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Gloria G. de la Torre

Gloria G. de la Torre, madre de cuatro hijos, dos de ellos de acogida@clavelesblancosenfamilia

Gloria (32), madre de cuatro hijos, dos de ellos de acogida: «Ser madre no depende sólo de dar a luz»

La historia de Gloria G. de la Torre es de lo más atípica: se casó a los 25, pasó por un proceso de infertilidad, tiene dos hijas de acogida y, para sorpresa de todos, también dos biológicos. Cuenta su testimonio en redes sociales... y en esta entrevista a corazón abierto.

La paternidad tiene muchas más caras de lo que a simple vista parece. Porque, si bien lo normal y más común es tener hijos de manera biológica, la fecundidad de un matrimonio puede abrirse camino por senderos menos transitados, como el de la adopción y el aún más desconocido de la acogida.

Gloria (32 años) y Álex (37) han caminado ya por dos de ellos –la paternidad biológica y el acogimiento temporal– y están en un proceso de acogimiento permanente que dará carta de naturaleza definitiva a la familia que ya forman junto a sus hijos Juan y Martina, y otras dos pequeñas de acogida que por prudencia nos piden ni siquiera citar.

Ambos se casaron muy jóvenes y se toparon con un diagnóstico de infertilidad que iba a poner patas arriba sus planes. Intentaron lograr un embarazo a través de la naprotecnología, pero no surtió efecto. Así que, tras discernirlo mucho, abrieron las puertas de su corazón y de su hogar a dos hermanas de acogida.

Justo entonces, sin terciar ningún otro procedimiento médico, Gloria se quedó embarazada. Y eso que a su historia aún le quedaban muchas sorpresas por escribir.

–Te casaste con 25 años. ¿No te dio miedo dar ese salto tan joven, a pesar de que hoy las parejas cada vez se casan menos, y además lo hacen más tarde?

– Cuando Álex me pidió que me casara con él, no lo dudé ni un minuto. Mi «Sí» fue rotundo. Tenía 25 años y, claro, llegaron los comentarios: que si éramos muy jóvenes, que si había que esperar un poco más, que si «te casaste, la cagaste»... Pero nosotros lo teníamos clarísimo.

Gloria, junto a su marido, Álex

Gloria, junto a su marido, Álex@clavelesblancosenfamilia

Siempre he sido de lanzarme cuando sé lo que quiero. Casarse puede dar vértigo, tengas la edad que tengas, pero yo sabía que quería construir mi vida y formar una familia con el, y ninguna opinión iba a hacerme dudar de eso.

– Ahora, con sólo 32 años, tienes cuatro hijos pequeños, dos biológicos y dos de acogida. ¿En qué momento apareció en vuestra familia la idea de abrir la casa a un niño que necesitaba temporalmente unos padres?

– Aunque desde fuera nuestra familia pueda parecer idílica, para llegar hasta aquí hemos pasado por mucho. La idea de acoger no apareció nada más casarnos. Primero nos encontramos de frente con la infertilidad. Buscamos ayuda a través de la naprotecnología, pero el tratamiento no funcionó y, además, mi salud se complicó hasta acabar con una enfermedad crónica. Fue una etapa durísima. Esperábamos que llegara un embarazo pero no fue así, y nuestro matrimonio llegó a estar tan al límite que tuvimos que parar, vivir aquel duelo y reencontrarnos.

Tiempo después pensamos en la adopción, algo que siempre había tenido cerca y que me rondaba la cabeza. Pero pronto entendimos que ese no era nuestro camino. Y entonces, casi sin buscarlo, apareció el acogimiento. Y nos dimos cuenta de la falta que hacía y de que la mayoría de niños que entran al sistema no necesitan las listas eternas que hay en adopción, sino familias que les acojan, porque si no, pasan toda su infancia, hasta los 18 años, sin vivir el calor de una familia.

–Sin entrar en detalles de vuestras hijas, la acogida tiene algo especialmente exigente: estás llamado a querer a un niño como a un hijo, sabiendo que quizá un día tenga que marcharse. ¿Cómo se puede amar sin protegerse de antemano por miedo a sufrir?

– Esto fue algo que nos costó mucho. Nosotros dos vivíamos completamente organizados, estructurados y planificados. Y dejamos de hacerlo el día que tuvimos claro que nada estaba en nuestra mano. Decidimos confiar y vivir el presente más inmediato, sin pensar en nada más, simplemente disfrutando del ahora y dejándonos hacer.

–Cuando ya estabais en proceso de acogida, llegaron Juan y Martina. ¿Cómo viven la relación Juan y Martina con tus hijas de acogida?

–Juan y Martina son dos pequeños milagros, porque durante mucho tiempo nos topamos con el dolor de la infertilidad. Ahora, los cuatro viven la relación como lo que son: hermanos. Entre los cuatro no hay distinciones. El acogimiento nos hizo familia y el cariño que han construido juntos los hace hermanos de corazón. Y se llevan como hermanos, con todo lo que eso implica: literalmente, ¡o se aman o se matan!

