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Los acusados en el banquillo durante los Juicios de Núremberg

80 años

Los Juicios de Núremberg: cómo se juzgó a los criminales nazis y qué revelaron al psiquiatra que los interrogó

Se cumplen 80 años del momento en el que los principales dirigentes del régimen nazi fueron sentados en el banquillo por crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la rendición de la Alemania nazi, un tribunal militar internacional sometió a juicio a 24 altos rangos nazis en Núremberg por crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El juicio comenzó el 20 de noviembre de 1945 y finalizó el 1 de octubre de 1946, cuando el tribunal de jueces y fiscales estadounidenses, soviéticos, británicos y franceses dictó sentencia.

«Los males que buscamos condenar y castigar han sido tan calculados, tan malignos y tan devastadores que la civilización no puede tolerar que sean ignorados, porque jamás deben repetirse», dijo el fiscal estadounidense Robert H. Jackson en su discurso inaugural de los juicios.

El escenario de los juicios fue el Palacio de Justicia de Núremberg, la misma ciudad donde el partido nazi celebraba sus mítines. Su simbolismo era aún mayor por ser el único edificio de este tipo que quedó intacto tras los bombardeos en Alemania. Además, detrás de él se encontraba la prisión, donde podían ser alojados los acusados.

Vista aérea del Palacio de Justicia en 1945, con la prisión anexa detrás.

La mayoría de los acusados no admitió haber cometido los crímenes de los que se les acusaba, argumentando que simplemente cumplían órdenes del Estado. Pero aquellos que estuvieron involucrados directamente en los asesinatos recibieron las sentencias más severas —doce de los 24 fueron sentenciados a muerte—, mientras que otros que desempeñaron papeles clave en el Holocausto, incluidos funcionarios gubernamentales de alto rango y ejecutivos empresariales que utilizaron a los prisioneros de los campos de concentración para realizar trabajos forzados, recibieron sentencias cortas o fueron absueltos.

A pesar de la gran ausencia de Adolf Hitler, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler, quienes se suicidaron, los aliados sentaron en el banquillo de los acusados a otros grandes jerarcas como Hermann Göring, comandante en jefe de la Luftwaffe; Rudolf Hess, lugarteniente y mano derecha de Hitler; Karl Dönitz, comandante de la marina de guerra alemana; Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht y quien dirigió y planificó todos los métodos brutales que los soldados alemanes usaban en la guerra; Wilhelm Keitel, mariscal de campo del Ejército alemán; Alfred Rosenberg, el ideólogo principal del nazismo y responsable político de los territorios ocupados por Alemania en Europa Oriental, entre otros.

Aunque tres de los acusados no estuvieron presentes durante los juicios: Robert Ley se suicidó en su celda poco antes de que comenzaran; Martin Bormann fue juzgado in absentia, y Gustav Krupp fue declarado incapaz por motivos de salud (demencia y parálisis).

Las confesiones de los acusados

Esta era la primera vez en la historia que se llamaba a rendir cuentas ante la justicia internacional a altos representantes de un Estado por sus actos inhumanos. Seis semanas después de haber iniciado el juicio, Leon Goldensohn, psiquiatra del Ejército estadounidense, recibió el encargo de su vida: se le asignó la responsabilidad de evaluar la salud mental de los acusados y determinar qué fue lo que les motivó realizar tales monstruosidades.

A excepción de Rudolf Hess, «que era mentalmente incompetente», y Albert Speer, «que solo hizo unos breves comentarios», el resto de los acusados aprovechó sus entrevistas con Goldensohn para explicar su historia personal, su participación en el Partido Nazi, sus opiniones sobre Hitler y su papel en la guerra.

Goldensohn escuchó, observó y sacó sus propias conclusiones durante los casi siete meses en los que estuvo visitando día a día a los criminales. A Karl Dönitz lo describía como «suavemente poco comunicativo», inclinado a explicarse con un estilo marcado por una «evasividad incisiva».

