San Martín de Mondoñedo
La catedral más antigua de España guarda la leyenda de un obispo que venció a los vikingos
Según la tradición, el obispo Gonzalo logró hundir una flota vikinga a base de padrenuestros y salvar a la comarca de ser saqueada
La catedral más antigua de España se encuentra en la costa gallega, en una pequeña aldea de la Mariña lucense llamada San Martín de Mondoñedo. Se trata de una excatedral, porque la sede de la diócesis fue trasladada en el siglo XII al Mondoñedo actual.
En la hermosa excatedral se encuentra la tumba del obispo Gonzalo, que, a pesar de que su santidad no haya sido proclamada por la Iglesia, sigue siendo venerado como santo por las gentes de esta antigua diócesis. Se conserva también la memoria de sus milagros, más o menos legendarios; entre ellos, el más famoso lo constituye el hundimiento de una flota vikinga a base de padrenuestros, cuando se aprestaba a saquear toda aquella comarca.
La supervivencia de este recuerdo, como también las fiestas del «desembarco vikingo» de Catoira, hablan de la profunda huella que dejaron las incursiones normandas en las costas del norte de España.
Romaría Vikinga
El primer ataque registrado asoló el monasterio de Lindisfarne, en la costa británica, en el año 793. Marcó el comienzo de casi 300 años de piratería, saqueos y devastaciones en toda Europa. Los atacantes masacraron a los monjes, destruyeron el monasterio, robaron tesoros y dejaron una profunda conmoción en la cristiandad.
Inicialmente, los hombres del norte atacaron las costas de Inglaterra, Francia y el Imperio germánico. Progresivamente, las incursiones se fueron volviendo más profundas, audaces y destructivas, extendiendo por doquier un terror paralizante.
Hispania no quedó al margen de estas devastaciones. El primer ataque se produjo en el año 843. Probablemente, con anterioridad se habían producido pequeñas incursiones puntuales de carácter exploratorio que dejaron poca huella en los anales. Pero en esta ocasión, una potente flota recorrió toda la costa. Rechazados en Gijón por sus potentes murallas y su decidida población, desembarcaron en Brigantia (La Coruña), que fue saqueada con inusitada ferocidad. El rey asturiano Ramiro I, entonces recién elegido, les combatió, aunque solo consiguió destruir algunos de sus barcos.
A continuación, asolaron tanto Lisboa y su comarca como el Algarve, para llegar hasta la desembocadura del Guadalquivir. El poco calado de sus legendarias embarcaciones les permitía remontar incluso ríos de aguas someras. En el 844 tomaron Hispalis (hoy Sevilla), que saquearon concienzudamente durante cuarenta días. Cuando llegaron refuerzos, desaparecieron con la rapidez que los caracterizaba, portando un inmenso botín.
En 858, otra gran expedición asoló Galicia, derrotando al conde Pedro de Brigantio. Después, Andalucía, asolando el valle del Guadalquivir y las serranías, desatando «los estragos de la tormenta», en palabras de un cronista árabe. Saquearon después las Baleares y remontaron el Ebro. Pasaron de largo Zaragoza, protegida por sus imponentes murallas romanas. Finalmente, alcanzaron Pamplona a través del Arga, donde capturaron al rey García Íñiguez, por el que obtuvieron un importante rescate.
Drakkar vikingo según una acuarela de Herbert Oakes-Jones realizada en 1906. Colección privada
Las expediciones se sucedieron cada pocos años, especialmente las dirigidas a la costa mediterránea, donde llegaron a contar con bases permanentes en las que invernaban tras sus correrías estivales. El califato, sumido en una grave crisis, tuvo que edificar fortalezas (ribats), especialmente en las desembocaduras de los ríos. Son el origen de ciudades como La Rábida y San Carlos de la Rápita.
La peor llegó en el 968, con el asalto a Santiago de Compostela. Las catedrales les atraían como un imán. Aquí se había producido un golpe de Estado. En el año 867, el anterior obispo Sisnando había sido depuesto por sus exacciones. La noche de Navidad se presentó armado en la vivienda de su sucesor, san Rosendo, y le desposeyó violentamente. «El que maneja el acero, a espada perecerá», dijo el santo y se retiró al monasterio de Celanova.
La profecía del santo se materializó cumplidamente. Sisnando salió de Compostela en calidad de soldado para enfrentar a los normandos, encabezados por Gunderedo, que saqueaban la comarca con bárbara dureza. Pereció en la derrota de Porcelos, atravesado por una saeta, como un soldado.
La incursión penetró hasta el Cebreiro, siguiendo el Camino de Santiago, saqueando, degollando e incendiando sin piedad. De vuelta a la costa, ya en el 971, fueron sorprendidos por el conde Gonzalo Sánchez cuando ya se divisaban sus naves. Embarazados por el cuantioso botín que acarreaban, los gallegos hicieron con ellos un terrible escarmiento: quemaron sus naves, mataron a sus jefes y liberaron a muchos cautivos. En los combates participó otro obispo, Rudesindo de Mondoñedo, que también cayó combatiendo.
El último ataque importante se produjo en el 1014, encabezado por el rey de Noruega Olaf Haraldson. Penetró por el Miño hasta Ribas de Sil, conquistó la ciudad de Tuy, destruyó su catedral y secuestró al obispo. Combatidos tardíamente por Alfonso V de León, se retiraron ordenadamente con un inmenso botín. Fue la última expedición organizada por los noruegos antes de la conversión de Olaf al cristianismo. De hecho, fue canonizado como san Olaf, a pesar de su tenebroso pasado. Con él acabó la pesadilla que había aterrorizado a la cristiandad durante más de dos siglos.