Fundado en 1910
José Francisco Trigueros Yelo

Puedes ser un padre de 10 y un mal marido: el error que muchos hombres no ven venir

¿Por qué hay varones que son grandes padres, pero no se ocupan de su esposa? José Francisco Trigueros, divulgador especializado en matrimonio, paternidad y masculinidad, y que suma más de 82.000 seguidores en su cuenta @elmaridodelarubia, reflexiona sobre el error que cometen muchos hombres y cómo solucionarlo.

«¿Se puede ser un buen padre y un mal marido?» pregunta José Francisco TriguerosGetty Images / iStockphoto

Conozco a muchos hombres que son excelentes padres: entregados, que han sabido construir un fuerte vínculo con sus hijos, que les hacen reír, juegan con ellos y son su modelo a seguir.

Sin embargo, muchos de estos hombres hacen aguas como maridos. Pero, ¿acaso puede uno ser el ídolo de sus hijos, ser «el mejor padre del mundo», pero tener a su mujer más quemada que un guiri en agosto?

Vaya que sí. Aunque suene contradictorio, se puede ser buen padre, pero mal marido.

Y es que en nada se parece la relación paterno filial a la conyugal. Porque que nada tiene que ver el amor natural que brota por tus hijos cuando te conviertes en padre, con el amor «de elección» que los maridos hemos de desarrollar por nuestra esposa.

Levantarte por las noches para atender a tu hijo, llevarlo al parque para jugar con él, incluso convertirte en una «princesa Rapunzel» con barba, si lo exige el guion, o acordarte de preparar su fiesta de cumpleaños sorpresa… ni pesan, ni suponen hacer un esfuerzo para un abnegado padrazo. Sale solo.

Ni siquiera los gritos, rabietas, rebeldías adolescentes, desplantes o faltas de respeto de los hijos, por mucho que puedan herir en el corazón de un padre, pueden despertar en él el rencor, o levantar barreras que separen sus corazones; puesto que el corazón de un padre (y el de una madre) está siempre dispuesto a perdonar, amar primero y asumir de antemano que si alguien saldrá perdiendo, serás tú.

Pero, ¡ay, cuando se trata de tu mujer!

No es lo mismo ser padre que pareja. He escuchado de boca de algunas mujeres decir: «Si yo sé que mi marido es un 10 como padre y un buen hombre, pero como pareja deja mucho que desear...».

El motivo es que la relación de pareja es como una plantita: si no la cuidas cada día, y te aseguras de que le dé la luz, de darle agua, abonarla… se estropea.

A los hijos tenemos claro que no les puede faltar afecto, que se tienen que sentir queridos, escuchados, especiales, que nos importan sus asuntos, sus pasiones, que les consolemos cuando estén tristes, que les animemos a dar lo mejor de ellos mismos…

¡Pero espera! ¿No es eso lo mismo que piden nuestras esposas? Entonces, ¿por qué no nos preocupamos por dárselo de la misma forma que a nuestros hijos? Pues por la rutina, porque «ella ya sabe que la quiero», por que el trabajo nos tiene absortos, porque no tengo tiempo, porque estoy cansado, porque tengo prisa, porque me he acomodado, porque «no me lo pide»...

Y quizás esta última sea una de las grandes claves: que nuestra esposa no lo pide. Los hijos no dejan de pedir nunca, pero los adultos no vamos pidiendo que satisfagan nuestras necesidades constantemente.

A este respecto, el buen marido es, sobre todo, un custodio del corazón de su mujer, y debe anticiparse a sus necesidades para hacerla sentir segura. Necesitamos ayudarla a cumplir sus sueños, a sentirse amada, a sentirse valorada y a sentirse deseada. Incluso a ser más santa.

Por desgracia, a los maridos muchas veces se nos olvida cuál es nuestra verdadera misión, y nos dejamos arrastrar por las torrenciales aguas de la era moderna, en la que no tenemos el tiempo para apagar todos los fuegos que se nos presentan en nuestra vida, cuando el fuego más importante, el que verdaderamente tenemos que mantener encendido –la llama del amor de nuestro matrimonio–, se nos va apagando poco a poco. Y cuando te vienes a dar cuenta, ay, solo quedan unas pocas brasas.

Es cuestión de prioridades, y de ser consecuente con ellas.

Puesto que te has casado con ella, pon primero lo más importante: ponla primero a ella. Y ya me cuentas el resultado. Y si quieres bordarlo, antes que a ella, pon a Dios lo primero, y el resto irá como un tiro.