El retraso en la edad de la maternidad ha incrementado el número de «madres sandwich»
¿Eres una «madre sándwich»? Las señales que da un experto para detectarlo
Atienden a sus hijos, acompañan a sus padres mayores y mantienen el trabajo: las llamadas «madres sándwich» soportan una doble carga que puede terminar afectando a su salud.
Por la mañana están pendientes de que los hijos lleguen al colegio, de las extraescolares o de los deberes. Al mismo tiempo, recuerdan la cita médica de su padre, acompañan a su madre o resuelven alguna necesidad nueva relacionada con su salud. Entre unas cosas y otras está el trabajo. También la atención a la relación conyugal. Y, al final de la lista, ellas.
Son las llamadas «madres sándwich», aquellas que se encuentran en medio de dos generaciones que todavía necesitan cuidados: por un lado, los hijos; por otro, unos padres que, con el paso de los años, empiezan a requerir cada vez más ayuda.
El retraso en la edad de la maternidad en España, que se sitúa en un promedio de casi 33 años, ha multiplicado este fenómeno: al alcanzar la edad más exigente de la crianza de los hijos (en torno a los primeros cinco años de vida) a mayor edad, también los abuelos son «más mayores»... y necesitan más cuidados.
¿Resultado? La necesidad de simultanear el cuidado de los hijos y de los padres, con una carga física, organizativa y también emocional.
Ellas quedan lo último de la lista
Como explica Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos, la dificultad principal de quien se encuentra en esta situación no está sólo en la cantidad de tareas: «Sienten cariño y la satisfacción de cuidar, pero a la vez también sienten cansancio y la sensación de no llegar a todo: si están con sus hijos, les preocupa no atender suficientemente a sus padres; si están con sus padres, sienten que les falta tiempo para sus hijos. Entremedias está el desarrollo en el trabajo. Lo último de la lista suele ser su propio descanso, que queda para 'cuando haya un rato'»».
Y cuando esta situación se mantiene durante meses o años, el cansancio puede dejar de resolverse simplemente durmiendo un par de noches más: «No hablamos solo de llegar cansada al final del día, sino de levantarse y sentir que todavía no se ha recuperado del anterior», señala Montero.
Señales de ser «una madre sandwich»
¿Y cómo saber si esta situación, que puede llegar a ser hasta cierto punto habitual, está empezando a pasar una factura excesiva? Dormir peor, irritarse con facilidad, tener problemas de concentración o sentirse cada vez más desbordada pueden ser algunas de las primeras señales.
Y también, indica el experto, empieza a «desaparecer el espacio propio»: quedar con amigas, hacer ejercicio, cuidar la salud o dedicar tiempo a una afición parece siempre menos urgente que cualquier necesidad de los demás.
Y, junto a todo ello, uno de los puntos más delicados: cuando el agotamiento y la sensación de desbordamiento termina afectando a la relación con el cónyuge, y a los hijos.
La sobrecarga entra en la familia
El psicólogo pone varios ejemplos cotidianos: «Una madre puede estar preparando la cena y oyendo cómo le ha ido el día a su hijo, pero con la cabeza en la llamada del hospital que está esperando», apunta.
Y como la familia es el espacio más permeable a las emociones, no es extraño que los propios niños perciban esa sobrecarga y empiecen a contenerse para «no añadir más problemas». Aquello de «No se lo digo a mamá porque ya tiene muchos problemas».
Como indica Montero, cuando esto va más allá de la lógica empatía y comprensión, «supone una carga que no les corresponde ni por edad ni por rol dentro de la familia».
Prevenir antes de llegar al límite
Irritarse por situaciones pequeñas, contestar de una forma que después se lamenta, llorar porque «ya no puede más», dejar de disfrutar de actividades habituales o aislarse de los amigos son otras de las señales de alarma que identifica Montero. Y cuando esos cambios se mantienen durante varios meses, la respuesta no debe ser creer que se debe «aguantar un poco más».
Así, el psicólogo recuerda la necesidad de compartir la carga, tanto física como emocional, con el cónyuge, y recomienda «sacar las tareas de la cabeza» y ponerlas por escrito, para ordenar ideas y prioridades.
También señala la necesidad de repartir responsabilidades entre los hermanos –si los hubiera–, y evitar que el tiempo liberado se llene inmediatamente con nuevas obligaciones.
«La vida de ninguno es más importante que la de los otros», resume. Y cuando aparecen pensamientos como «tengo que poder con todo», «nadie lo hará tan bien como yo» o «si descanso y me cuido soy egoísta», puede ser necesario pedir ayuda profesional para aprender a manejar mejor el estrés y las emociones, concluye Montero.