–Desde fuera puede existir cierto temor: «¿Y si mis hijos sufren?», «¿y si aparecen celos?», «¿y si la despedida les hace daño?». ¿Qué les dirías a unos padres que sienten la llamada de la acogida pero frenan precisamente por sus hijos biológicos?

–El miedo a que tus hijos sufran está ahí, y no voy a decirle a nadie que no lo sienta. ¿Qué padre o madre no tiene miedo de que sus hijos lo pasen mal? Pero también me pregunto: ¿Cuántas cosas dejaríamos de hacer si esperásemos a no tener miedo? Nosotros hemos aprendido a abrazarlo. A decirle: «Sé que estás aquí, pero no vas a decidir por nosotros». Nos imaginamos los celos, la despedida, todo lo que podría dolerles… y después nuestros hijos nos sorprenden. Viven las cosas de una manera distinta a la nuestra y, muchas veces, se adaptan mejor de lo que esperábamos.

Gloria y Álex, junto a sus cuatro hijos

Gloria y Álex, junto a sus cuatro hijos@clavelesblancosenfamilia

Eso no significa que no haya que acompañarlos, escuchar lo que sienten y darles su lugar en cada etapa. Significa que el miedo a que sufran no tiene por qué impedirnos abrir la puerta a otro niño que necesita una familia.

–Vuestra vida es mucho más que la acogida. Tus cuatro hijos son pequeños y eso significa rabietas, noches malas, enfermedades, colegios, comidas, cansancio… Esto es algo que, a priori, puede alejar a muchas parejas jóvenes de formar una familia numerosa. ¿Qué ocurre en una vida como la vuestra para que, por así decir, no sólo no salgáis huyendo, sino que la viváis con alegría y felicidad?

–Yo siempre digo que no somos ejemplo de nada. Tenemos días buenísimos y otros en los que lloran los cuatro a la vez, la lían a todas horas, todo sale al revés y yo cogería un avión a las Bahamas sin mirar atrás. Así que ganas de huir, de vez en cuando, también tenemos, como todas las familias numerosas.

Pero creo que hemos aprendido a vivir esta etapa con mucho agradecimiento. Eso no hace que estemos menos cansados ni que no perdamos la paciencia a veces. Cuando a uno de los dos se le olvida, el otro le recuerda: «Esto que hoy te desborda se lo pedías a Dios con todo tu corazón».

Y entonces seguimos con mucho sueño, con ruidos a todas horas y con la casa patas arriba, pero felices de que estén aquí. Porque para nosotros cada uno de nuestros hijos es un regalo inmenso, y es que lo hemos pedido tanto que sólo podemos dar gracias.

–Tendrás perfiles muy diferentes entre los cuatro... ¿Qué has aprendido sobre comportamientos que aparentemente son «malas conductas» pero que en realidad pueden esconder miedo, inseguridad o necesidad de cariño?

–Es terrible, porque sobre todo a los niños de acogida se les tiene metidos en un saco, dando por hecho que todos son niños problemáticos. Nosotros estamos aprendiendo a mirar más allá de la conducta. Un niño no nace sabiendo gestionar lo que siente, ni cómo moverse en un mundo hecho por adultos. Está en prácticas, y la verdad, es que se aprende viviendo, equivocándose y, por supuesto, con alguien que le acompaña.

Eso no significa que todo valga, o que no haya que poner límites. Pero antes de decir «qué mal se porta» o etiquetarlo como un «niño malo», intento preguntarme qué le está pasando. A veces, detrás de una conducta que nos cuesta entender, hay miedo, inseguridad o necesidad de sentirse querido y eso cambia mucho la forma de acompañarlo.

–¿Qué han cambiado tus hijos de acogida en tu manera de entender la maternidad?

– En realidad, como he vivido la adopción muy de cerca, nunca he pensado que ser madre dependa sólo de dar a luz.

Mis hijas de acogida me han enseñado todavía más sobre lo que significa ser madre para mí: estar presente, acompañar, querer, preocuparse, desvivirte por ellos, sentir su dolor como propio y luchar por ellas cuando lo necesitan. Dar la vida a un hijo es algo enorme, pero la maternidad se construye en todo lo que haces por él cada día. Por esto es por lo que se dice que los hijos no tienen por qué nacer de nosotros, sino de nuestro corazón.

Un testimonio abierto a todos

Desde hace años, Gloria y Álex comparten en Instagram su testimonio de paternidad, con un extraordinario celo por la intimidad de sus hijos (de forma particularmente prudente con las dos de acogida). Y con más de 46.000 seguidores en Instagram, logran transmitir a otras familias lo que supone abrir un hogar al acogimiento.
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