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La joven relata que, en la universidad, empezó a tratar más a Dios y a quererle cada día un poco más

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Almudena, la hija de Enrique Rojas que lo dejó todo para ser monja de clausura en Ávila

La película Los domingos, gran triunfadora de los Premios Goya, ha devuelto a la actualidad la sorprendente historia de la hija del conocido psiquiatra

La victoria de Los domingos en los Premios Goya ha reabierto una conversación poco habitual: la vocación a la vida de clausura. La película, que se llevó cinco estatuillas (mejor película, dirección, actriz protagonista, actriz de reparto y guion original), aborda una pregunta que sigue despertando curiosidad: por qué una mujer joven decide dejarlo todo para entrar en un convento. El film pone el foco en una idea clave, el amor entendido como entrega total, y su éxito ha hecho que vuelvan a circular testimonios reales.

Entre esas historias, una de las que más comentarios ha despertado es la de Almudena Rojas Estapé, hija del conocido psiquiatra Enrique Rojas y de la notaria Isabel Estapé, y hermana de la mediática psiquiatra Marian Rojas Estapé. Se trata de una familia conocida en ciertos círculos intelectuales y religiosos de Madrid. De hecho, en su casa, según han contado en entrevistas, la religión forma parte del día a día. «Somos católicos practicantes. Entramos en el coche y rezamos el rosario, leemos el Evangelio en familia…». Ese ambiente marcó la educación de sus cinco hijos, aunque nadie imaginaba lo que terminaría ocurriendo con la pequeña.

El psiquiatra Enrique Rojas apoyó a su hija en todo momento

Finalmente, el 16 de noviembre de 2014, Almudena tomó los hábitos y se convirtió en carmelita de clausura en el Monasterio de la Encarnación, en Ávila. Desde ese momento pasó a llamarse Hermana Almudena María de la Esperanza. La escena sorprendió a muchos, pero también tenía un detalle casi irónico: durante casi un año fue considerada la monja más rica del convento por el poder adquisitivo de su familia, algo que contrasta con los votos de pobreza, castidad y obediencia que acababa de pronunciar. Hasta entonces su vida estaba muy lejos de la clausura y del silencio de los conventos. Había estudiado Derecho y pensaba opositar para juez. «Yo tenía en mente dedicarme al Tribunal de Derechos Humanos o a la política», explicaba antes de entrar en el monasterio.

Sin embargo, su camino no empezó con una vocación clara. En un vídeo grabado antes de iniciar la clausura, la joven reconocía que estaba bastante lejos de Dios. «Era egoísta, criticaba mucho a la gente, ni siquiera me sabía el nombre de las niñas con las que vivía en el colegio mayor», confesaba. Durante sus años de universidad en Pamplona, algo empezó a cambiar. «Empecé a tratar a Dios y a quererle cada día un poco más. El problema fue que empecé a ver que podía pedirme algo más y eso me pareció horrible». El miedo llegó a ser tan fuerte que incluso tomó una decisión radical. «Fui a una capilla y le dije que prefería no creer antes que decirle que sí a cualquier cosa».

Con el tiempo, su vida dio un giro inesperado. Casi sin pensarlo demasiado, se apuntó a unos ejercicios espirituales. Pensaba que sería una forma de reconciliarse consigo misma sin comprometerse demasiado, pero aquella experiencia terminó removiéndolo todo. «Sentí que Dios me pedía algo más». Fue entonces cuando entendió que tenía dos caminos posibles: ser numeraria del Opus Dei o convertirse en carmelita descalza. Finalmente eligió lo segundo.

Su rutina dentro del monasterio es distinta a la que llevaba antes

La noticia cayó como una bomba en casa. Su padre lo ha contado con absoluta sinceridad. «Me quedé de piedra. No me lo esperaba en absoluto. Almudena era una chica moderna, divertida, que viajaba por todo el mundo. Que de pronto te diga que se encierra de por vida tras una reja es algo que, como padre, te rompe los esquemas». A pesar de la sorpresa, la familia terminó apoyando la decisión, aunque le pidieron una cosa antes de dar el paso definitivo: que terminara la carrera.

Hoy, años después, la visitan aproximadamente una vez al mes en el convento. Las conversaciones se producen tras la reja del locutorio, como manda la tradición de la clausura. Según ha contado su padre, lo que más le ha sorprendido es el cambio que percibe en su hija. «Tiene una alegría enorme y una paz interior que incluso a mí me sorprende».

La rutina dentro del monasterio es radicalmente distinta a la que llevaba antes. No hay televisión ni internet, tampoco calefacción, y la alimentación es muy sencilla, sin carne. Las horas transcurren entre la oración, el trabajo y el silencio. Leer novelas o escribir cartas se convierte en una forma de viajar sin salir de los muros del convento. «Estoy acostumbrada a viajar por el mundo. Ahora lo haré a través de la oración, pero siempre desde un mismo sitio».

Además, el lugar donde vive tampoco es cualquiera. El Monasterio de la Encarnación está profundamente ligado a la historia de Teresa de Jesús, que ingresó allí en 1535 y vivió durante 27 años antes de iniciar su famosa reforma del Carmelo. Un convento cargado de historia y espiritualidad que ahora, curiosamente, vuelve a despertar interés público.