrimonio es eso: una nueva oportunidad para que el matrimonio salga más unido. En la paternidad nos descubrimos de una manera desconocida hasta entonces. Ahí veo que los esposos tienen que reconocerse a sí mismos en esa nueva faceta y, al mismo tiempo, dejarse asombrar por la nueva versión de su cónyuge. Aprendes a amarle de otra manera, con otros ritmos, recuperas conversaciones «de sillón», y vives otro tipo de intimidad.
Descubrirse en esa nueva dimensión es precioso. Retador, claro que sí. Pero cuando sales «del hoyo» y miras esos días o meses con perspectiva, te ríes, te unes más y aprendes a dejarte cuidar y querer de otra manera. Quizá eres más vulnerable, pero también más tú.
–¿Y cómo cuidáis el matrimonio? Porque buena parte de las rupturas se producen en esos primeros años...
– Es completamente normal notar un gran cambio y que aparezcan más discusiones o malentendidos. Cada uno vive la llegada de un hijo de una manera: la madre, en general, puede estar metida de lleno en la vorágine del posparto, y el padre trata de adaptarse a la nueva situación, cuidar de su mujer y del niño y responder a todo lo que se espera de él.
A nosotros nos ayudaba muchísimo hablarlo todo con delicadeza y buscar esos momentos en los que el pequeño (¡por fin!) estaba dormido para tener un rato para nosotros. A veces consiste en ver juntos una serie que nos haga reír; otras, salir a cenar, pedir algo o cocinar algo especial. Se trata de encontrar pequeñas rutinas en las que hablar mirándoos a los ojos, sin distracciones, reírnos, abrazarnos y cuidarnos.
Ramón y Miriam, en una foto de este verano
–Cada vez es más frecuente escuchar la poca importancia que se le da al posparto, a pesar del peso que tiene...
–Por eso también ayudan muchísimo los detalles durante el posparto. A mí me hacía mucha ilusión cuando Ramón me preparaba el desayuno; cuando, antes de que yo diese el pecho por la noche, cambiaba al bebé o me traía agua para que me hidratara; cuando estaba pendiente de cómo me encontraba o aparecía con flores...
Son gestos pequeños que valoras muchísimo. Al final se trata de amar al otro en cada etapa del matrimonio pensando en cómo necesita ser querido en ese momento.
–En Con toda el alma escribes sobre distintas formas de amar: al marido, a los hijos, a los amigos, a Dios… ¿Qué has descubierto desde que eres madre sobre esa idea tan repetida de que para querer a los demás, primero hay que «ponerse una misma en el centro»?
– Desde que soy madre he descubierto un nuevo sentido y un nuevo propósito. Es impresionante comprobar que, lejos de esa imagen de la maternidad como algo que te esclaviza o te aprisiona, te recuerda la capacidad asombrosa que tenemos para querer, entregarnos y darnos incondicionalmente.
Es fascinante descubrir que cuanto más te das generosamente, más libre eres y más dichosa te sientes. Porque no esperas que tu hijo te agradezca una toma, un cambio de pañal, que lo acunes en brazos o las horas que pasas en vela. Hay tantas cosas que una madre hace gratuitamente, con ternura y sin esperar nada a cambio, que acabas entendiendo también mejor a tus padres y, en especial, a tu madre.
Y eso pasa por descubrirte a ti misma en esa nueva versión: más vulnerable, aprendiendo, equivocándote y queriendo lo mejor para tu familia. A ser madre también se aprende; una no nace sabiendo. Además, te descubres con cada hijo, porque cada niño es diferente y parece tener su propio manual de instrucciones. Con cada uno aprendes, creces en amor y te transformas.
Es fascinante descubrir que cuanto más te das, más libre y dichosa eres. Porque no esperas que tu hijo te agradezca una toma, un cambio de pañal, que lo acunes en brazos o las horas que pasas en vela.
Porque con el nacimiento de cada hijo nace también una madre. Y te das cuenta del inmenso regalo que supone cada embarazo y cada hijo; del don y del milagro que es la vida.
–Algunos podrían decir que eres una especie de «tradwife»... ¿Por qué crees que cada vez más chicas jóvenes reivindican la maternidad, cuando buena parte del discurso social contrapone los hijos a la realización personal y profesional?
–Creo que cada vez hay más jóvenes «despertando» y dándose cuenta de que aquello que se nos ha prometido –el éxito profesional y personal por encima de todo–, paradójicamente, puede dejarnos cada vez más solas y más vacías. Sin rumbo, sin sentido y, sobre todo, sin propósito.
Vivir únicamente por y para el trabajo no proporciona esa trascendencia. Necesitamos amar y ser amados. Y la maternidad es un ejemplo clarísimo de ese amor que supone entrega y que te llena, a pesar de las dificultades y también, muchas veces, precisamente a través de ellas. En la maternidad descubres una llamada, una nueva vocación, una misión que se antepone a cosas anteriores, un legado que dejar y una forma nueva de amar, tan visceral e innata, que te deja maravillada. Algo así solo puede ser inherente a nuestra feminidad.
Respecto a lo de ser «tradwife», no sé si cumplo los requisitos para definirme como una. Lo que sí puedo decir es que la maternidad me tiene fascinada y que deberíamos contar mucho más su belleza. La maternidad tiene muy mal marketing. Muchas veces, cuando se habla de ella, se dejan fuera esos matices, esa cara menos visible: la felicidad y la dicha que puedes encontrar después de la entrega.
