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13 de abril de 2024

Agricultores españoles segando

Agricultores españoles segando

Historia de la agricultura española

Los problemas de los agricultores españoles no son de ahora, algunos tienen una dilatada historia (II)

En 1867 se habían expropiado 200.000 fincas rústicas, que supusieron casi ocho mil millones de reales para las arcas públicas

Además de la desamortización de Mendizábal hubo otras dos oleadas confiscatorias. La segunda se produjo con la llegada al poder del Partido Progresista y del general Espartero en 1841. Se centró en los bienes de clero secular, que habían salido relativamente indemnes de la primera. Tuvo menos impacto en la agricultura, en parte por la escasa duración del gobierno progresista, víctima de la inestabilidad generada por su errático desempeño.
Vino después la década moderada, casi 10 años de relativa estabilidad que produjeron una de las mayores etapas de crecimiento de nuestra historia. El progreso general fue beneficioso para el sector agrario con la reactivación de las inversiones, la protección arancelaria de productos de primera necesidad y la creación de nuevos mercados gracias a la mejora de las comunicaciones, (ferrocarril y navegación a vapor). En estos años se extendió el cultivo de los cítricos, del arroz, de la patata y del maíz. Particular importancia tuvo la extensión de la viticultura y las mejoras tecnológicas que convirtieron al vino en uno de nuestras principales exportaciones.
La excepción la constituyó la ganadería, golpeada por la desaparición de la Mesta, debilitada por la exportación fraudulenta a Francia de las ovejas merinas durante la guerra con la República francesa de 1795 - 1798. Su difusión por Europa dio el golpe de gracia a un monopolio que había sido de importancia estratégica para España pues su excelente lana había constituido secularmente una de las principales exportaciones españolas.
Pero el desarrollo tuvo también puntos flacos. La mejora de la alimentación se tradujo en un importante incremento demográfico con especial incidencia en el mundo rural. En este caso fue la legislación hereditaria un factor perjudicial. La continua división de los patrimonios hereditarios acabó produciendo explotaciones de reducida dimensión y excesiva parcelación. Incluso todavía en 1960 la dimensión media era de tan solo 15 Has. Esta dimensión hizo muy difícil el desarrollo, e incluso la supervivencia, de muchas de ellas. Aún hoy la dimensión de las explotaciones españolas es inferior al 67 % de la media de la U.E. Esto nos conduce a uno de los principales problemas de los agricultores españoles: la atomización de la oferta. Una miríada de pequeñas explotaciones que tienen que afrontar, en inferioridad de condiciones, un mercado dominado por los grandes compradores
La década moderada finalizó con la revolución de 1854, la Vicalvarada. Volvieron los progresistas al poder y con ellos llegó otra catástrofe: la desamortización de 1855, conocida por el nombre del funesto ministro de Hacienda que la protagonizó: Pascual Madoz.
Esta vez le tocó el turno a «todos los bienes del Estado, del clero, de las órdenes militares, cofradías, obras pías» y los bienes comunales de los pueblos. Fue mucho más dura y tuvo mayor alcance que las anteriores. Para 1867 se habían expropiado 200.000 fincas rústicas, que supusieron casi ocho mil millones de reales para las arcas públicas. Más del doble que la de Mendizábal.
De los patrimonios expropiados, el 50 % correspondía a los bienes de «propios y comunes». El método de reparto estuvo tan viciado como en las anteriores desamortizaciones, beneficiando a los grupos sociales con suficiente capacidad financiera. Las consecuencias para los núcleos rurales fueron especialmente onerosas. Los bienes comunales constituían una importante fuente de ingresos de los pequeños ayuntamientos, que solían arrendar parcelas a precio muy reducido personas desfavorecidas, También podían extraer gratuitamente de los terrenos comunales recursos imprescindibles: Madera para construir su vivienda, leña, recolección de frutos, pastos para el ganado familiar.
Las consecuencias económicas y sociales fueron fatídicas: Incremento del latifundismo, exclusión de los más desfavorecidos, ruina de los municipios, hambre y miseria. También se produjo la destrucción inmisericorde de sistemas de vida y organización populares de autogestión centenarios. Todo ello en beneficio de los grupos sociales más enriquecidos que pudieron disponer a su antojo de los bienes adquiridos. Ello nos lleva a otra de las nefastas consecuencias de esta desamortización: El desastre ecológico.
Algunos autores han descrito lo sucedido en esta época como un expolio de los campos en beneficio de las ciudades. Algo de razón tienen. Las ciudades estaban creciendo a fuerte ritmo, impulsadas por los procesos económicos de fondo: La industrialización, los nuevos sistemas financieros, la mejora de las comunicaciones. Los emigrantes que afluyeron a las ciudades huyendo del hambre, suministraron la mano de obra barata para alimentar el proceso. Los extensos bosques comunales arrasados contribuyeron con madera para la construcción y carbón vegetal para las industrias y las chimeneas de las mansiones urbanas.
Una parte de los bosques se transformó en tierras de cultivo, con efecto beneficioso en algunos casos. Sin embargo en otros la mala calidad de los terrenos obligó a su abandono en pocos años, conduciendo a áridos páramos, en alguno denlos cuales llegó a haber hasta ¡dunas!. Un desastre ecológico provocado por la intensa deforestación: desaparición de especies, aumento de la erosión, modificación del régimen de precipitaciones, desertización. Cuando los regeneracionistas del XIX empezaron a promover la repoblación forestal, calcularon que su coste sería mucho mayor que los recursos obtenidos de las expropiaciones. Acertaron en su predicción.
Además el proceso no se detuvo por los cambios de gobierno. Los moderados, ahora conservadores de la Restauración, se unieron entusiásticamente a un proceso que favorecía a las clases burguesas que les apoyaban. De hecho la ley de Madoz no se derogó hasta 1926. El cambio de siglo encontró una agricultura española escindida entre un sector próspero, orientado al mercado, y otro, mucho más extenso, empobrecido y en gran parte miserable. Una escisión que iba a tener graves consecuencias sociales. Las veremos en el próximo artículo.

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