Íñigo López de Mendoza y Quiñones, II Conde de Tendilla, el salvador de la Alhambra de Granada
No en vano fue conocido ya para siempre como el Gran Tendilla y, por serlo en todos los sentidos, ha de estarle el mundo agradecido: preservó, tras la conquista a los nazaríes, la maravilla de la Alhambra, de la que fue el primer alcaide cristiano
La rendición de Granada, obra de Francisco Pradilla
Era nieto del marqués de Santillana, sobrino del gran cardenal Mendoza y del primer duque del Infantado, y primo del gran poeta renacentista Garcilaso de la Vega. Descollar en tal familia —que por entonces no tenía igual en poder ni en lustre en la política, en las armas y en las letras— no era, en verdad, tarea fácil. Sin embargo, Íñigo López de Mendoza y Quiñones, hijo del primer conde de Tendilla, supo hacerse un nombre a esa altura y conquistar dentro de la dinastía un pedestal propio. No en vano fue conocido ya para siempre como el Gran Tendilla y, por serlo en todos los sentidos, ha de estarle el mundo agradecido: preservó, tras la conquista a los nazaríes, la maravilla de la Alhambra, de la que fue el primer alcaide cristiano.
Tras la rendición de Boabdil y la toma de Granada —donde mandó las tropas castellanas y tuvo bajo su mando al mismísimo Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba—, fue nombrado capitán general de la ciudad. No abandonaría ya nunca ese destino ni volvería jamás la espalda a Granada ni a sus habitantes, sin hacer distinciones, ni siquiera de religión. Vivió allí hasta su muerte, en 1515. Fue enterrado en el convento de San Francisco —hoy Parador Nacional—, donde, fiel incluso después de muerto, acompañó a la reina Isabel, allí sepultada.
Un año más tarde, en 1516, fue acompañado también por el sepulcro del rey Fernando, hasta que los restos de ambos esposos reales fueron trasladados a su mausoleo en la Capilla Real de la catedral de Granada.
Retrato del militar y político castellano Íñigo López de Mendoza y Quiñones
Íñigo, nombre señero en el linaje de la casa de Mendoza —el mismo que llevaron su padre y su abuelo, el marqués de Santillana—, nació en 1440 en la casa familiar de Guadalajara (aún no se había construido el actual y magnífico palacio gótico-renacentista), donde recibió la educación directa de su ilustre abuelo, político y escritor. En el arte de la guerra, tuvo también como maestro a su padre, célebre por haber vencido en combate singular al principal adalid moro, el arráez granadino Abenarrax, bajo los muros de Huelma, amén de haber sido curtido embajador en el Vaticano.
Muerto su progenitor en 1479, heredó el título condal con el nombre de la villa alcarreña de Tendilla. Ya viudo entonces de su primer matrimonio con su prima María Lasso de la Vega —con quien no tuvo descendencia y quien había aportado al enlace la villa de Mondéjar—, sumó con el tiempo este nombre como título nobiliario al serle concedido por los Reyes como marquesado con Grandeza de España.
No tardó en volver a casarse, esta vez con una Pacheco, hija del también poderoso marqués de Villena, quien sí le daría numerosos y notables hijos, como se verá más adelante.
Siguiendo la tradición familiar, se incorporó a la guerra de Granada. Su primer cargo fue el de alcalde de Alhama, que logró mantener en manos cristianas pese a los continuos ataques del sultán granadino Muley Hacén. Estos asedios, que duraron dos años, casi llegaron a arruinarlo, pues no se le proporcionaron ni medios ni fondos, y hubo de empeñar incluso sus vajillas de plata para sostener los gastos. Pero resistió.
Tras aquella hazaña, se le encomendó una delicada misión diplomática en Roma, ante el Papa Inocencio VIII. Entre sus cometidos estaba renovar la bula de cruzada para la guerra granadina y conseguir —como consiguió— un tratado de paz entre el Papado y el Reino de Nápoles. A ello se sumó otra tarea aún más delicada: obtener el reconocimiento de los tres hijos ilegítimos de su tío, el cardenal Mendoza. También en esto tuvo éxito.
Entre dichos hijos figuraba su primo Rodrigo, quien añadiría aún más lustre al apellido Mendoza. Se le dio el añadido de Díaz de Vivar, pues se sostenía —según aseguraban los «historiadores» al servicio de la casa— que el linaje descendía del mismísimo Campeador. A él se le concedió el título de conde del Cid, que aún conservan sus descendientes.
