25 de septiembre de 2022

Tráfico de esclavos en el campamento de los eslavos orientales, pintura de Serguéi Ivanov

Tráfico de esclavos en el campamento de los eslavos orientales, pintura de Serguéi IvanovWikimedia Commons

La lucha contra la esclavitud en la Europa cristiana de la alta Edad Media

El inicio de la abolición de la esclavitud, más allá de la denuncia pionera de esta lacra por el Papa Pío II y por frailes españoles dominicos y franciscanos, tuvo lugar en la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII de la mano de dos activistas cristianos

En la historia del fin de la esclavitud en Occidente, que es también la historia del comienzo del fin de la esclavitud legal en el resto del mundo, podemos señalar varios hitos. El primero, ciertamente, es la epístola de San Pablo a Filemón (año 60), el primer documento público antiesclavista de la historia. En ella el Apóstol intercede por un esclavo fugado, Onésimo, escribiendo a su amo: «Tal vez él se apartó de ti por un instante, a fin de que lo recuperes para siempre, no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano amado». Onésimo sería manumitido y se convertiría en obispo de Éfeso para morir mártir.
El inicio de la abolición de la esclavitud, más allá de la denuncia pionera de esta lacra por el Papa Pío II y por frailes españoles dominicos y franciscanos, tuvo lugar en la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII de la mano de dos activistas cristianos: el diputado William Wilberforce y el reverendo Thomas Clarkson. Pues bien, algunos de los primeros indicios históricos de un activismo contra la infame trata de esclavos proceden precisamente de la Inglaterra altomedieval, sumida en la relativa barbarie de los reinos anglosajones, pero donde el Cristianismo sembró una conciencia ética que terminaría por dar fruto.
El Registrum de San Gregorio Magno indica que este gran Papa, el primer benedictino en el solio pontificio, ordenó la compra en los mercados de esclavos de la Galia merovingia de muchachos anglosajones de 17 o 18 años y luego fueran educados en monasterios para el servicio de Dios. En este sentido, es bien conocido el episodio narrado por Beda el Venerable en su Historia Ecclesiastica (II,1), en el que este Papa rescata niños anglosajones del mercado de esclavos de Roma. Conocer a estos niños esclavizados procedentes de los reinos anglosajones paganos, fue, según Beda, lo que le habría decidido a enviar la misión que evangelizaría la Inglaterra sajona y cambiaría la historia de Europa.

La redención de prisioneros de guerra y esclavos siguió siendo considerada una obra particular de caridad cristiana

La redención de prisioneros de guerra y esclavos, si bien no tan activa como en la brillante época cristiano-romana de la Antigüedad Tardía, siguió siendo considerada una obra particular de caridad cristiana (una forma de eleemosyna) en la no tan «oscura» Alta Edad Media de los reinos germánicos. De este modo, a varios santos merovingios les atribuyen sus hagiógrafos la realización de obras de redención de cautivos y a veces se hace mención especial de los esclavos traídos del extranjero, de los cautivos de la Britania anglosajona.
Cautivos árabes ante el emperador bizantino Romano III

Cautivos árabes ante el emperador bizantino Romano III

En efecto, diversas Vitae de santos de la Galia franca tales como Richario, Eligio, Armando y Filiberto describen esta forma de caritas con los esclavos y cautivos. Eligio, orfebre y maestro de una Ceca (lugar de acuñación de moneda), antes de convertirse en sacerdote, realizó espectaculares rescates de esclavos, hombres y mujeres. En una ocasión llegó a comprar todo el cargamento de un barco esclavista, un centenar de anglosajones (Vita Eligii, I,10 y IV,677). Al año siguiente fue promovido a la sede episcopal de Noyon, donde sería obispo entre 641 y 660.
En la propia Inglaterra anglosajona, la lucha contra la esclavitud avanzó de la mano de la evangelización de la Isla. Si en los primeros siglos, al igual que sucedía en la Antigüedad Clásica, la esclavitud podía imponerse a un convicto como castigo penal pues no había prisiones, pronto se comenzó a limitar esta práctica. De acuerdo con las leyes del rey Wihtred de Kent (695) un hombre libre atrapado en el acto de robar podía ser ejecutado, pero también se podía establecer su wergeld (precio de sangre), y ser vendido al otro lado del Canal de la Mancha. Sin embargo, si prestamos atención a las leyes del Rey Ine de Wessex (688-726), vemos como la legislación de este monarca cristiano estableció, por vez primera, la prohibición de vender esclavos sajones en el extranjero. Por supuesto, la trata de esclavos persistió durante los siguientes siglos, pero eran ya esclavos traídos más allá de las fronteras de los reinos anglosajones. Con todo, lo cierto es que se convirtió en ilegal en la Inglaterra cristiana vender esclavos cristianos fuera de sus fronteras. Entre otras cosas porque en los territorios paganos continentales todavía se sacrificaban esclavos a sus dioses.
Lo mismo sucedió en el mundo carolingio un siglo después, cuando, en tiempos de Carlomagno, comenzó a perseguirse la trata de esclavos cristianos. Las víctimas de la trata eran ahora principalmente eslavos occidentales, procedentes del Elba medio, Bohemia y Dalmacia. Mujeres eslavas y eslavos castrados en la Praga pagana eran conducidos a los mercados de esclavos francos de Verdún o Lyon, donde los tratantes procedentes de Al-Andalus les compraban para venderlos en Córdoba, o para embarcarlos en Narbona, para su envío a Egipto o Siria, por aquel entonces países mucho más ricos que los reinos occidentales. Las concubinas del norte de Europa y los eunucos eran allí muy valorados. De hecho, en latín medieval la palabra para «eslavo», sclavus, acabó por significar «esclavo» a mediados del siglo X, sustituyendo al anterior término: servus.
La más célebre de todos estos esclavos altomedievales fue una mujer, Batilda (Bealdhild), una bella doncella anglosajona de origen aristocrático vendida, en extrañas circunstancias, al otro lado del Canal de la Mancha a un bajo precio para servir en la domus del mayordomo de palacio de Neustria, Erchinoaldo, en concreto como criada de su esposa. Una auténtica tragedia griega.
Batilda

Batilda

Sin embargo, su destino cambió. Debido a su gran belleza, el Rey Clodoveo II de Neustria (639-657) se fijó en ella, la manumitió y la convirtió en su consorte (año 649). Como reina no solo fundó los monasterios de Chelles (femenino, cerca de París) y Corbie (Picardía), sino que también se dedicó a las obras de caridad con los pobres, al rescate de esclavos y la redención de cautivos, sobre todo aquellos procedentes de su isla natal. Cuando Clodoveo murió, se convirtió en regente durante la minoría de edad de su hijo Clotario III. Tras ser regente del Reino de Neustria durante la minoría de su hijo, profesó en la abadía de Chelles que ella misma había fundado, donde de acuerdo con la Vita Sancti Bathildis, pidió encargarse de atender con sus propias manos a los pobres y los enfermos. Dos siglos después de su muerte fue canonizada por el Papa Nicolás I (año 880). 
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