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El historiador inglés Anthony Bale con su nueva obra 'Guías de viajes de la Edad Media, el mundo visto por los viajeros medievales' (Ático Libros)Ático Libros

Entrevista al historiador inglés Anthony Bale

Anthony Bale: «Eran muchos los peligros de viajar en la Edad Media. Muchos no esperaban volver a casa»

El único caso en el que se puede hablar de turismo fobia en la Edad Media es en momentos de plaga

Más allá de Marco Polo, las diversas sociedades medievales eran puros viajeros. Peregrinos, comerciantes, militares o diplomáticos viajaron por toda Europa, Oriente Medio, Asia e incluso África. Con diferentes objetivos los viajeros medievales se enfrentaban a infinidad de peligros y descubrían con curiosidad comida, productos y tradiciones durante sus viajes. Todo ello quedó plasmado en una literatura de viajes medievales que mezclaba lo real y lo fantástico. Para conocer cómo viajaban, los peligros y los lugares más turísticos de la Edad Media, y a Ruy González de Clavijo, es español que viajó a Samarcanda (Uzbekistán), converso con el historiador inglés Anthony Bale, que acaba de publicar Guías de viajes de la Edad Media, el mundo visto por los viajeros medievales (Ático Libros).

–¿Hemos cambiado tanto a la hora de viajar respecto a la edad media?

–En algunas cosas se parecía a la nuestra, pero también era distinta. Hoy en día estamos muy enfocados en mantener una especie de comodidad; pensamos en volver a casa, cosa que los medievales no siempre contemplaban. Entonces, era muy raro que se viajara por el simple placer de viajar: siempre había un motivo.

A los viajeros medievales les movía la curiosidad, pero también les preocupaban los peligros. Estaban atentos, y lo que más les importaba era estar seguros.

–¿Existía ya en la Edad Media la turismofobia o la masificación?

–No existía la turismofobia tal como la concebimos hoy. Al final, el turismo era una actividad que generaba muchos ingresos para los lugares que lo acogían. Además, había destinos que eran centros de peregrinación religiosa, y este tipo de viajes se fomentaba tanto por motivos espirituales como por razones económicas.

El único caso en el que se puede hablar de una cierta turismofobia, por así decirlo, es en momentos de plaga, ante la preocupación de que los viajeros pudieran traer enfermedades consigo. En Venecia y en Dubrovnik se desarrollaron los primeros espacios de cuarentena, donde se aislaba a los viajeros durante cuarenta días, asegurándose así de que, pasado ese tiempo, o bien habían muerto, se habían recuperado o no estaban infectados. Este es un enfoque desde la salud pública que recuerda mucho a lo que ocurrió durante la pandemia del coronavirus: era necesario demostrar que uno procedía de una zona con un nivel aceptable de contagio, que se habían tomado las debidas precauciones y que el cuerpo del viajero estaba, por así decirlo, «certificado para viajar».

También existía otro caso de turismofobia, relacionado con los forajidos. Si se era demasiado abierto al viajero, se corría el riesgo de atraer a personas de reputación dudosa. Para evitar este tipo de situaciones, las autoridades locales exigían salvoconductos que acreditaran que el viajero actuaba conforme a la ley.

–¿Qué dificultades y peligros encontraban los viajeros en la Edad Media?

–El peligro de ser robado, que el tiempo fuera nefasto, quedarse sin dinero, sufrir un abuso sexual —sobre todo en el caso de las mujeres—, que te sacaran los cuartos y te dejaran sin nada... Muchos viajeros no esperaban volver a casa. Siempre se habla mucho de las cuestiones desagradables: el peligro de caer enfermo por intoxicación alimentaria, plagas, golpes de calor. Los peligros del viaje eran muchos en la Edad Media.

–Hay muchos tipos de viajeros, entre ellos los peregrinos, que se asocian al periodo medieval ¿Qué tipos de viajes se hacían en la Edad Media? ¿Eran todos peregrinos?

–La peregrinación era el motivo más común de viaje y contaba, por ejemplo, con el apoyo de la Iglesia. Las peregrinaciones se realizaban por diversos motivos: salud espiritual, salud del cuerpo, para dar gracias por haber sanado o por haber dado a luz, o como penitencia. Pero no todos los viajeros eran peregrinos. También encontramos comerciantes, diplomáticos, embajadores, misioneros y mercenarios. Aquí entra en juego lo que es mi definición de viaje: un viaje es un trayecto que alguien hace voluntariamente, con un propósito muy concreto y apoyado por una infraestructura viajera.

–Lo de comprar un imán de la ciudad que se visita parece algo muy moderno ¿Había ya en las ciudades medievales una economía turística importante?

–Sí, por supuesto. No somos tan distintos. Esta costumbre que hoy tenemos de certificar que hemos estado en un determinado lugar —que parece muy moderna, con fotos en Instagram, souvenirs, etc.— también existía en la Edad Media. Tenían souvenirs, sobre todo chapitas de metal que demostraban que uno había estado en determinado destino. También existían documentos que certificaban que uno había visitado ciertos santuarios, como la Compostela de Santiago de Compostela.

Todos esos viajeros necesitaban infraestructuras: mercados, tabernas, burdeles, restaurantes... y están muy presentes en las fuentes medievales. En ese sentido, Venecia fue líder de esta economía turística.

Guías de viajes de la Edad Media, el mundo visto por los viajeros medievales (Ático Libros)

–El viajero más popular es Marco Polo, pero no fue el único, usted habla en el libro de un español, Ruy González de Clavijo ¿Quién fue y por qué se le puede considerar como uno de los grandes viajeros medievales?

