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Los restos óseos eran de civiles y soldados asesinados por los insurgentes jemeres rojos

Los restos óseos eran de civiles y soldados asesinados por los insurgentes jemeres rojos©GTRESONLINE

La Unesco declara Patrimonio de la Humanidad tres centros de exterminio de los Jemeres Rojos

Antiguas prisiones, centros de tortura y campos de ejecución donde miles de personas fueron asesinadas se transforman en lugares de compromiso con los derechos humanos

Camboya ha transformado el terror en memoria. La Unesco acaba de reconocer Patrimonio de la Humanidad tres sitios marcados por el régimen de los Jemeres Rojos. Donde antes hubo tortura, ejecuciones y represión sistemática, ahora invitan a comprender la historia para que no se repita.

El 17 de abril de 1975, los Jemeres Rojos, vestidos con su característico uniforme –camisa y pantalón de color negro y pañuelo de cuadros negros y rojos– entraron en la capital de Camboya y derrocaron al gobierno proamericano del general Lon Nol y ese mismo día obligaron a los cerca de dos millones de habitantes a desalojar la ciudad para trabajar forzosamente en los campos. Era el primer acto de un régimen genocida que, en apenas tres años y ocho meses, acabaría con la vida de un tercio de la población camboyana.

La población fue enviada a la prisión M-13, el centro de detención Toul Sleng (S-21) y a los campos de exterminio de Choeung Ek. Allí miles fueron ejecutados sin juicio. A partir de ahora, estos lugares que fueron testigos de las atrocidades, estarán abiertos al público para que todos aquellos que visiten sus instalaciones conozcan la historia de las víctimas que perdieron la vida de la forma más vil y atroz.

La máquina de represión de los Jemeres Rojos

Oculta en la selva, la prisión M-13 fue uno de los principales instrumentos de represión utilizados por los Jemeres Rojos. En ella estuvieron hacinados en condiciones infrahumanas todos aquellos considerados traidores por el régimen, incluidos disidentes y civiles denunciados anónimamente.

Durante años se negó su existencia, a pesar de que en su interior se desarrollaron proyectos de «depuración» que más tarde serían aplicados a gran escala en todo el país. El hallazgo de esta prisión constituyó la primera evidencia material del genocidio perpetrado por el régimen de Pol Pot.

Un centro de tortura ejecutada por niños

El colegio Tuol Svay Prey, ubicado en el corazón de Phnom Penh, fue transformado por los Jemeres Rojos en la prisión S-21, uno de los centros de detención y tortura más terribles del siglo XX. Bajo la dirección de Kang Kek Iew, conocido como Duch, el lugar se convirtió en una auténtica fábrica de muerte, gestionada en gran parte por adolescentes que aún no habían cumplido los veinte años.

Por sus aulas, reconvertidas en celdas improvisadas, pasaron entre 14.000 y 20.000 personas: campesinos, religiosos, profesionales, funcionarios del propio régimen, mujeres y niños. A su llegada, cada prisionero era fotografiado y luego sometido a interrogatorios que se prolongaban durante días o semanas, en los que se aplicaba tortura sistemática para obtener confesiones falsas por delitos inexistentes.

Museo del Genocidio instalado en Tuol Sleng

Museo del Genocidio instalado en Tuol SlengUnesco / Isabel González Rojo

Actualmente, este infame lugar funciona como Museo del Genocidio Tuol Sleng. Las celdas, los grilletes y los instrumentos de tortura están ahora expuestos junto con las fotografías en blanco y negro de las miles de víctimas que perdieron allí la vida.

Campo de ejecución masiva

Pasó de ser un huerto de mangos a uno de los campos de ejecución masiva de los Jemeres Rojos. En Choeung Ek los prisioneros procedentes de Tuol Sleng eran asesinados con herramientas agrícolas, piedras, hachas y bayonetas. Cualquier instrumento era válido con tal de no «malgastar» balas.

En 1979, tras la caída de la dictadura de Pol Pot, los equipos de investigación hallaron más de 80 fosas comunes en cuyo interior aparecieron 8.900 cuerpos, muchos de ellos con fracturas craneales. En este lugar, donde aún siguen encontrando restos óseos, se exponen más de 5.000 cráneos clasificados por edad y sexo.

Ahora, estos lugares que fueron escenario de uno de los genocidios más horribles del siglo XX se han transformado en espacios que invitan a la reflexión sobre el abuso del poder, la fragilidad de la vida y la capacidad humana ara la crueldad.

«Para Camboya, un país que ha sufrido guerras y un brutal genocidio, el reconocimiento por parte de la Unesco de estos lugares representa un grito de advertencia, un desgarrador aviso para que nadie olvide lo que aquí ocurrió, algo que jamás tuvo que producirse y que nunca debería repetirse», advierte el National Geographic.

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