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Piedra del Calendario Azteca, también llamada Piedra del Sol

Piedra del Calendario Azteca, también llamada Piedra del Sol

Picotazos de historia

Del calendario sumerio al gregoriano: así hemos medido el tiempo a lo largo de la historia

Desde la más remota antigüedad, se ha considerado como la forma más segura para llevar a cabo esta medición la marcada por el movimiento de los astros

Llamamos calendario a la forma en la que los seres humanos organizamos el paso del tiempo en periodos más o menos largos, para así poder determinar cuándo tendrá lugar un suceso.

Desde la más remota antigüedad, se ha considerado como la forma más segura para llevar a cabo esta medición la marcada por el movimiento de los astros. Se considera el día como la unidad básica, pudiendo ser sidéreo o solar (la diferencia la establece la rotación del eje de la Tierra respecto al Sol o respecto a otra estrella), y es que el valor será diferente según lo que se escoja.

La siguiente unidad del calendario la marcarían las diferentes fases lunares (mes sinódico o lunación), y tendría una duración promedio de 29.530 días. Por último, el periodo de tiempo en el que se registran las estaciones tendría un valor crítico para los pueblos de la antigüedad, ya que marcaban y señalaban momentos concretos en relación con la alimentación y subsistencia.

Así, separándose estos conceptos de estaciones y marcándose los tiempos para las actividades relacionadas con la subsistencia (siembra, cosecha, matanza, etc.), juntos forman un ciclo completo que nos dará una unidad superior: el año.

El primer calendario lo calcularon los sumerios y se componía de diez meses de veintinueve y treinta días, añadiéndole un mes de once días cada periodo de treinta años. Este calendario se basaba en las fases lunares, que se diferenciaban en varios días con respecto al calendario solar.

Los egipcios tenían a Ra (el Sol) como una de sus principales divinidades, pero, además, consideraron que el calendario solar era más apropiado para las fases agrícolas y para calcular las vitales crecidas del río Nilo. El calendario egipcio contaba con doce meses de treinta días cada uno. Al final del año se añadían cinco días de celebración dedicados a los dioses. Cuando aprendieron a calcular la crecida del Nilo, descubrieron que algunos años esta empezaba un día después. Habían descubierto los años bisiestos.

Durante el reinado de Tutmosis III se elaboró este calendario de festivales, en el que se menciona el orto helíaco de Sirio, cuando empieza la inundación

Durante el reinado de Tutmosis III se elaboró este calendario de festivales, en el que se menciona el orto helíaco de Sirio, cuando empieza la inundaciónMuseo del Louvre, París

El origen de nuestro calendario lo encontramos en el de los romanos, y el primero que tuvieron estos lo llamaron calendario de Rómulo. Se componía de diez meses lunares (Martius, Aprilis, Maius, Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris y Decembris) de treinta y un días, lo que daba una duración total de trescientos cuatro días al año. Los siguientes sesenta y un días no se asignaban a ningún mes, sencillamente no existían.

Hacia el final del siglo VIII a. C., el rey Numa Pompilio de Roma añadió dos nuevos meses al calendario: Ianuarius (dedicado al dios Jano) y Februarius. Ambos estuvieron situados al final del año. Además, todos los meses tendrían veintinueve días, excepto Martius, Maius, Quintilis y Octobris, que tendrían treinta.

Februarius tendría veintiocho días. Se intercambiaban veintidós o veintitrés días para formar un mes extra, junto con los últimos cinco días de Februarius, el llamado «mensis intercalaris».

A mediados del siglo V a. C., los decenviros (magistratura extraordinaria creada durante la etapa de la República de Roma) colocaron el mes de febrero en su posición actual. El año 46 a. C., Cayo Julio César, aconsejado por el astrónomo Sosígenes, creó un calendario que: a) se alinearía con las estaciones, algo que no se producía antes y generaba confusiones; b) se añadieron diez días, distribuidos en diferentes meses hasta totalizar trescientos sesenta y cinco días, y c) se introdujo un día extra cada cuatro años.

Pero, según nos cuenta Metrobio, al año siguiente asesinaron a César y durante los siguientes años se produjo un error de implementación: en vez de añadirse un día extra cada cuatro años, se añadía cada tres. Augusto, sobrino de César, se dio cuenta del error y lo arregló el año 8 a. C. También, gracias a estos dos estadistas, los meses de Quintilis y Octobris pasaron a llamarse Julio y Agosto (por Augusto).

Reproducción del Calendario de Anzio (Fasti Antiates) del 84-55 a. C., expuesto en el Museo del Teatro de Caesaraugusta (Zaragoza)

Reproducción del Calendario de Anzio (Fasti Antiates) del 84-55 a. C., expuesto en el Museo del Teatro de Caesaraugusta (Zaragoza)

En el siglo IV d. C., el monje Dionisio el Menor introdujo en sus tablas para el cálculo (computum) de las fiestas pascuales el concepto de la encarnación de Jesucristo como origen para el recuento de los años. Este sistema se empezaría a adoptar en Europa tras los trabajos de Beda el Venerable (siglo VII d. C.) sobre el cálculo para determinar la festividad de la Pascua cristiana (De temporum ratione), y desde el siglo VIII empezamos a encontrar documentos datados en Anno Domini. A Rusia este sistema de datación, desde el nacimiento de Jesús, no llegaría hasta las reformas del zar Pedro I (1672-1725), que estableció el calendario juliano allí.

Pero resulta que Sosígenes cometió un error. Un año dura trescientos sesenta y cinco días, cinco horas, cuarenta y ocho minutos y cuarenta y seis segundos. Sosígenes añadió un día para compensar esas cinco horas en un periodo de cuatro años, pero se olvidó de esos cuarenta y ocho minutos que quedaron sueltos y se fueron acumulando a lo largo de los siglos.

El problema lo resolvió el Papa Gregorio XIII, creando una comisión científica al frente de la cual puso al matemático Luigi Lilio, para que recalcularan el calendario. El resultado es el que utilizamos hoy en día: el calendario gregoriano.

A pesar de ser un calendario eminentemente práctico, su adopción se retrasó durante siglos en muchos países, debido a un motivo que hoy nos parece de estrechos de mente: como el nuevo calendario fue fruto de la iniciativa de un Papa y se gestó en el Vaticano, los países protestantes, luteranos y ortodoxos prefirieron continuar con el, evidentemente desajustado, calendario juliano. Mejor atrasados que contagiados por el papismo.

También pueden encontrar ustedes otros múltiples calendarios: maya, chino, hindú, musulmán, holoceno (propuesta que marca el inicio del cómputo en la fecha aproximada del sedentarismo del ser humano, en torno al 10.000 a. C., y que sería el inicio de la Era Humana), japonés, republicano (el inventado durante la Revolución francesa), el revolucionario soviético, etc. Pero esto sería ya material para otro artículo.

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