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Batalla de Oroi-Jalatu, 1756

Picotazos de historia

La histeria de los 'ladrones de almas' que sacudió la China del siglo XVIII

En los primeros días del mes de enero, empiezan a surgir extraños rumores en las ciudades del delta del río Yangtsé. Los rumores hablan de brujos que roban el alma a sus víctimas

El periodo entre los años 1683 y 1799 se considera la edad dorada, el cenit cultural, social y económico de la dinastía Qing (1623-1912); es por ello que este periodo se denomina «era Qing Alta». Pero este alto grado cultural de ciertas élites coexistía con un profundo espíritu supersticioso y una gran ingenuidad en relación con las últimas. Se ha querido ver en este rasgo un indicio de tensión social, por estar ciertos movimientos revolucionarios del XIX íntimamente asociados con ideas supersticiosas o creencias extrañas.

Volviendo al asunto que quería narrarles, todo empieza a principios de 1768, durante el reinado del emperador Qianlong (1735-1796). En los primeros días del mes de enero, empiezan a surgir extraños rumores en las ciudades del delta del río Yangtsé. Los rumores hablan de brujos que roban el alma a sus víctimas.

En ese tiempo, la superstición popular atribuía a los albañiles —en especial a aquellos que ayudaban a levantar un puente— el poder mágico de llevar la enfermedad y la muerte a aquellas personas cuyo nombre escribieran sobre un papel y lo clavaran en uno de los pilares del puente. A esta práctica se le denominaba «robo de almas», pues al hacerlo el albañil no solo enviaba la enfermedad y la muerte a su víctima, sino que también le arrebataba su esencia, traducida a conceptos occidentales como «alma».

La histeria —pues se trató de un fenómeno de pánico— surgió en la ciudad de Hangzhou, capital de la provincia china de Zhejiang. A medida que se extendía el temor, aumentaban las acusaciones, muchas de ellas inventadas por los propios acusados con el fin de congraciarse con sus interrogadores. Las historias fueron distorsionándose y las propias autoridades que investigaban fueron incrementando la paranoia colectiva.

El emperador Qianlong, vestido como un erudito confuciano

En el mes de marzo, detuvieron a unos monjes en Hangzhou. Entre sus posesiones encontraron unas tijeras y cordeles. El alguacil que los interrogó interpretó que los monjes estaban en la ciudad para robar almas, y que la técnica que utilizaban para ello era cortar y robar la coleta a sus víctimas. Por eso llevaban una tijera, y el cordel era para atar juntas las coletas que robasen.

La coleta era una imposición de los emperadores Qing, de origen manchú, a la gente han o pueblo chino. El propósito de la coleta era mostrar lealtad a la dinastía manchú. Una vez que se afianzó la costumbre, los chinos empezaron a mostrar un gran orgullo en sus coletas. Es por esto que surgió la falsa idea de que el corte y robo de la coleta era una sustracción de la esencia (alma) de la víctima, y que su pérdida le llevaría a la consunción y a la muerte.

Para junio, la psicosis acerca de los ladrones de coletas había llegado a la corte imperial. La situación se juzgó lo suficientemente preocupante como para que el emperador Qianlong recomendara algunos castigos ejemplares para calmar los ánimos. Para el mes de julio, la histeria de los ladrones de almas había llegado a las provincias de Shandong, Henan, Anhui, Jiangsu, Fujian y Jiangxi. Será en la ciudad de Jinan, provincia de Shandong, durante el interrogatorio de unos sospechosos, donde se producirá una nueva variación en la psicosis.

Uno de los sospechosos, de nombre Cai Tingzhang, empezó a contar una extraña historia (y se emocionaba más y más a medida que la relataba, lo que daba veracidad a sus cuentos frente a sus interrogadores).

Cai Tingzhang se inventó un grupo jerárquicamente organizado en: cortadores de coletas, maestros medios y grandes maestros. Los grandes maestros eran las mentes rectoras, estando en las sombras, desde donde dirigían. Los maestros medios tenían la labor de organizar y dirigir los diferentes grupos de cortadores de coletas. Para facilitar el trabajo, se les proporcionaban unos polvos que adormecían a la víctima, momento que aprovechaban para cortarle la coleta y, en algunos casos, violarla.

El nuevo informe que explicaba esto causó sensación. Esto ya no era un pequeño brote de locura producto de la superstición: esto era un grupo organizado, una conspiración. Y el hecho de que, encima, las violaran impresionó mucho y aumentó el pavor general. Por ello, el emperador dio orden de que se investigara, localizara y detuviera a esos supuestos grandes y medianos maestros.

Para acabar de liarla, intervino una pequeña secta de monjes budistas de Jiangsu, cerca de Shanghái. Estos provenían de una escisión del budismo tibetano y se les conocía como Baoan o Bon. Como les estaba contando, a estos monjes no se les ocurrió otra cosa que aprovecharse del pánico hacia los ladrones de almas para ganar conversos a sus ideas. Empezaron a predicar y unieron a los ladrones de almas con el anuncio y predicción de terribles calamidades.

Cuando se enteró Qianlong, dio órdenes de captura y ejecución para los líderes y seguidores de la secta. La histeria de los ladrones de almas había dejado de ser tomada a risa dentro de la Ciudad Prohibida.

En noviembre, las investigaciones daban todas resultados negativos. No había red de hechiceros, ni grandes maestros ni nada de nada. Se emitió un informe oficial por el que se ordenaba la liberación de todos los prisioneros en relación con los ladrones de almas. Se reconocía que muchas sentencias de muerte, castigos o penas de prisión habían recaído sobre inocentes, y que el uso de la tortura sobre personas que nada sabían ni tenían que ver había provocado un aluvión de denuncias falsas, motivadas por el miedo a seguir siendo torturadas. Así, la histeria se fue retroalimentando.

La conclusión del informe y el dictamen del propio emperador era que, si bien no se había encontrado a ningún gran maestro, no por ello quedaba probada la no existencia del grupo de hechiceros. El fracaso de las investigaciones se debía a la incompetencia de las autoridades provinciales encargadas de llevarlas a cabo.

Se calcula que, durante la histeria de aquel año, unas 15.000 personas fueron asesinadas por la aterrada población y que unas 30.000 fueron arrestadas e interrogadas. La histeria de los ladrones de almas, o de los comedores de almas, como se les conocería más adelante, se daría varias veces más a lo largo de los siglos XVIII y XIX.