Francisco Gómez Jordana y Sousa
Gómez-Jordana, el ministro que quiso frenar a Hitler desde Madrid
Jordana avanzó con cautela, utilizando el lenguaje del patriotismo y la prudencia para convencer a Franco de que el verdadero interés de España no radicaba en la guerra, sino en su supervivencia
En los albores de la Segunda Guerra Mundial, España se encontraba en una encrucijada decisiva. El régimen de Franco, surgido de una guerra civil que devastó el país, había alcanzado la victoria gracias al apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, pero también a la eficacia creciente de su ejército y a la capacidad estratégica de su Estado Mayor.
En ese escenario, la dictadura debía definir su lugar en un conflicto internacional que estaba a punto de transformar Europa. En este contexto turbulento, emergió la figura de Francisco Gómez-Jordana, un militar y diplomático, estrecho colaborador de Alfonso XIII, que, a la sombra del poder absoluto de Franco, tejió una compleja red de equilibrios para preservar la precaria neutralidad española.
Gómez-Jordana ya había ocupado el Ministerio de Asuntos Exteriores entre 1938 y 1939, pero fue desplazado en favor de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ferviente defensor de un alineamiento con el Eje. Sin embargo, en septiembre de 1942, el péndulo del poder osciló nuevamente, y Jordana recibió una llamada desde El Pardo.
Franco, siempre pragmático y atento a la evolución de la guerra, lo convocó para asumir de nuevo la cartera de Exteriores, sustituyendo a Serrano Suñer, cuya excesiva proximidad a Hitler comenzaba a inquietar incluso al propio dictador español.
Visita a Berlín del ministro Ramón Serrano Suñer, acompañado del general Sagardía, siendo recibido por Himmler
Jordana aceptó el encargo con una misión clara: reposicionar a España en la senda de la neutralidad y mejorar las relaciones con las democracias occidentales, cuya victoria en la guerra comenzaba a vislumbrarse como una posibilidad tangible. Su nombramiento fue recibido con entusiasmo por los aliados, particularmente por Estados Unidos y Reino Unido.
Carlton J. Hayes, embajador norteamericano en Madrid, describió el cambio como un alivio, calificando a Serrano Suñer de «mezquino y escurridizo», mientras que veía en Jordana a un «hombre honesto y digno de confianza».
Pero la tarea de Jordana no era sencilla. La Falange, la organización política que sustentaba al régimen, mantenía un discurso germanófilo y miraba con recelo cualquier gesto que alejase a España del Eje. José Luis de Arrese, secretario general del Movimiento, y otros falangistas influyentes hicieron de su labor un constante campo de minas, saboteando sus esfuerzos diplomáticos en la prensa oficialista y en las esferas de poder. A pesar de ello, Jordana avanzó con cautela, utilizando el lenguaje del patriotismo y la prudencia para convencer a Franco de que el verdadero interés de España no radicaba en la guerra, sino en su supervivencia.
Uno de sus primeros éxitos fue el establecimiento del «Bloque Ibérico», un acuerdo con Portugal para mantener la estabilidad en la península y evitar cualquier intromisión de los beligerantes. Este pacto, aunque discreto, fue crucial para reforzar la idea de una España que no deseaba verse arrastrada al conflicto. Sin embargo, la verdadera prueba para Jordana vendría con la cuestión de los refugiados judíos.
A medida que el Holocausto se intensificaba, miles de judíos intentaban atravesar España para alcanzar la seguridad en Marruecos o Portugal. Bajo presión de los aliados, Jordana maniobró con habilidad, permitiendo su tránsito sin provocar la ira de la Alemania nazi, un acto de equilibrio que, aunque insuficiente para salvar a todos los perseguidos, permitió que muchos escaparan de un destino fatal.
Su diario da cuenta de esa lucha. El sábado 3 de abril de 1943 se lee la siguiente reflexión: «En el Consejo de Ministros, un incidente desagradable por volverse otra vez al tema de la devolución [de los judíos] que pasan la frontera. Quedó el asunto en pie hasta que yo hable con el Generalísimo. Es cuestión muy delicada y que temo provoque mi dimisión, que está siempre en pie porque es enorme mi lucha, que solo soporto por patriotismo».
En el plano militar, la retirada de la División Azul fue otro de sus grandes logros. Desde 1941, España había enviado voluntarios a luchar junto a los nazis en el frente oriental contra la Unión Soviética, una anomalía para un país que se autoproclamaba neutral. Para los aliados, la presencia de españoles en Rusia era una prueba del doble juego de Franco. Jordana consiguió la retirada parcial de las tropas en 1943 y, finalmente, su disolución completa en 1944, una decisión que generó malestar entre los falangistas pero que fue crucial para evitar sanciones internacionales.
El punto culminante de su gestión llegó en mayo de 1944 con los Acuerdos de Mayo, negociaciones secretas con Estados Unidos y el Reino Unido que consolidaron la neutralidad española. A cambio de reducir el suministro de wolframio a Alemania, un mineral clave para su industria bélica, España recibió la reanudación del abastecimiento de gasolina y otros recursos esenciales.
También se acordó la expulsión de agentes nazis de territorios españoles estratégicos como Tánger y la protección de refugiados judíos. Para los aliados, estos acuerdos marcaron el inicio de un acercamiento de España hacia su órbita, alejándola definitivamente del Eje.
Pero si los diplomáticos británicos y norteamericanos aplaudieron la gestión de Jordana, dentro del régimen la reacción fue muy diferente. La Falange minimizó su éxito, la prensa oficialista restó importancia a los acuerdos y Franco, con su habitual ambigüedad, evitó darle un respaldo explícito. Jordana, frustrado y agotado, escribió en su diario: «¡Qué asco de vida y qué cantidad de patriotismo hace falta para trabajar con tan poco estímulo!».
El 3 de agosto de 1944, Jordana falleció repentinamente, dejando un vacío en la diplomacia franquista, y este hecho, que se atribuyó interesadamente a una caída fortuita, dejó un vacío en la diplomacia. Su muerte marcó el fin de una etapa de relativa moderación en la política exterior del régimen. Su sucesor, José Félix de Lequerica, retomó una línea más ambigua, aunque ya era evidente que España no podía permitirse mantener su equidistancia mucho más tiempo.
Gómez-Jordana fue un hombre de su tiempo, atrapado entre lealtades y realismo, entre la disciplina militar y la compleja red de intereses internacionales. En un régimen donde la fidelidad a Franco era la única moneda válida, logró, con astucia y tenacidad, evitar que España se precipitara en el abismo de la guerra. Su legado, aunque olvidado por muchos, fue el de un país que, gracias a su cautela, pudo reconstruirse en la posguerra sin cargar con el estigma de la derrota.