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Guadalupe: pila bautismal del Nuevo Mundo

Los españoles, muchos de ellos extremeños, llevaron consigo a América imágenes de su Virgen y la devoción hacia Ella en sus corazones

Santuario de la Virgen de Guadalupe en Cáceres

La reina Isabel la Católica fue una ferviente devota de Nuestra Señora de Guadalupe, cuyo monasterio visitó en más de veinte ocasiones. Incluso ordenó que su testamento fuera custodiado allí.

Su esposo Fernando también frecuentó el monasterio, donde, por ejemplo, aprobó en 1486 la sentencia arbitral que abolía los «malos usos de Cataluña».

Además, el Rey Católico murió en Madrigalejo en 1516, cuando se dirigía a Guadalupe, y ambos monarcas apadrinaron allí en su bautismo al rabino mayor de Castilla, Abraham Seneor, y a su yerno Meyr Melamed, estrechos colaboradores de los reyes.

La Evangelización

Otro personaje devoto de Nuestra Señora de Guadalupe fue Cristóbal Colón. En este monasterio fue recibido por la Reina Católica en dos ocasiones, cuando el futuro almirante aspiraba a obtener el apoyo real para su expedición a las Indias. Y, precisamente, fue en Guadalupe donde Isabel y Fernando informaron a Cristóbal Colón, en la primavera de 1492, que la primera finalidad de su empresa descubridora debía ser la evangelización de los habitantes de las tierras que descubriera.

Virgen de Guadalupe (Cáceres)

Este fue el punto de partida de la comunidad católica americana, que agrupa hoy a la mitad de los fieles de toda la Iglesia, y el origen de una Hispanidad nacida bajo el manto de la Virgen extremeña. Por eso, Alfonso XIII la proclamó Hispaniarum Regina en la peregrinación que realizó al Monasterio de Guadalupe el 12 de octubre de 1928.

El 15 de marzo de 1493, tras su primera y tormentosa singladura de regreso, Colón llegó al puerto de Palos, acompañado de un grupo de indígenas taínos. Pese a su intención inicial de peregrinar a Guadalupe tras desembarcar, Colón fue llamado con urgencia a Barcelona por los Reyes.

Real Monasterio de Santa María de Guadalupe en Cáceres

Isabel, al ver a aquellos taínos que habían viajado con Colón, distintos y misteriosos, pero iguales en dignidad por ser hijos de Dios, comprendió que representaban el comienzo de la gran empresa misionera que había imaginado, por lo que debían recibir la doctrina cristiana imprescindible y ser bautizados. Bautismo que, de acuerdo con la doctrina de la época, también impedía que pudieran ser esclavizados.

Durante la navegación, los indígenas habían aprendido algo de la lengua castellana e imitaban las prácticas religiosas de los marineros españoles; adoraban la Cruz con sus mismos signos y participaban junto a ellos en las oraciones de la alborada, el Ángelus o en el crepúsculo. También les imitaron cuando los españoles clamaron a la Madre de Dios su ayuda para sobrevivir a las tempestades que padecieron en ese viaje. Algo que me trae a la memoria la inscripción que puede leerse al entrar en la capilla de la Escuela Naval Militar de Marín: «El que no sepa rezar que vaya por esos mares, verá que pronto lo aprende, sin enseñárselo nadie».

Voto de postrarse ante la Virgen

También Cristóbal Colón, en medio de la tempestad que padeció la carabela «La Niña», el 14 de febrero de 1493, hizo voto de ir a postrarse ante Nuestra Señora de Guadalupe. Sin embargo, no pudo cumplir aquella promesa, pues, a su regreso de Barcelona tuvo que embarcarse con presteza para realizar su segundo viaje, adelantándose así a ciertos planes del rey Juan II de Portugal, que no estaba dispuesto a renunciar a sus pretensiones sobre las tierras descubiertas por el almirante.

Colón quiso desagraviar entonces a la Virgen poniendo el nombre de Santa María de Guadalupe a una isla caribeña, que descubrió en noviembre de 1493 y que hoy es territorio francés. Sin embargo, a los pocos días de regresar de este segundo viaje, pudo cumplir, el 29 de julio de 1496, su voto de postrarse ante Nuestra Señora de Guadalupe, acompañado en esta ocasión de dos indígenas, que recibieron el bautismo en la pila bautismal del monasterio extremeño con los nombres cristianos de Cristóbal y Pedro.

La Virgen de Guadalupe en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México

A partir de aquel momento, los españoles, muchos de ellos extremeños, llevaron consigo a América imágenes de su Virgen y la devoción hacia Ella en sus corazones. En diciembre de 1531, transcurridos diez años desde la conquista de Tenochtitlan, se produjeron las apariciones de la Virgen al indio Juan Diego, en el cerro de Tepayac. La tradición nos describe el milagro de las rosas que le entregó como prueba de sus apariciones.

Es posible que, en aquellos momentos iniciales de la evangelización de la Nueva España, las creencias y devociones religiosas que tuviera el pobre Juan Diego estuviesen mixtificadas con su religiosidad anterior. Sin embargo, las palabras y promesas de la mujer que se le apareció no ofrecen ninguna duda de que le hablaba una madre, que era la de Jesús: ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y amparo? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Qué más necesitas?

Dos formas distintas de creer el misterio

Otro milagro fue el de la impresión de la imagen de la Virgen en la tilma o manto de Juan Diego, pero esta imagen no era la de la pequeña Virgen morena extremeña, con el Niño en su brazo, sino la de una mujer encinta, de belleza mestiza e iluminada por los rayos del sol. Dos representaciones distintas de la misma Madre de Dios, que propagan la misma fe e inspiran el mismo sentimiento de amor, protección y sufrimiento por sus hijos.

La Virgen extremeña lleva el niño en sus brazos, tal vez como símbolo de una promesa ya cumplida, en forma de España misionera y defensora de la Cristiandad, en tanto que la mexicana lleva al niño en su seno, como garantía de un futuro para todos los hijos de Dios.

En efecto, estas dos imágenes de la misma Virgen proyectan formas distintas de creer y sentir el mismo misterio, pero lo más sorprendente es que la imagen mexicana hizo su propio tornaviaje para propagarse por España y por toda Europa, sobre todo desde el siglo XVII. Casi un millar de imágenes de la Virgen mexicana son adoradas en España, en todo tipo de templos, entre ellos: 17 catedrales, 13 basílicas, 7 colegiatas y un santuario. Imágenes todas que representan la misma identidad hispana y cristiana.

Pues sois, Divina Señora,

de nuestra España paisana;

sednos siempre protectora,

Madre y Virgen mexicana.

Interior de la Basílica del Monasterio de Guadalupe en Cáceres

Y a la misma Virgen de Guadalupe rogamos su intercesión para que su devota hija Isabel la Católica sea canonizada, y unir así «en un ideal de santidad a españoles e hispanoamericanos», tal y como ya se pedía en un editorial de este mismo diario El Debate hace casi un siglo, el 16 de junio de 1929.

Juan C. Domínguez Nafría es Rector honorario de la Universidad CEU San Pablo.