No sé si cumplo los requisitos para definirme como «tradi-wife», pero la maternidad me tiene fascinada por su belleza, aunque hoy tiene muy mal marketing.
–Para el libro Ellas son valientes hablaste con mujeres que afrontaron embarazos rodeadas de pobreza, abandono o situaciones muy difíciles y, aun así, siguieron adelante. Después de escucharlas, ¿qué crees que necesita una mujer cuando siente que tener ese hijo es imposible?
– Leer sus historias, conocer sus experiencias, sus mochilas y sus heridas no te deja indiferente. Te hace consciente de una realidad que existe y que muchas veces permanece silenciada: una maternidad vulnerable y precaria en la que, según he podido conocer, las ayudas públicas no llegan y en la que esas mujeres tampoco encuentran respuesta en el feminismo actual.
Ante esa realidad aparecen iniciativas privadas que ofrecen una respuesta, y proporcionan mucho más que recursos económicos, especialmente en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de sus vidas. Les ofrecen acompañamiento, apoyo y, sobre todo, seguridad y sostén, algo que muchas no encuentran en su entorno.
La realidad a la que se enfrentan puede ser especialmente dolorosa. Algunas sufren presiones e incluso coacciones de familiares o amigos que, ante la falta de recursos materiales o emocionales para afrontar la llegada de un hijo, las empujan a considerar el aborto como la única salida. Muchas se encuentran ante un dilema profundo, atrapadas entre el miedo, la incertidumbre y la falta de apoyo, y eso genera muchísimo sufrimiento.
Tres de los cuatro hijos de Miriam: Ramón, Miri, y Lucía (en la tripa)
Después de leerlas, descubres algo que va mucho más allá de las cifras y de sus circunstancias: son mujeres que, en medio de situaciones enormemente difíciles, encuentran fuerzas para seguir adelante. Para mí son verdaderas heroínas.
–Conocer esas historias ha cambiado tu manera de mirar tus propias dificultades como madre?
–Me provoca sentimientos encontrados. Me doy cuenta de que la maternidad que vivo, con el apoyo de mi marido, de nuestras familias y amigos y con los recursos de los que disponemos, es en ese sentido privilegiada. Tenemos mucha suerte con nuestras familias y nuestros trabajos y, desde fuera, alguien podría pensar que todo es «perfecto». Pero lo cierto es que no es oro todo lo que reluce y cada maternidad y embarazo son un mundo.
En nuestro caso tenemos un angelito que nos cuida desde el cielo. El pasado mes de agosto vivimos un aborto espontáneo que nos llenó de dolor y tristeza. Lamentablemente, sigue siendo una realidad silenciada, casi tabú, y si no lo has vivido es difícil saber lo que supone.
–Pues rompamos, entonces, ese tabú: ¿Cómo habéis vivido vosotros esa situación tan dolorosa?
–Nos unió mucho como padres y como matrimonio. Y nos enseñó a valorar todavía más a cada hijo como un verdadero don y un regalo. Cada nacimiento es realmente un milagro.
La pérdida también nos hizo más conscientes del dolor que llevan dentro tantas parejas que no pueden ser padres debido a la infertilidad. Es un sufrimiento enorme que tampoco suele exteriorizarse demasiado y del que creo que deberíamos hablar más y acompañarnos más.
A nosotros nos gusta repetir que «las contrariedades fortalecen el espíritu» y que nada es en vano. De aquel dolor nació también el fruto de cuidar especialmente nuestro matrimonio, unirnos más a nuestros hijos y maravillarnos cuando descubrimos que la vida volvía a abrirse camino con un nuevo regalo: Lucía. Este embarazo, a pesar de haber sido el más difícil por los riesgos que ha comportado, también ha sido el más consciente. He aprendido a no dar nada por hecho y a vivir incluso cada náusea, cada mareo y cada dificultad desde otra perspectiva.
–Tu cuenta se llama @conlaemede y has explicado que esa «eme» es la de María, como recordatorio de la Virgen. ¿Cómo vives la fe en las cosas del día a día, que también incluyen una discusión matrimonial, una mala noche…?
– En todo lo que publico y escribo me gusta pensar que María está de fondo. Hay momentos en los que soy más consciente y otros en los que lo soy menos, pero ése fue mi propósito desde que abrí la cuenta: tenerla siempre muy presente para mantener los pies en la tierra y no desviarme de la verdadera intención de @conlaemede, que es escribir por y para el Amor. A mí me ayuda muchísimo encomendarme a ella, especialmente durante estos últimos meses de embarazo y en esta etapa de mi vida como madre.
Me gusta imaginar a María durante aquellos primeros años con Jesús, con su ternura y su delicadeza, meditando profundamente todo lo que el Niño decía y contemplando aquel misterio: Dios encarnado en un niño, en su hijo. Debía de sentir tantísimas cosas… Qué responsabilidad tan grande, qué misión y qué llamada. Pensar en ella así me da fuerzas. Me ayuda a intentar ser mejor madre: más paciente, más dulce, más buena y también firme cuando toca poner límites.
Me gusta pensar que Ella es mi referente como madre y que siempre está dispuesta a echarme un cable. En los días malos, no sólo con los niños, sino también cuando Ramón y yo discutimos, pensar en la humildad y en el corazón de María me centra. Me ayuda a ser más sencilla, más generosa y más humilde.