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16 de abril de 2024

Desastre de Annual

Miembros españoles en la expedición de Annual

De la 'paz chiquita' al protectorado: la difícil relación de España con Marruecos

Alfonso XIII, Miguel Primo de Rivera o Francisco Franco tuvieron distintas maneras de tratar con nuestro vecino del sur

«Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo». Esta frase del general Franco puede hacerse extensible a nuestra Historia contemporánea. Durante casi dos siglos Marruecos ha obsesionado a España. En 1859, las posesiones norteafricanas españolas sufrieron un nuevo ataque fronterizo, algo habitual desde hacía décadas. Sin embargo, este fue diferente. El gobierno de O’Donnell lo empleó como excusa para declarar la guerra a Marruecos.
Los españoles recibieron la noticia con una alegría inusitada. La excitación patriótica se contagio rápidamente a todo el espectro político: progresistas y republicanos apelaban a la misión civilizadora y modernizadora en África, mientras los moderados hacían hincapié en la evangelización. Isabel II se convertía en una nueva Isabel la Católica, que llevaba la civilización y el catolicismo a tierras subdesarrolladas y paganas.
El fervor nacionalista duró poco. La conocida con el grandilocuente nombre de Guerra de África acabó resumida en la fórmula «Guerra grande, paz chiquita». El triunfo no se materializó en las conquistas que todo el mundo esperaba, pero sirvió para mantener a España a flote en el plano internacional. A cambio, las posesiones españolas se vieron hostigadas, prácticamente sin descanso, por las cabilas marroquíes. En 1893 esos enfrentamientos derivaron en la llamada Guerra de Melilla, una escaramuza que le costó la vida al general Juan García-Margallo, bisabuelo del que fuera ministro de Asuntos Exteriores del Partido Popular. En este conflicto también destacó un joven teniente llamado Miguel Primo de Rivera.
Tras el desastre del 98, los territorios en África fueron creciendo en importancia, hasta tal punto que el propio Alfonso XIII intervino directamente en la cuestión, recibiendo por ello el sobrenombre de El Africano. La frontera sur comenzaba a ser una de las obsesiones, en cuanto a seguridad, de los dirigentes españoles, una fobia que se ha mantenido hasta la actualidad.

Miguel Primo de Rivera fue uno de esos militares que pensaban que España debía renunciar a Marruecos

No obstante, a comienzos del siglo XX el interés por controlar parte de Marruecos se hallaba, por un lado, en que otorgaba cierta capacidad negociadora en el plano internacional, como se pudo apreciar en conferencias como la de Algeciras o Fez, donde Francia y España establecieron sus esferas de influencia sobre Marruecos. Por otro, los recursos económicos eran apetecibles para familias españolas bien posicionadas, incluyendo al propio monarca. Sin embargo, las cabilas armadas hacían necesaria la intervención constante del ejército. Desastres como el de 1909 en el barranco del Lobo o el de Annual en 1921, en los que murieron miles de soldados españoles, generaron un creciente malestar entre la población, reacia a seguir combatiendo.
Las tesis abandonistas llegaron incluso al ejército, cada vez más dividido entre africanistas y peninsulares, configurando un escenario peligroso y que se mostrará en toda su crudeza en la Guerra Civil. Miguel Primo de Rivera fue uno de esos militares que pensaban que España debía renunciar a Marruecos, pero su ascenso al poder cambió su perspectiva. En 1925, en una operación conjunta con los franceses en Alhucemas, logró derrotar a los rifeños de Abd el Krim, poniendo fin a unos conflictos enquistados desde tiempo atrás.
Firma del tratado de independencia de Ifni

Firma del tratado de independencia de Ifni

Pese a la pacificación, los contingentes militares destinados seguían siendo numerosos. Allí se curtieron las fuerzas mejor entrenadas y experimentadas, tal y como se demostró en la contienda civil de 1936. Bajo el régimen de Franco, el protectorado no causó graves contratiempos hasta 1956. Ese año, Francia reconoció la independencia de su protectorado en Marruecos y España se vio obligada a hacer lo mismo, retirándose a las plazas de Ceuta y Melilla. Desde entonces, y pese a las relaciones cordiales, empañadas por el conflicto en Ifni hasta 1969, o el del Sáhara, aún vigente, el vecino del sur no deja de preocupar a los gobiernos españoles.
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