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La gran Marcha de Mao

Cómo Mao Zedong convirtió una marcha de muerte en el símbolo del comunismo chino

Ya lo advirtió Mao Zedong en una de las reuniones: durante la Marcha «los débiles van a morir, ya lo sabemos. Confiamos en que mueran valerosamente»

Alrededor de unas 85.000 personas atravesaron ríos, montañas y desiertos durante casi 10.000 kilómetros. Así fue la Larga Marcha, la epopeya que emprendió el Ejército Rojo del Partido Comunista Chino el 16 de octubre de 1934 para escapar del cerco del Kuomintang, el ejército nacionalista de Chiang Kai-shek, quien desde 1930 había lanzado una serie de campañas de «aniquilación» para acabar con los comunistas bajo la consigna de «no temer a todos los bandidos rojos, no subestimarlos, buscarlos y destruirlos». Y en 1934 se estaba llevando a cabo la quinta y más devastadora ofensiva, apoyada por asesores militares alemanes.

Por su parte, Mao Zedong lideraba una estrategia de resistencia prolongada contra el imperialismo y sus aliados nacionalistas, aunque todavía no era el líder indiscutible del Partido, el cual había establecido en el sur del país una base revolucionaria conocida como la República Soviética de China. Allí, desde 1931, administraba territorios con instituciones propias, fábricas rudimentarias e incluso un sistema fiscal.

Pero el asedio de las tropas del Kuomintang fue asfixiante: en el otoño de 1934 la situación era insostenible, faltaban alimentos y municiones, y el bloqueo enemigo hacía imposible resistir al invierno. Además, ya habían muerto unas 10.000 personas en el último mes y solo contaban con 70.000 soldados, según recogía un informe.

Ante este panorama, Mao propuso un plan: «Propongo que salgamos cuanto antes. Aquí, en Juechín, a dos pasos de la base central, hay un desfiladero […] Iremos hacia el norte, hacia las montañas que bordean el río Amarillo. Por allí andan los japoneses y Chiang tiene muy pocos amigos. Nosotros, en cambio, en Shensi tenemos muchos camaradas», explicó.

Sin embargo, sus subordinados replicaron: ¿cómo iban a llegar hasta allí si los separaban más de diez mil kilómetros? El futuro dictador, con la tranquilidad que le caracterizaba, señaló sus zapatos y dijo que irían andando, según recogen las crónicas. Reunido el Consejo Supremo, la decisión se ratificó: romperían el cerco y evacuarían.

Atrás quedaron enfermos y ancianos, que verían cómo el ejército nacionalista tomaba la ciudad a principios de noviembre. La inmensa caravana no era uniforme: abriendo huella ante las líneas enemigas iban varias unidades, al igual que en la retaguardia y en los flancos. El resto era personal del partido y civiles. La Larga Marcha comenzó en Jiangxi y pasó por una infinidad de provincias: Fukien, Kiangsi, Kuang-tung, Hunan, Kuangsi, Kueuitchu, Setchuán, Yunnán, Kansu y Shensi. En el trayecto, la columna cruzó selvas, ríos y montañas bajo fuego enemigo.

Libraron centenares de batallas; las primeras fueron sencillas, aunque hubo otras, como las del río Xiang, en las que perdieron a casi la mitad de las tropas. A pesar de todo, siguieron avanzando hacia las provincias del sur, donde los nacionalistas apenas tenían control. Una vez allí, ocuparon pueblos enteros y pudieron reabastecerse.

Aunque el viaje completo duró 370 días, en los dos primeros meses, desde Juechín al río Wukiang, recorrieron unos 2.500 kilómetros, pero a un precio de 12.000 bajas militares y 7.000 heridos. Tiempo después, tras pasar por las montañas de la frontera con Hunan, región en la que había nacido Mao, llegaron al río Wukiang, donde perdieron a 10.000 hombres más.

Esta fue la tónica de todo el viaje, en el que el fuego enemigo y la propia naturaleza salvaje del interior de China acabaron con un 10 % de toda la expedición. Ya lo advirtió Mao Zedong en una de las reuniones: durante la Marcha «los débiles van a morir, ya lo sabemos. Confiamos en que mueran valerosamente».

Lo que comenzó como una huida desesperada se convirtió, con el tiempo, en el mito fundacional del comunismo chino. En enero de 1935, durante la Conferencia de Zunyi, Mao Zedong emergió como líder político y militar del Partido, desplazando a la dirección anterior. Desde entonces, el que pasaría a la historia como el mayor genocida de la humanidad convirtió esta marcha de la muerte en una hazaña épica: los comunistas atravesaron 11 provincias, cruzaron el río Amarillo y superaron el altiplano tibetano. La Larga Marcha había sido «una máquina sembradora que esparció la semilla de la revolución por toda China», definió el «Gran Timonel».

Mapa en que se detalla el desarrollo de la Larga MarchaWikimedia Commons

Catorce años más tarde, en 1949, cuando la victoria comunista era inminente, el «Camarada Mao» evocó aquella travesía en su Discurso en la Segunda Sesión Plenaria del VII Comité Central del Partido Comunista de China. Allí advirtió a sus camaradas que la conquista del poder no debía traer arrogancia ni complacencia:

«Triunfar en todo el país es solo el primer paso de una larga marcha de diez mil li. (...) La victoria de la revolución democrática popular de China, mirada retrospectivamente después de varios decenios, parecerá solo el breve prólogo de un largo drama».

Con estas palabras, Mao transformó la Larga Marcha en una metáfora para reflejar que la lucha no terminaba con la victoria militar, sino que apenas comenzaba una nueva etapa: la construcción de la República Popular China y la consolidación del poder comunista.