Carlos III con Donald Trump en el despacho Oval en la Casa Blanca
El tirón de orejas a Carlos III del experto en moda Derek Guy por su traje
El Rey de Inglaterra ha protagonizado un patinazo estético durante su visita oficial a EE.UU.
Lo que debía ser un histórico viaje de Estado para conmemorar los 250 años de independencia americana se ha visto empañado por un detalle que, para los puristas de la moda, resulta sencillamente imperdonable. Durante una reunión en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Carlos III se dejó ver en el segundo día de su visita oficial luciendo un traje tan arrugadísimo que parecía haber sobrevivido a una pelea en la bodega de carga. El morbo estaba servido: en un monarca que roza la obsesión por el detalle, del que se dice que exige que se planchen hasta los cordones de sus zapatos y que el agua de su baño esté siempre a una temperatura inamovible, aparecer ante Donald Trump con semejante aspecto se ha interpretado como un descuido impropio de quien ha ostentado durante décadas el título de ser uno de los hombres más elegantes del mundo.
La humillación pública no tardó en materializarse a través de Derek Guy, el influyente experto en moda masculina y azote de la elegancia descuidada en X. Ante la pregunta de un usuario que se cuestionaba si Su Alteza Real había embutido el traje en una bolsa de mano, Guy no tuvo piedad al afirmar que, aunque el soberano se viste mejor que la mayoría, ese traje en particular no se veía nada bien. El analista del The New York Times apuntó directamente a un fallo del ayuda de cámara, señalando que alguien prefirió pasar un vaporizador por la prenda en lugar de darle un buen planchado. Es un error que puede ocurrir al viajar, pero resulta incomprensible en una figura de su rango, que cuenta con este asistente personal de alto nivel encargado exclusivamente de custodiar su imagen y su armario. No hablamos de un simple mayordomo, sino del guardián del protocolo físico del monarca, cuya misión principal es evitar, precisamente, este tipo de desastres.
Para el influyente crítico, este episodio es el síntoma de una deriva mayor. Sostiene que, desde que Carlos III rompió con su sastre principal hace dos décadas, el armazón de sus trajes resulta poco estructurado, una crítica feroz para quien representa la cuna de la sastrería mundial. Aunque el experto reconoce ser un gran admirador de cómo se vestía el monarca en los años ochenta y noventa, lamenta que esa maestría técnica se haya diluido en sus apariciones actuales hasta volverse algo flácida.
El análisis adquiere tintes dramáticos al comparar la figura de Carlos con la de su padre, el Duque de Edimburgo, o incluso con la de Felipe VI de España, por quien Derek Guy siente una devoción confesa. Mientras que el Rey de España es señalado como el estándar de oro de la perfección, Carlos III empieza a ser visto como un monarca cuya ropa, aunque proceda de Savile Row (la calle más prestigiosa de la sastrería global), ya no le sienta del todo bien. A pesar de que el soberano presume de practicar la moda lenta y de remendar sus trajes durante más de cuarenta años, este exceso de confianza y el apego al pasado le han jugado una mala pasada en Washington.
Técnicamente, el traje tenía el potencial de ser una lección de maestría gracias a su chaqueta de botonadura simple con raya diplomática fina, diseñada para estilizar la figura y transmitir una autoridad ejecutiva indiscutible. La camisa de cuello impecable y la corbata de seda celeste plateada intentaban salvar un conjunto que, en teoría, debería haber sido un triunfo diplomático, pero que acabó sucumbiendo ante la falta de una buena plancha.