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Batalla entre Balduino IV y los egipcios de Saladino, 18 de noviembre de 1177

Picotazos de historia

Montgisard: la inesperada victoria del rey leproso que derrotó al poderoso Saladino

Al ser informado del fallecimiento del rey de Jerusalén, Saladino se lamentó y rezó «por el más noble y digno de los adversarios»

En el año 2005 se estrenó en los cines de todo el mundo una magnífica película, de ese maestro de la dirección cinematográfica, llamado Ridley Scott. La película, rodada en varias localizaciones españolas, nos narraba la historia, novelada y alterada, de la toma de la ciudad de Jerusalén por el líder musulmán Saladino.

En esta película destacaron las actuaciones de dos actores que supieron imprimir una enorme intensidad a los personajes históricos que interpretaban. Me estoy refiriendo a Edward Norton en su papel como el rey Balduino IV de Jerusalén y a Ghassan Massoud como Saladino. Ambos, excepcionales.

Fotograma de la película 'El reino de los cielos'

Ahora vamos a situarnos en el reino de Jerusalén y en los territorios cristianos de la llamada Outremer. Es el mes de noviembre del año 1177. El sultán de Egipto, conocido como Saladino (o Salahadin), supo que un ejército cristiano formado por la mayoría de los caballeros hospitalarios, las tropas del conde Felipe de Flandes, el conde de Trípoli y caballeros locales, había partido hacia el norte de Siria con la intención de tomar la ciudad de Harim. Esto dejaba al reino de Jerusalén peligrosamente desguarnecido y con un líder —el joven rey Balduino IV— de dieciséis años y aquejado de la terrible enfermedad de la lepra.

Saladino consideró que era una oportunidad que no podía ser desaprovechada y ordenó que se reunieran sus tropas. El día 18 de noviembre dio la orden de marcha a un ejército que combinaba infantería kurda y sudanesa, caballería mameluca y un cuerpo de arqueros, tanto a pie como a caballo.

El joven Balduino IV recibió la noticia de este ataque en su palacio de Jerusalén. Estaba enfermo. No es solo la lepra que lo desfiguraba y, poco a poco, le descomponía el cuerpo. Tenía malaria y se encontraba débil y febril. Pero, si el cuerpo no le alcanzaba, su voluntad lo superaba. Ordenó que se convocase a todos los nobles del reino y a sus huestes, al maestre de los templarios y apellida a la tierra (como se decía entonces a un llamamiento general a las armas).

Con todo cuanto consiguió reunir, fueron unos quinientos caballeros, de los cuales unos ochenta pertenecían a la orden del Temple, además de unos cuatro mil infantes y turcópoles o arqueros a caballo. Con estas fuerzas apresuradamente reunidas salió de Jerusalén el 23 de noviembre.

Balduino quería cabalgar al frente de su ejército. No permitió que su debilidad se impusiese, y así ordenó que lo alzasen a la grupa de su caballo y lo asegurasen a él con cinchas y correas.

Saladino estaba cerca, pero también convencido de que el débil rey de Jerusalén —apenas un muchacho— no era una amenaza, ya que apenas tendría fuerzas para oponerse al ejército egipcio.

Con intención de avanzar lo más rápido posible, Saladino dejó atrás su tren de equipaje y el bagaje. Tuvieron que aprovisionarse de lo que la tierra les diese, lo que obligó a su ejército a dispersarse con el fin de forrajear.

Otra ilustración de la batalla de Mongisard: 'La oración de Balduino', por Giacobino en DeviantART

Las diferentes crónicas, tanto musulmanas como cristianas, no se ponen de acuerdo. No tenemos la certeza de si la batalla fue cerca de la ciudad de Ramla o de Ascalón; lo único en lo que coinciden es en que Balduino IV sorprendió al ejército de Saladino en un lugar llamado Montgisard.

Cuando las tropas cristianas llegaron a este lugar pudieron ver, desde las alturas, al ejército de Saladino —entre 25.000 y 30.000 hombres— atravesando el río y refrescándose en sus aguas. Parte de las tropas estaban forrajeando.

Balduino hizo que lo bajaran del caballo. Se arrodilló delante de la reliquia de la Vera Cruz, que viajaba con el ejército cristiano, y rezó por la victoria. El espectáculo de la devoción y el sufrimiento, ante el que se negaba a rendirse el joven Balduino, inspiró a las tropas cristianas.

Terminados los rezos y recibida la bendición, Balduino fue alzado a la silla de su corcel y vuelto a asegurar con las cinchas. Desenvainó la espada y, dando la orden de atacar, cargó al frente de todos.

La batalla de Montgisard, que se libró el día 25 de noviembre de 1177, fue el gran triunfo del rey leproso. Sorprendió al ejército de Saladino y lo destrozó, a pesar de la diferencia numérica. La carnicería duró hasta el anochecer y solo la oscuridad absoluta detuvo la matanza al impedir la persecución. A lo largo de esa jornada pereció la práctica totalidad de las tropas musulmanas, salvándose el propio Saladino gracias a la rapidez y resistencia del camello que aquel día montaba. Cuando consiguió reunir los restos desmoralizados, comprobó con asombro que apenas quedaba un diez por ciento de los que partieron de Egipto.

La victoria no había salido barata para los cristianos, ya que un tercio de ellos fueron muertos o heridos (lo que, en muchos casos, equivalía a estar muerto, solo que con retraso). Por otro lado, supuso un enorme impacto entre los vecinos musulmanes del reino de Jerusalén. Y es que la victoria había sido contundente, sin paliativos.

Saladino no volvería jamás a menospreciar al joven rey de Jerusalén. Al contrario. Desde la jornada de Montgisard se formó entre ambos un vínculo de respeto y, por qué no, de mutua admiración. Este vínculo se mantendría hasta la muerte de Balduino en marzo de 1185.

Al ser informado del fallecimiento del rey de Jerusalén, Saladino se lamentó y rezó «por el más noble y digno de los adversarios».