Wernher von Urslingen recogiendo el tributo de una iglesia
Picotazos de historia
Quién fue Werner von Urslingen, el condotiero alemán que aterrorizó a la Italia medieval
Contratado en 1344 por la Liga Florentina contra los Gonzaga de Mantua, saqueó la zona de Rímini
Península italiana, año de gracia de Nuestro Señor de 1332. En el ducado de Milán gobierna Azzone Visconti, quien no es el más tranquilo de los miembros de esta turbulenta familia. Su tío, Lodrisio Visconti, señor de Seprio, mantiene muy malas relaciones con su sobrino, debido a que, en su momento, tomó partido durante una de las innumerables luchas internas. Su habilidad como general le permitió capturar a Azzone y a su padre, Galeazzo, a quienes mantuvo encerrados en los calabozos del castillo de Monza. El actual duque de Milán no ha olvidado la afrenta y guarda un rencor imperecedero hacia su tío.
Lodrisio fue uno de los grandes condotieros (comandantes militares al mando de una tropa que se ponía al servicio de algún magnate por medio de un contrato de servicios o condotta), y fue el creador de lo que se considera la primera de las grandes compañías de mercenarios en Italia: la Compañía de San Jorge.
Pues bien, Lodrisio intentó un golpe de mano para acabar con el gobierno de su sobrino e instalarse él en su lugar. Fracasó y acabó en las mazmorras del castillo de Milán. Por motivos de seguridad fue trasladado al castillo de Monza, pero logró huir a Verona, donde gobernaba Mastino II de la familia Della Scala, quien tenía contratados los servicios de la Compañía de San Jorge. Tanto Mastino II como los mercenarios acogieron con júbilo al condotiero.
En 1339 tuvo lugar la batalla de Parabiago, que enfrentó a dos facciones de los Visconti. Lodrisio fue derrotado y volvió a caer prisionero. Es en este momento cuando surge un nuevo líder que tomará el mando de la compañía de mercenarios: Werner von Urslingen.
Los Urslingen eran una familia noble de la región de Suabia que se estableció en la península durante el reinado de Federico II, Stupor Mundi, de la casa de los Hohenstaufen. Elevados a duques de Espoleto, las continuas guerras y conjuras —marca de identidad de los Estados de la conflictiva península— les privaron de esos títulos y tierras.
No existe documentación ni nos ha llegado información sobre los padres de Werner. Hay bastante seguridad, aunque no certeza, de que era nieto de Conrado III de Espoleto. Cuando Lodrisio creó la Compañía de San Jorge, aceptó un gran número de tropas de origen alemán, al frente de las cuales se encontraba Werner von Urslingen.
Tras la derrota de Parabiago, Werner decidió crear su propia compañía, a la que llamó Grande Compagnia (la Gran Compañía). En 1342 fue contratado por Pisa para combatir contra Florencia y, con ese motivo, saqueó tierras de la Emilia y la Romaña. Después, ya al servicio de Florencia, saqueó Siena y Perugia, y extorsionó Asís. La Gran Compañía era una unidad militar formidable, compuesta por unos 3.000 lansquenetes alemanes y unos 800 caballeros.
Fue por esta época cuando Werner comenzó a usar una armadura que se convirtió en su marca de identidad y declaración de principios. Probablemente forjada en Milán —ciudad famosa por sus armeros—, la armadura estaba pavonada de un tono negro azulado y decorada con oro. En el peto podía leerse con claridad: «Duque Guarniero, Señor de la Gran Compañía. Enemigo de Dios, de la Misericordia y de la Compasión.»
Con semejante proclama, no es de extrañar que el papado nunca requiriera sus servicios. Pero los demás estados italianos se lo rifaban. Contratado en 1344 por la Liga Florentina contra los Gonzaga de Mantua, saqueó la zona de Rímini. Como sus patronos no cumplieron con su obligación de mantener al ejército alimentado y pertrechado, Werner se aprovisionó a la fuerza en los territorios de Módena y Reggio Emilia, extorsionando villas y ciudades como compensación.
Todos los miembros de la liga florentina, así como los Gonzaga y sus aliados, acordaron una tregua para combatir, juntos, a esos alemanes que eran peores que una plaga de langostas. Pero era más fácil decirlo que lograrlo. Tras un par de derrotas a manos del teutón, todos los damnificados acordaron pagar un alto soborno y permitir el libre paso de la Gran Compañía por los Alpes, con todo el botín conseguido, a cambio de que abandonaran la península y se disolvieran. La mayoría de los miembros de la compañía aceptó de buen grado la idea de regresar ricos a su patria.
Sin embargo, la disolución de la compañía no supuso la retirada de su líder. En 1347 encontramos a Werner al mando de 2.000 lansquenetes, acompañando al rey Luis I de Hungría, quien invadió el Reino de Nápoles para vengar el asesinato de su hermano Andrés de Anjou a manos de su esposa, la reina Juana I de Nápoles —también de la casa de Anjou y prima del difunto—. Luis I no solo cumplía un deber moral, sino que aprovechaba la oportunidad para declararse rey de Nápoles.
Por cierto, Andrés de Anjou fue solo el primero de los cuatro maridos de la inquieta y fascinante reina Juana —la lista de amantes la dejamos aparte por extensa—.
En apenas un año, Werner atrajo a más fuerzas, hasta alcanzar los 5.000 lansquenetes y casi 1.000 caballeros. Convenció a varios señores del centro y sur de la península —incluido el propio Luis I— de que lo más urgente era combatirle a él. Los derrotó a todos en la batalla de Meleto y se puso al servicio —en más de un sentido, según las malas lenguas— de la reina Juana. Un año después, volvía a estar al servicio del rey Luis I.
En 1350 decidió recrear la Gran Compañía. Abandonó el sur y viajó al norte, donde ofreció sus servicios a diversos señores, combatiendo tanto a la República de Venecia como al papado. En 1352, Werner consideró que era tiempo de jubilarse y, con una inmensa fortuna —fruto de sudar la cota de malla durante décadas—, regresó a Suabia, la tierra de sus antepasados. No debió sentarle bien la jubilación, pues murió al año siguiente.
Este es un ejemplo de un empresario alemán en la Italia del siglo XIV.