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23 de junio de 2024

La batalla de Toro

La batalla de ToroFrancisco de Paula van Halen (1814 – 1887)

Grandes gestas de la Historia

La Batalla de Toro: tres horas de guerra que cambiaron el devenir de la Península Ibérica

La batalla de Toro se considera un empate técnico desde un punto de vista militar, pero para los isabelinos fue más que una victoria

La batalla de Toro aunque no sea muy conocida marcó el destino no solo de España y Portugal, sino el de la historia mundial. Todo empezaría con un problema sucesorio. En 1462 nacía Juana, hija de Enrique IV de Castilla y como su única descendiente se convertía en la sucesora legítima del rey. El apodo del Monarca, El impotente, hizo que pronto se negase que él pudiera ser su padre. Hubo quienes fueron más lejos y atribuyeron directamente su paternidad a un noble de la corte Beltrán de la Cueva y, por eso, se le dio a la niña el sobrenombre de 'La Beltraneja'.

La facción de la nobleza que la acusaba de bastardía se posicionó en contra de su condición de heredera y como solución intermedia propuso como sucesor a Alfonso, hermano menor del rey, con el compromiso de casarse con Juana.  Pero el problema resurgió con el fallecimiento inesperado de Alfonso. A la muerte del monarca, la corona debería recaer en Isabel, también hermana de Enrique.

Desde niña, Isabel había demostrado un carácter firme y sólidos valores que atrajeron a su alrededor a un importante sector de la nobleza. Mujer de armas tomar consiguió que en el tratado de los Toros de Guisando su propio hermano Enrique la nombrase su sucesora, pero no respetó el debido permiso real para contraer matrimonio y, se casó en secreto con Fernando, el sagaz y avezado príncipe heredero del segundo reino más importante de la península: el Reino de Aragón.

Las alianzas de Castilla

Al morir Enrique IV, Isabel fue nombrada Reina y ocupó el trono de Castilla hasta 1475, pero, entonces, los partidarios de la Beltraneja tuvieron una idea genial: casarían a Juana –apenas una niña– con su tío Alfonso V, Rey de Portugal. Amante de la guerra y conocido como 'El Africano' por sus conquistas, podría –vía militar– conseguir posicionar a la niña en el trono y con ello uniría bajo su mando los reinos más grandes de la península ibérica.

Así, la nobleza leonesa y castellana, altos cargos de la Iglesia católica y señores feudales fueron dividiendo sus lealtades entre uno y otro bando. Se intentó negociar, pero todo fue en vano y se iniciaría una guerra civil. El conflicto, que tomaría el nombre de la Guerra de Sucesión Castellana, tuvo proyección internacional y se lucharía por tierra y por mar con el objetivo de repartirse el suculento botín que suponía alzarse con el Reino de Castilla, uno de los más poderosos de la Europa del siglo XV. El enfrentamiento acabaría determinando no solo el rumbo de los reinos en liza, sino también el de la historia mundial.

Escenario de la batalla de Toro

Escenario de la batalla de Toro

Los ejércitos empieza a moverse

En 1475 el Rey luso, Alfonso V, cruzaba la frontera con un ejército de 20.000 hombres, se casaba con Juana y se proclamaba Rey de Castilla, pero se encontró con dos obstáculos. Por un lado, Fernando de Aragón ya había organizado eficazmente a sus huestes y, por otro, su esposa no contaba con los apoyos que preveía.

Durante los diez meses en que los que ejército portugués se iba desplazando desde Extremadura hacia el norte, sus enfrentamientos con el ejército castellano se limitaron a la ocupación de plazas estratégicas como Burgos o a buscar adhesiones. Por eso, antes de pasar a una acción más contundente fijó su campamento en la villa fortificada de Toro.

En un año fue aumentando sustancialmente sus tropas. Su propio hijo, el infante Juan contribuiría con 10.000 efectivos entre soldados de a pie y caballeros. Verse con un ejército tan numeroso le hizo decidirse a conquistar Zamora, donde Fernando, más tarde llamado el Católico, ubicaba su ejército. De ahí partiría a Burgos donde enlazaría con el contingente francés enviado en su apoyo por Luis XI de Francia –que estaba enfrentado a Aragón por la cuestión de Rosellón y Cerdaña–.

Las semanas pasaban y Zamora no caía, pero no solo porque los isabelinos presentaban resistencia, sino porque el frío intenso y las lluvias neutralizaban la energía de los atacantes. En esta tesitura llegaron noticias relativas a la capitulación de Burgos, lo que llevaría a Alfonso a ordenar el levantamiento del campamento y regresar a Toro el 1 de marzo. De Zamora a Toro distaban apenas cuatro horas de viaje y Fernando, decide que es la oportunidad que no debe dejar escapar. Lanza las tropas en su persecución y le alcanza a una legua (unos 5 kilómetros) de la ciudad, en la llanura de Peleagonzalo. En aquel lugar le obligaría a entrar en combate.

Batalla de Toro

Batalla de ToroBiblioteca Nacional de Portugal

El lugar donde se situaron las tropas

Fernando, al frente de sus tropas, dirigirá el escenario con lo más potente de su ejército. Para el centro elige a su guardia mayor, las tropas gallegas del Conde de Lemos, y las milicias de Salamanca, Zamora, Ciudad Rodrigo, Medina del Campo, Valladolid y Olmedo. A su derecha, posicionó a siete escuadrones de nobles castellanos con caballería ligera y a las huestes de Fonseca, obispo de Ávila. Y a su izquierda, se situaron los de a pie, dirigidos por el duque de Alba y el almirante de Castilla.