–González de Clavijo fue embajador de Enrique III de Castilla, enviado ante Tamerlán, emperador con la corte en Samarcanda. Nos ha dejado un registro detallado de su viaje y de las costumbres que fue encontrando tanto por el camino como allí. Es una fuente importante porque nos cuenta cómo funcionaba el Asia Central de ese momento, sobre todo Uzbekistán, donde se encuentra Samarcanda.

Quedó impresionado por los magníficos regadíos que había en la zona, por los caballos, y, además, nos ha dejado un testimonio muy memorable de su viaje de vuelta. Por ejemplo, cuando está en el Mediterráneo, contempla una erupción volcánica en Estrómboli. Luego, una tormenta los hace sufrir. Ofrece uno de los primeros testimonios registrados del fuego de San Telmo, o de llamarlo así: ese fenómeno que ocurre cuando, en medio de una tormenta en el mar, parece que todo se calma y comienzan a salir unas pequeñas llamas. Esto se percibía como una buena señal: san Telmo, patrón de los marineros y los náufragos, estaba protegiéndolos.

Lo interesante de Clavijo es que nos ofrece una crónica secular muy valiosa.

–¿Cuáles fueron las principales rutas turísticas?

–Las grandes rutas de peregrinación llevaban a Roma, Jerusalén o Compostela. El Camino de Santiago más clásico iba desde San Juan de Pie de Puerto hasta Santiago de Compostela, y después a Finisterre, si uno quería. Luego, el Camino de Santiago conectaba con la vía regia, que llegaba hasta Moscú.

También existía la Vía Imperial, que era la ruta principal que conectaba Innsbruck con Venecia y que, una vez en la península italiana, se unía a su vez con la Vía Francígena, el camino de los franceses para ir a Roma.

Tampoco hay que olvidar que había rutas fluviales, como la del Rin, o marítimas, entre las que destacaba la ruta entre Venecia y Kazán, en el mar Negro.

–En España tenemos el Camino de Santiago ¿Qué supuso la peregrinación a Santiago durante la Edad Media?

–Santiago era uno de los tres grandes destinos de peregrinación. Además, por visitar el santuario de Santiago, la tumba del apóstol, se concedían indulgencias. Fue una experiencia placentera para mucha gente, no solo a nivel religioso, sino también por lo que comieron y vivieron durante el viaje. En torno al Camino creció una industria que se convirtió en motor de desarrollo de este lugar concreto de España.

–Las crónicas de viaje son algo subjetivo, tanto que hubo viajeros fake y viajes inventados ¿Por qué se inventaban libros de viajes de viajes que no habían ocurrido?

–El fondo de la cuestión está en por qué nos fiamos de otros cuando no hemos estado en algún lugar. Yo, por ejemplo, no he estado en Alaska o en Perú, pero sé que existen, y lo que me cuentan de ellos, más o menos, me lo creo, porque te tienes que fiar. Pues esto, en la Edad Media, era un poco lo mismo.

Uno de los ejemplos es John Mandeville, que reflexiona sobre el carácter del conocimiento a la hora de viajar: ¿realmente, cuando uno viaja, obtiene conocimiento, o simplemente está confirmando sus propios prejuicios? Esta es la cuestión. En la Edad Media existía este debate, sobre si realmente uno debería viajar o si debería preocuparse solo de su alma, porque lo que va a encontrar viajando va a ser una cuestión exterior.

El libro de John Mandeville se usó mucho en la Edad Media, incluso como guía de viajes práctica. Se tradujo a muchos idiomas, pero estaba lleno de errores y de mentiras. En el caso de Mandeville, es voluntario: se está burlando un poco de esta idea de que viajar proporciona conocimientos, porque, realmente, es mejor que uno se quede en el monasterio cultivando su alma.

–Usted menciona Venecia, Aquisgrán, Chipre, o Etiopía. Si tuviera que hacer una lista de cinco destinos imprescindibles que debía visitar todo buen viajero medieval ¿Cuáles serían?

–Es difícil decidir, pero el primero sí que sería Santiago de Compostela, y después seguir hasta Finisterre. Luego, a alguna ciudad alemana hecha para el turista medieval: Ulm, Salzburgo, Núremberg, que tiene un montón de construcciones medievales. El tercer destino sería Venecia, y el cuarto, Rodas, que es una de las ciudades medievales más completas que han pervivido en Europa. También en el este, como quinta ciudad, elegiría entre Constantinopla o Jerusalén. Y, si uno fuera un viajero ambicioso, podría continuar e ir hacia Mongolia o Etiopía, e incluso Sumatra. Lo que pasa es que, como viajero medieval, uno siempre está en riesgo de ir demasiado lejos, y eso es peligroso.

–Y usted, como historiador, si pudiera viajar en el tiempo a alguna ciudad medieval para vivirla como turista ¿Cuál sería?

–Lo bueno que tiene la historia es que le permite a uno imaginar y visitar lugares que ya no existen. En este sentido, me gustaría visitar Gaza en la Edad Media. Los viajeros cruzados hablaban en sus crónicas de que era una bonita ciudad junto al Mediterráneo. Por ejemplo, hasta el año pasado había restos de aquella época. Gaza tenía una catedral bizantina; los cruzados la utilizaron y, después, se convirtió en la Gran Mezquita, que sobrevivió hasta hace dos años, cuando fue destruida en el contexto de la actual guerra.

Lo bueno que tiene la literatura de viajes es eso: que permite viajar a diferentes lugares, imaginarlos y ver la historia de amistad y alegría, pero también de guerra y muerte.