En resumen, Goldensohn escribió: «No creo que este hombre tenga ni idea de lo que está pasando en el mundo. Es perspicaz, en absoluto torpe, pero su mente parece haber bloqueado los aspectos más destacados de los juicios celebrados hasta ahora. Rechaza las atrocidades, el asesinato de millones de judíos, la barbarie de las SS, todo el modus operandi criminal del Partido Nazi. Solo ve que es inocente de cualquier delito, pasado o presente, y que cualquier intento de incriminarlo a él o a cualquiera de los demás acusados es una conspiración política».

Juicios de Núremberg: Hermann Göring, Rudolf Hess, Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel en primera filaNARA / Wikimedia Commons

Incluso afirmó que Hitler, un genio visionario, ofrecía esperanza y redención, hasta que fue desviado de sus nobles objetivos por una malvada conspiración formada por Martin Bormann, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels, todos ellos convenientemente ausentes para testificar. No tembló al decir que fue bajo la influencia de estos, y en secreto, que se gestó la Solución Final. «Nadie sabía nada de los campos», aseguró al psiquiatra estadounidense.

A Walther Funk, ministro de Economía, lo retrató como «un hombrecillo gordo, de aspecto rechoncho, con un aire indefinido, dado a frases sentimentales y tópicos, preocupado principalmente por su comodidad inmediata y absorto en sus dolencias genitourinarias».

De Alfred Rosenberg, responsable de elaborar la teoría racial, la lógica de persecución de los judíos y las ideas sobre la degeneración del arte moderno, dijo que «su rostro es un disfraz de sobriedad y calma filosófica, sonrisa comprensiva, visión amplia y reflejo del verdadero filósofo, que observa todo lo que sucede con un distanciamiento crítico, pero no amargo».

Goering, Dönitz, Funk, Schirach y Rosenberg durante la pausa para el almuerzo

En sus anotaciones —que no verían la luz hasta 2004, cuando su hermano Eli transcribió su material y Robert Gellately lo resumió y editó en una obra titulada Las entrevistas de Núremberg—, Goldensohn siempre hizo hincapié en el antisemitismo en Alemania y los campos de concentración. Gracias a ello, obtuvo una extraordinaria variedad de respuestas.

Hermann Göring afirmó que el antisemitismo era «completamente irrelevante y secundario» para el nazismo, una aberración impuesta por un puñado de fanáticos raciales que se habían apoderado del poder político.

«Han convertido a esos judíos en mártires», dijo Julius Streicher, fundador y editor del principal periódico de propaganda nazi y antisemita, a Goldensohn. El número de muertos «no superó los» 4,5 millones, se quejó, y «debido al exterminio de estos judíos, el antisemitismo ha retrocedido muchos años en ciertos países extranjeros donde estaba progresando satisfactoriamente». Streicher dijo que su preferencia era un Estado judío «en Madagascar o Palestina o en algún otro lugar».

Los acusados fueron procesados y un año después, el 1 de octubre de 1946, se dictaron los veredictos contra ellos: doce condenados a muerte; tres a cadena perpetua; cuatro con condenas de prisión de hasta 20 años y tres quedaron absueltos

Más tarde, entre 1946 y 1949, se realizaron otros once juicios. En ellos, los aliados juzgaron a médicos nazis, comandantes del Einsatzgruppen, funcionarios del Ministerio de Justicia del Reich, jueces de los tribunales especiales nazis y otros miembros del Partido Nazi.

Los juicios de Núremberg marcaron un antes y un después. No solo se castigó a los responsables de una de las mayores atrocidades del siglo XX, sino que también se sentaron las bases legales de lo que más tarde sería la Corte Penal Internacional. Las entrevistas de Goldensohn mostraron cuánto autoengaño, obediencia ciega y fanatismo pueden convivir con la apariencia de normalidad. El legado de Núremberg perdura como un recordatorio: la barbarie no surge de la nada, y la justicia debe ser siempre vigilante para impedir que vuelva a abrirse el mismo abismo.