Cuentan las fuentes castellanas que al aragonés la lucha por los derechos de su mujer le enardecían y como caballero de honor intentó hasta el último momento salvar la vida de sus soldados, llegando a ofrecerse a resolver la lucha en singular combate cuerpo a cuerpo con el rey Alfonso, pero sus consejeros se lo impidieron. «Frente por frente» a Fernando, comparecía el ejército luso con Alfonso a la cabeza.

Alfonso, situado en el centro iba rodeado de la facción castellana que apoyaba a la Beltraneja. A su izquierda iba su hijo, el infante Juan de Portugal, con el obispo de Évora y lo más granado de su ejército, unos 800 jinetes pesados e incluía un gran número de ballesteros y una potente artillería . A la derecha, estaban las huestes dirigidas por Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo.

Fueron solo tres horas, una batalla corta, pero en extremo sangrienta. Una lucha donde dos mil hombres pelearon bajo una lluvia torrencial, niebla intensa y en la que la oscuridad de la noche lo que aumentaba la confusión del combate. Muchos soldados portugueses huían despavoridos, otros caían ahogados y otros eran rematados al pie del puente del Duero. Incluso hubo un episodio cruento en el que a Don Duarte de Almeida se le arrancó el estandarte luso cortándole de un tajo ambas manos. Las tropas comandadas por Alfonso acabaron siendo derrotadas por lo que ordenó toque de retirada del campo de batalla y puso rumbo a Toro.

Primer hospital de campaña.

Primer hospital de campaña.Museo del Ejército

Sin embargo, el ejército de su hijo Juan seguía combatiendo con valentía manteniendo a raya al atacante durante horas y pudo aplastar al ala derecha castellana. Aguantó frente a Toro donde se replegó al amanecer haciéndose con un gran número de prisioneros. Un heroísmo plasmado en una carta que Fernando envió a Isabel, donde le explicaba que «Si no viniera el pollo, preso fuera el gallo». Se refería a que si no fuese por el hijo el padre habría sido capturado ipso facto.

¿Empate técnico o gran victoria?

La batalla de Toro se considera un empate técnico desde un punto de vista puramente militar, pero para los isabelinos fue más que una victoria que se vería impulsada por un arma muy moderna y eficaz: la propaganda. Fernando mandó correos a todas las ciudades dando la noticia de la gran derrota de las tropas portuguesas. Los partidarios de la Beltraneja comenzaron a cambiar de bando, llegó la deserción de soldados, las tropas de Fernando iban aumentado y los portugueses se vieron aislados.

Ante la evidencia de que nadie acudiría en su auxilio, el contingente sitiado en Toro terminó rindiéndose. La capitulación se producía el 9 de octubre de 1476 y las tropas se retirarían a Portugal con la reina Juana. Descabezada la facción beltranejil en Castilla, sus partidarios juraron fidelidad a Isabel. No fue por tanto una victoria espectacular, y los portugueses siguieron durante un tiempo hostigando a los castellanos, pero sí lo fueron sus consecuencias para el futuro de las Coronas de Castilla y Aragón, y dejó en evidencia el valor de un Fernando que, pese a su juventud, destacaba como consumado estratega. Tanto que fuentes apócrifas lo convirtieron popularmente en el modelo de El Príncipe de Maquiavelo.

Pero no solo destacó Fernando en esta contienda. Isabel, desde la retaguardia de la batalla veía la magnitud de los heridos en el frente y ordenó acondicionar unas tiendas con medicinas, ropas limpias y personal sanitario. La precaria enfermería de Toro se convertía en pionera de la Sanidad militar. Un ámbito que se materializaría de manera más organizada en la guerra de Granada con la posterior fundación del Hospital de Santa Fe, el primero de su género en Europa.

“Salida de los Reyes Católicos del Castillo de La Mota”

«Salida de los Reyes Católicos del Castillo de La Mota»Fernando Álvarez de Sotomayor

El Tratado de Alcazobas

Viendo definitivamente frustradas sus aspiraciones al trono de Castilla, el Rey luso buscó su mejor salida. En la firma del Tratado de Alcazobas, Isabel, Fernando y Alfonso renunciaban a los derechos de sucesión en las coronas contrarias y Canarias quedaría bajo control castellano.

Portugal tras la victoria naval de Guinea obtuvo la supremacía en el Atlántico, garantizando su expansión hacia la India. Además, se concertó la boda del infante Alfonso de Portugal con la infanta Isabel, primogénita de los Reyes Católicos, que fue dotada con una rica cantidad que compensaba el gasto que los portugueses habían invertido en la guerra.

Y si la historia en la Edad Media se puede contar como una pugna entre el poder privado de los nobles representado por Juana y el poder público de la corona defendido por Isabel, la victoria de esta última se consagra como la puerta de entrada a la Edad Moderna.

Juana de Castilla, repudiada por su marido portugués desapareció de la vida pública para ingresar como religiosa en un convento. Siguió defendiendo su condición real y hasta su muerte firmó todos sus documentos con un inquietante «yo, la reina». La batalla de Toro había decidido el destino de las Españas.

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