El cantante Bad Bunny en una imagen de archivo
La vida de Bad Bunny en Madrid fuera del escenario: el restaurante y la tienda donde se le ha visto
El desembarco de Bad Bunny en España ha dejado de ser una simple gira musical para convertirse en un fenómeno social absoluto que ha paralizado el país. Con doce conciertos que colgaron el cartel de sold out casi al abrirse las taquillas —dos citas históricas en el Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona y un impresionante home run de diez fechas consecutivas en el Metropolitano de Madrid—, el puertorriqueño está haciendo historia en nuestro país.
Aprovechando su estancia en Madrid, el cantante ha compaginado sus conciertos con planes junto a Marta Ortega. El último tuvo lugar el pasado viernes 29, en una de las cenas más comentadas de los últimos días cerca del Santiago Bernabéu. La cita, organizada por la presidenta de Inditex, clienta habitual del restaurante, y su marido, Carlos Torretta, tuvo lugar en Bascoat, el restaurante de inspiración gascona y vasca liderado por Rodrigo García y Nagore Irazuegi, en pleno Paseo de la Habana. En este ambiente de absoluta privacidad, que se prolongó durante más de dos horas, el cantante demostró que su estrecha amistad con la empresaria va mucho más allá de su alianza con el gigante textil.
Según pudo saber El Debate, el grupo pidió anchoas artesanales en salazón AGUR (39 euros las seis piezas de autor aderezadas con pimienta negra y vinagre de txakolí), seguidas por la ya famosa Gilda 2.0 de Arima, una explosión que combina mahonesa de piparra con crema de aceituna y perlas de aceite. Benito, guiado por el paladar de una Marta Ortega que juega en casa al ser clienta habitual, continuó el desfile con la tartaleta de kiskilla cruda marinada en espelette y oloroso, la sorprendente tortillita de chorizo de Diego Guerrero con su interior líquido de Joselito, el talo de maíz con tartar de vaca, los champiñones confitados a la bourguignon y un refrescante túnido crudo en salpicón con jugo de escabechada.
Marta Ortega en La Casita
También hubo espacio para el pescado, con un lenguado y un rodaballo a la parrilla. Sin embargo, el verdadero idilio de la noche se selló con la carne. Desde Bascoat aseguran que Bad Bunny quedó especialmente impresionado por la chuleta de vaca Simmental Dry Aged, una espectacular pieza asada a la parrilla con 35 días de maduración en seco y un precio de 125 euros el kilo.
Más allá de sus preferencias gastronómicas, los responsables del establecimiento destacan que el puertorriqueño se mostró cercano, educado y con los pies en la tierra, llegando incluso a saludar y agradecer personalmente el trabajo del jefe de cocina. Un gesto que sorprendió gratamente al equipo del restaurante. «Se le ve una persona que mantiene sus valores y que le gusta la gastronomía», nos confiesan.
Esta velada no es más que el reflejo de la burbuja blindada de privacidad en la que se mueve el artista durante su estancia en Madrid. Instalado en el histórico y señorial Mandarin Oriental Ritz, a un paso del Triángulo de Oro de los museos, Bad Bunny alterna sus maratonianos conciertos de casi tres horas con escapadas donde la gastronomía mediterránea y japonesa es su principal refugio. Y aunque sus fans peregrinan a las puertas de su hotel esperando un milagro en forma de foto, el cantante prefiere dosificarse y pisar el asfalto solo por motivos de peso, como su paso de incógnito por la tienda de Zara en la mítica calle Fuencarral para comprobar en primera persona cómo ha cobrado vida la colección cápsula que ha diseñado en colaboración con la firma gallega.
Esta complicidad única que se respira en privado también se trasladó a la pista de baile del propio estadio, concretamente en la cotizada zona VIP conocida como La Casita. Allí, entre una multitud de celebridades que se peleaban por aparentar estatus ante los focos, se pudo ver a una Marta Ortega resguardada detrás de una columna y un tanto incómoda.