Fundado en 1910

Grabado que representa la batalla de TrafalgarGTRES

Trafalgar: ¿una derrota crucial?

Si en el siglo XIX Britania gobernó las olas mientras España se hundía en la decadencia, no fue como consecuencia de la batalla de Trafalgar

A la muerte de Carlos III, en 1788, la Real Armada volvía a ser la segunda del mundo, superada tan solo, si bien a gran distancia, por la Royal Navy británica.

Disponía de un total de 76 navíos de línea y 51 fragatas, por delante de la orgullosa Marina Real francesa. Su mantenimiento exigía un enorme esfuerzo, pero no se trataba en modo alguno de un despilfarro.

La Monarquía hispánica era, por entonces, un vasto Estado transoceánico que abarcaba 20 millones de kilómetros cuadrados en los cinco continentes y gobernaba sobre unos 60 millones de personas.

Solo una Armada poderosa podía mantener unido aquel imperio, uno de los más grandes de la historia, y preservar las rutas comerciales que aseguraban, cada año, la llegada a las arcas reales de las remesas de plata de las que dependían las maltrechas cuentas públicas.

Sin embargo, un nuevo período de gran intensidad bélica, el marcado por las guerras de la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico, entre 1789 y 1815, volvería enseguida a poner a prueba la capacidad de las finanzas españolas y conduciría a la Real Armada a una profunda crisis.

En esta ocasión, sin embargo, la caída del poder naval español marcaría también el final definitivo de la posición de España como actor relevante en el concierto internacional.

En el Congreso de Viena, reunido tras la derrota de Napoleón para sentar las bases del nuevo orden europeo, el marqués de Labrador, el inepto embajador de Fernando VII, apenas fue escuchado, a pesar del papel determinante de su país en la derrota del genial corso.

Poco después, los virreinatos americanos lograban su independencia, privando a su metrópoli de unos mercados y recursos que, en el contexto de la revolución industrial, iban a adquirir enseguida un papel esencial en el progreso económico de las naciones. Los años de España como potencia de primer orden habían pasado para siempre.

¿Fue todo ello consecuencia, como suele afirmarse, de la victoria del inglés Horatio Nelson sobre la flota combinada hispanofrancesa, el 21 de octubre de 1805? Sería mucho decir.

La reacción de Godoy, por entonces ministro universal de Carlos IV, al saber de la derrota fue, por una vez, correcta. Mandó poner en servicio todos los buques disponibles, 44 navíos de línea y más de una treintena de fragatas, un número suficiente para asegurar la defensa del Imperio, las rutas comerciales que lo unían con la península y la llegada de la plata americana a las arcas reales.

Pero la orden no llegó nunca a cumplirse del todo. La invasión francesa, en mayo de 1808, que forzó a España a centrar todo su esfuerzo en la guerra contra Napoleón, condenó a la Armada a un total abandono a lo largo de los años posteriores.

En 1820, le quedaban 17 navíos, y unos años después, cuando llegaba a su fin el calamitoso reinado de Fernando VII, solo tres.

Pero no fue Trafalgar la causa de esta terrible decadencia, sino el estado mismo del país, arruinado primero por la crisis económica y fiscal provocada por la guerra continua y devastado después por la invasión napoleónica, que hizo imposible su recuperación, al contrario de lo que había sucedido en otras ocasiones.

La situación era mucho peor en 1700, al final del reinado de Carlos II, y la política de construcciones aceleradas de Patiño logró en poco más de una década rehacer una Armada digna de ese nombre.

Y un desastre mucho mayor que Trafalgar fue el que se produjo en junio de 1762, cuando la caída de La Habana en manos inglesas supuso nada menos que la pérdida de 13 navíos de línea de entre 70 y 80 cañones –la cuarta parte de la flota–, 6 fragatas, más de 100 embarcaciones menores y, sobre todo, un astillero y un arsenal muy importantes y una base naval vital para el control de las comunicaciones de la zona y para asegurar la defensa del Imperio en tierra firme.

Y también en esta ocasión la recuperación se produjo, pues la Real Armada contaba de nuevo quince años después, en el momento de iniciarse la guerra de independencia de las colonias inglesas de Norteamérica, con 58 navíos de línea, que hacían de ella la tercera del mundo.

Y si la derrota de la Real Armada en Trafalgar no fue la causante de su ruina, mucho menos lo fue de la independencia de los virreinatos americanos. Es cierto que una flota poderosa, al facilitar el transporte de tropas desde la península, quizá habría retrasado los planes de los criollos americanos, pero en modo alguno los habría frustrado.

La Royal Navy era, a la altura de 1776, la mayor flota del mundo y superaba en número de navíos de línea a la suma de las dos siguientes, la española y la francesa, y aun así no fue capaz de impedir la independencia de los futuros Estados Unidos.

Si los territorios americanos de la Monarquía hispánica lograron su independencia no se debió en absoluto a la victoria británica, sino a procesos históricos mucho más complejos, entre los que cabe destacar la divergencia entre los intereses económicos de la burguesía criolla y la Administración española, que hacía poco rentable para la primera continuar bajo dependencia de la segunda; el progresivo contagio del ejemplo y de las ideas liberales de los colonos ingleses de Norteamérica, y, singularmente, la propia postración de España, que antes de la invasión napoleónica demostró a los criollos que podían defenderse solos y después de ella impidió al Gobierno español enviar a América un cuerpo expedicionario lo bastante numeroso para reprimir los conatos de independencia en una fase en la que resultaba todavía posible.

Es necesario decirlo: el idolatrado Nelson no salvó a su país de nada; si en el siglo XIX Britania gobernó las olas mientras España se hundía en la decadencia, no fue como consecuencia de la batalla de Trafalgar.