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Vista de Manila, Filipinas en 1800

Manila, 1820: la ciudad que pasó de la prosperidad al caos en solo una semana

En octubre, un gran tifón provocó inundaciones. Si bien las aguas volvieron a bajar enseguida, las que quedaron estancadas iban a producir una gran epidemia de cólera morbo

En octubre de 1820, Manila era una ciudad próspera, con un nivel de vida superior a muchas capitales de Europa. Bajo el dominio de España, habitaban la ciudad personas de razas diferentes y llegadas de todas las regiones de Asia. Había una cierta autonomía en las costumbres, el comercio y la administración. Un mes antes había llegado un nuevo intendente con la noticia de que se había restablecido la vigencia de la Constitución de 1812 y se volvía al liberalismo político.

El 1 de octubre, un fuerte tifón provocó inundaciones. Si bien las aguas volvieron a bajar enseguida, las que quedaron estancadas iban a producir una gran epidemia de cólera morbo, seguramente continuación del que asoló el Ganges en 1817 y se extendería por el archipiélago malayo hasta llegar al Volga en 1824.

Manila se convirtió en un infierno narrado con detalle por el médico y marino francés Paul de Gironière en Twenty years in the Philippines (Londres 1853), que escapó de la muerte huyendo en un bote y refugiándose en un barco inglés cuando los indios (así llamaban entonces a los filipinos) lo perseguían para matarlo. A pesar de escribir tres interesantes libros sobre Filipinas en la etapa colonial, nunca ha sido traducido al español.

El ayuntamiento trató de combatir la enfermedad con los medios y conocimientos asequibles, estableció farmacias y puntos de distribución de alimentos y suministró quinina y aguardiente. Pero los efectos no se notaban. Las calles se llenaron de muertos, de carros trasladando cadáveres y de millares de nativos aterrorizados porque eran los que más sufrieron la epidemia.

En ese clima de terror y desesperanza, el 9 de octubre se produjo un hecho nunca antes visto en la colonia. Los barrios extramuros, más vulnerables y más atacados por el mal, estallaron en una revuelta sangrienta. El gobernador estaba alarmado por lo que pasaba. No se enfrentaba a una guerra, sino a una revolución que no iba contra el poder ni trataba de vencer a los militares.

La epidemia de cólera de 1820 fue una de las peores que asolaron el país

Había circulado el rumor de que la epidemia estaba causada por la acción de extranjeros, unos llegados para comerciar y otros que habitaban la ciudad. Se hizo correr la especie de que habían envenenado el agua, incluso el aire, para acabar con los filipinos.

Achacaban el contagio al cadáver de un marinero francés muerto por el cólera y que no fue inmediatamente enterrado. Se estaba produciendo lo que más tarde se conocerá como un cholera riot, disturbios en tiempos de epidemias mortales en busca de posibles causantes. Luego hubo otros ejemplos en Rusia (1830-31), Aberdeen (1831), Hungría (1831), Liverpool (1832) o Hamburgo (1893).

La primera víctima fue un médico francés llamado Godefroy que atendía gratuitamente en la calle, linchado y acuchillado, tuvo que ser puesto a salvo en la prisión gracias a que el alcaide lo libró de los perseguidores que iban a matarlo. 28 europeos fueron asesinados el día 9, uno solo español en una población cercana a Manila.

Los británicos fueron los principales sospechosos al considerar que traían miasmas infectadas desde la India, seguidos de los franceses. En este clima de sospecha generalizada, algunos extranjeros señalaron sin fundamento que la protesta y matanza estaban alentadas por los propios españoles que trataban de librarse de la competencia de mercaderes extranjeros, sobre todo en la época en la que volvía a estar vigente la Constitución que favorecía el librecambio.

Esta idea la difundió también The Times en Londres. Por su parte, los españoles se atacaban entre ellos, culpándose unos a otros o lanzando la sospecha sobre los criollos más asentados en los barrios populares. Ni el gobernador ni el ejército supieron reaccionar con prontitud ni contundencia. Parecían tener el mismo miedo al contagio que los revoltosos.

Ante este panorama, el día siguiente continuó en la misma tónica aunque los extranjeros se escondieron para evitar la muerte mientras saqueaban sus propiedades. Así que la ira popular se cebó con los chinos a los que también acusaban de envenenar los pozos. La población china era abundante y muchas veces, con anterioridad, fue objeto de los ataques de la población local autóctona. Cuando las autoridades quisieron actuar, era tarde.

No pudieron encontrar culpables, quizás porque la falta de medios y la difusión rápida de sospechas no podían concretar la responsabilidad. Hubo, no obstante, dos penas de muerte y alguna de prisión. La ciudad quedó arrasada, arruinada y sumida en un clima de sospecha y resentimiento. Como señala Ignacio García de Paso, eclosionó un descontento larvado contra el capitán general Folgueras que acabaría en una conspiración encabezada por los hermanos Bayot, desarticulada y castigada con detenciones, destierros y también con el cambio de capitán general gobernador.

La epidemia fue un desastre social. El cólera tuvo cierto carácter endémico en Filipinas, con episodios en varios años entre 1820 y 1888, con desigual número de víctimas. El clima, el terreno, las condiciones de vida favorecían estas crisis sanitarias. Pero ninguna tuvo las consecuencias de la de 1820.