De regreso a la guerra granadina, en 1487 fue uno de los grandes protagonistas del desenlace que marcó el fin del dominio musulmán en la península. Tal fue su papel que quedó reflejado en el célebre cuadro La rendición de Granada, de Francisco Pradilla, hoy en el Salón de los Pasos Perdidos del Senado.
Detalle del cuadro La rendición de Granada, obra de Francisco Pradilla
En la pintura, que representa la entrega de la Alhambra por parte de Boabdil, aparece junto a los Reyes el conde de Tendilla. No obstante, se trata de una licencia artística, pues ni la reina Isabel ni él estuvieron presentes en aquel instante. En su caso, está documentado que se hallaba en el interior de la Alhambra, izando el pendón de Castilla en su torre más alta.
Nombrado alcaide del admirable recinto nazarí y capitán general del reino de Granada, hizo de su cometido un modelo de prudencia y tolerancia, pasando a la historia como un gobernador firme, comprensivo y ecuánime. Pero, por encima de todo, fue el providencial defensor —y, a la postre, salvador— de la Alhambra frente a muchos clérigos encendidos que pretendían su destrucción. Gracias a él, el mundo puede seguir hoy disfrutando de uno de sus patrimonios más valiosos.
Contando con el favor del emperador Carlos y de su esposa, la bellísima emperatriz Isabel de Portugal, logró que el grandioso y monumental recinto no sufriera daños irreparables. En gran medida, la conservación de la Alhambra hasta nuestros días se le debe a su firme intervención.
Sin embargo, a pesar del respeto que le profesaban los moriscos que permanecieron en el reino, su gobierno no fue un camino de rosas. Tuvo que afrontar el levantamiento morisco de 1500 en el Albaicín, desencadenado por las conversiones forzadas promovidas por el cardenal Cisneros. Logró contener la revuelta, en parte porque —según recogen las crónicas— los moriscos tenían en alta estima tanto al conde de Tendilla como al arzobispo fray Hernando de Talavera, y decían que «hasta se tornarían cristianos si estos se lo pidieran», pero «con tal que el cardenal Cisneros se marchara de Granada».
La segunda revuelta, en las Alpujarras, fue mucho más grave. En ella combatió junto al Gran Capitán y al propio rey Fernando, hasta lograr sofocar el alzamiento. No obstante, siempre defendió que la tolerancia y el acuerdo eran caminos más eficaces que la imposición o la guerra.
Rebelión de las Alpujarras (1499-1501)
A la muerte de la reina Isabel, en 1504, el conde de Tendilla fue, junto con el duque de Alba, el único entre la alta nobleza castellana que permaneció fiel a la causa del rey Fernando el Católico, incluso a costa de desairar a miembros de su propia familia, como el III duque del Infantado y el marqués de Cenete, ambos primos suyos.
Particular relieve tiene su descendencia, en la que se nota la mano formadora de su padre. Entre sus hijos destacan Luis, que heredó los títulos de Mondéjar y Tendilla, fue amigo y hombre de confianza del emperador Carlos, y desempeñó misiones diplomáticas de máxima delicadeza; y Antonio, aún más relevante, quien llegó a ser el primer virrey de la Nueva España. Supo pacificar y ordenar el vasto territorio mexicano, aunque para ello tuvo que frenar al propio Hernán Cortés —con quien se avino en lo posible— y enviar encadenado a España a su paisano Nuño Beltrán de Guzmán, cuya brutalidad estuvo a punto de arruinar la labor virreinal. Tras su éxito en México, Antonio fue también nombrado virrey del Perú.
No fueron los únicos. Su hija María —la célebre María Pacheco— fue esposa del comunero toledano Juan de Padilla. Tras la derrota y ejecución de su marido en Villalar, ella prolongó la resistencia un año más, hasta morir en el exilio en Portugal. Tampoco faltó un hombre de letras en la familia: Diego Hurtado de Mendoza, reputado por su obra tanto en verso como en prosa. De él se afirma, con cada vez más pruebas, que pudo ser el autor del renombrado Lazarillo de Tormes.
Don Íñigo erigió para sus padres un magnífico mausoleo en la iglesia de San Ginés de Guadalajara, que fue admirado durante siglos. Sin embargo, en 1936 fue destruido casi por completo en un acto vandálico por milicianos republicanos exaltados, que acabaron con una bellísima obra de arte en alabastro comparable a la del célebre Doncel de Sigüenza, que aún se conserva en la catedral de esa ciudad.
A su muerte, el cargo de alcaide, la capitanía general y la residencia en el palacio de Yusuf pasaron a su hijo, y permanecieron en la familia nada menos que hasta el siglo XVIII.